Capítulo III. Las Diferencias Entre un Dragón y un Shlang

 Ya era la tercera vez en la semana en la que Mónica Valdí despertaba con aquella extraña sensación de encontrarse en la cama de su hogar en lugar del catre del barracón de las instalaciones de Vigilantes, en el territorio de Zeres. Le resultaba extraño porque en las primeras noches en las que durmió en ese sitio, de las que ya habían pasado más de tres mese, jamás había amanecido con ese peculiar sentimiento. Pero, de repente, se le antojaba pensar en su casa, en su padre y en el bello bosque que rodeaba la calma y la conformidad, lugares poco vistos en Mádvar a opinión de ella. 

Esa misma mañana se había levantado como cualquier día dentro de los barracones de Zeres. Le había agarrado un cariño a aquella rutina de despertarse a las seis de la mañana, trotar durante dos horas y media, desayunar y hacer prácticas de fuerza, tiro y entrenamiento. Es más, le había encantado. Sin embargo, tampoco encontraba devoción en ellas. A pesar del constante trabajo del que era consciente que hacía, siempre llegaba a la misma conclusión: Me estoy aburriendo aquí, joder. 

Para su fortuna, ella aborrecía por completo los momentos de descanso y la pereza, que de tener espacio en su día a día la habrían atormentado todavía más. Mantenerse ocupada la aislaba de sus pensamientos referentes a su padre y su hogar. Si bien se había alistado a los vigilantes para poder abandonar la comodidad de su vida anterior y superar su pavor a situaciones no convencionales, comenzaba a cuestionar si haberse apuntado al ejército había sido su movimiento más inteligente. 

E interrogó todavía más aquellas ideas con los sucesos que ocurrieron esa mañana. Durante el tiempo de trote que se realizaba casi al despertar, su pelotón solía tomarse un descanso en la cima de una colina bajo la luz de un sol naciente. Tomaban agua e intercambiaban las primeras palabras del día, entre ellas hubo una frase que llamó su atención sobre todas las demás. 

—Que va a haber guerra, dicen por ahí. 

Mónica prestó más atención, agudizando su oído mientras se remojaba un poco su cabello negro y rizado que mantenía al ras. Había tenido que deshacerse de sus abundantes rizos al entrar a los Vigilantes, le estorbaban al momento de disparar, de utilizar casco y casi en cualquier actividad física. Sin embargo, pensaba que quizá aquello hacía relucir más su rostro de piel oscura, ojos color miel y unos labios gruesos que le gustaba pensar que simulaban la forma de un corazón alargado. Casi siempre, cuando se juntaba con chicos o chicas, le hacían elogio de sus “lindos bucles”, y nada más… Nadie la halagaba sobre su vestimenta, su rostro, sus ojos y ni hablar de su “carisma” o “personalidad”. 

«Joder, sé que sonará narcisita pensar así. Pero, a ver, si soy fea, prefiero que me lo digan a que cada cumplido que me hagan sea referente a mi cabello que, por si fuera poco, rara vez me esfuerzo en acomodar».

Sabía muy bien que aquellas eran puras nimiedades, producto de una sociedad caprichosa que poseía cierta apreciación sobre el aspecto visual. Pero, aquella era la Alta Clase, era todo un asunto de gran importancia la manera en la que alguien se veía. 

«Pero ya no, joder —se decía Mónica—. Ya no. Aquí todos apestamos a sudor, estamos sucios la mayor parte del tiempo y poco nos preocupamos por el vello corporal y el cabello. Nadie dice nada porque uno se encuentra igual o peor que el otro. Así está mejor». 

Apartó sus vanidades de su cabeza y prestó más atención a la conversación de tres soldados que se habían sentado sobre la tierra de la colina mientras bebían agua. 

—Sí, escuché que el Gobierno de Mádvar posiblemente esté pensando en atacar a la Legión Libertad —dijo uno de ellos—. Mierda, creo que iremos al campo de batalla después de todo.

—No creo que el conflicto se prolongue por mucho más tiempo —añadió otro—. Si el Gobierno decide actuar de inmediato, tendríamos meses de ventaja. No creo que se extienda a más de dos años. 

—¡Tonterías! —exclamó el último—. Las guerras en Mádvar siempre se alargan y van para peor. Lo mismo dijeron en su momento sobre la guerra contra la Confederación de Hechicería. El Gobierno lanzó sus máquinas arcanas contra todo un ejército de magos y, ¿qué creen que ocurrió? ¡Los molieron a golpes! ¡No lo veían venir! Pero aun así, el resto de personas con magia logró resistir y ni siquiera los tentáculos de nuestras máquinas lograron frenarlos en menos de dos años. Por su bien, no subestimen jamás a su enemigo. 

