Capítulo IX: Una Misión y la Tormenta que Finalmente Cae
Había comenzado a llover sobre la Ciudadela de la Luna, parecía que con cada gota que caía la tormenta aumentaba su intensidad. Era la una y media de la mañana y los transportes asegurados por el Gran Consejo ya estaban descendiendo sobre la tierra que rodeaba la muralla, enormes aeronaves que aterrizaban para recibir a los soldados desamparados de la Legión Libertad. Entre aquel escuadrón de rescate que llegaba a la zona devastada por el combate, una nave se apartó del resto, aterrizando en el centro de la avenida donde todavía estaba de pie la máquina arcana, empapada por la tormenta, pero todavía en plena función.
—¡Será mejor que la apague! —gritó Romy para hacerse escuchar sobre los rugidos de la tormenta. Al igual que Iván, caminaba rumbo a la llegada de la aeronave que ya había tocado tierra firme frente a los dos hombres, que iban vestidos con chamarras de lluvia para salvaguardarse de la tormenta.
—¡Pónganla en modo de reposo! —respondió Iván, también alzando la voz. Romy caminó hacia un grupo de guardias que le ayudaron a poner en reposo a la máquina arcana, una vez que esto estuvo hecho las compuertas de la nave recién llegada se abrieron, expulsando vapor y un sonido de miles de engranajes girando para hacer descender una rampa. Puestos en contra luz por la iluminación blanca del interior de la aeronave, vieron a dos siluetas de forma humanoide comenzar a bajar del transporte. Una de ellas, que resultó ser un hombre de edad similar a Iván, iba vestido con una chamarra y botas para lluvia, mientras que el segundo estaba envuelto completamente por una túnica negra. Ninguno de los dos altos miembros de la Legión