Ese último comentario le pareció acertado a Mónica que, aunque tenía cierto interés en participar en la conversación, desistió de ello más rápido que tarde. ¿Una guerra ahora? Ni siquiera se había adaptado por completo a su vida en el barracón y ahora sería enviada seguramente al frente de batalla. Aquello era lo que más le incomodaba, el incontrolable paso del tiempo y todos los sucesos impredecibles que trae detrás de sí. ¿Debía darse de baja del ejército? Mientras más le daba vueltas en su cabeza, más llegaba a la misma conclusión de antes: Joder, me estoy aburriendo aquí. Pero, al retomar el trote junto a sus compañeros, algo cambió en esa frase: Me estoy aburriendo… Pero, vaya, esto sí que es algo nuevo. 

Más tarde, a la hora del almuerzo, se sentó sola en el comedor con una bandeja con huevo frito, carne y un puré de aspecto cuestionable, producto de una mezcla de varias verduras en una sola masa. Mientras se llevaba el primer bocado a la boca, miró por el ventanal que ocupaba la mayor parte del lado izquierdo de la sala. Daba vista hacia la zona de domadores, donde gente especializada entrenaba dragones y shlangs, los primeros para su uso en movilización en cargas pesadas y los segundos para ser desplegados en combate. La zona estaba cubierta por un domo blindado de varios metros de altura, con un suelo lleno de tierra para acojinar los golpes que se pudieran producir. 

Vio entonces a un dragón entrar en la sala junto a su domador, su cuerpo robusto, de alas de murciélago y cuerpo escamoso le facilitaba tirar de un carruaje con varios contenedores pesados, mientras que su amo le corregía con una lanza eléctrica cuando hacía algún movimiento incorrecto. 

Al dirigir su mirada hacia arriba, vislumbró un escuadrón de shlangs moviéndose a gran velocidad por el cielo. Eran seres emplumados, marrones, con dos largas colas y alas gigantescas, además de un rostro donde dos ojos amarillos y brillantes inspiraban cierta compasión y ternura hacia ellos. Superaban con creces la altura de cualquier humano, tanto así que se les veía cargar con enormes barcazas de transporte de pilotaje donde se encargaba de darle un uso similar al de una aeronave, cruzando los cielos a velocidades inimaginables que permitían llegar de un punto de Mádvar a otro en cuestión de pocos minutos. in embargo, no eran más feroces y violentos que el ya mencionado dragón, su depredador natural. 

«Oh vaya, no me había dado cuenta de que tenían a presa y depredador en un mismo lugar. Qué cosas, jamás entenderé esas decisiones». 

Mónica dio un último bocado a su almuerzo, bebió un largo trago de agua y se puso de pie, dispuesta a invertir el tiempo libre post-comida para hacer algo de ejercicio, quizá tomarse una ducha e investigar con algún camarada si era cierto aquello que decían sobre la guerra.

Llevó su bandeja a la zona de limpieza y se apresuró a ponerse prendas de deporte, tomando rumbo al gimnasio tiempo después. Sintió de pronto que se movía con rapidez, sintiendo una urgencia hacia algo que no lograba identificar. Disminuyó la velocidad en la que caminaba, pero el sentimiento de urgencia no desapareció. ¿Sentía prisa por ir al campo de batalla y terminar con la guerra incluso antes de que esta comenzara? ¿O quizá prisa para volver a su hogar para olvidarse de todos esos asuntos? 

Sacudió la cabeza y retomó la marcha con la misma prisa que hacía unos segundos, llegando casi sin darse cuenta al gimnasio. Le sorprendió no encontrar a casi nadie en el lugar, posiblemente la mayoría se estaría dando un descanso del entrenamiento o aseándose para quitar el sudor y la mugre de sus cuerpos aunque fuera por un par de horas. Sin embargo, ella estaba ahí. Ella siempre estaba ahí. Aquella mujer de ojos rasgados a quien parecía imposible obligarla a moverse del saco de boxeo que siempre usaba. Mónica se le quedó viendo, percatándose que la mujer no había dado cuenta de su presencia. Se mantenía como siempre que se le veía en el gimnasio, golpeando el saco de boxeo o, en ocasiones, levantando pesas. Había escuchado que era una cadete antigua, experimentada y hábil con las armas de fuego de corta distancia pero, sobre todo, obsesionada con su entrenamiento. 

No pudo apartar la mirada de ella, incluso cuando esta se detuvo para tomarse un breve descanso, volteando a verla y sonreírle, para después retomar sus rítmicos golpes, sin importarle la presencia de Mónica. 


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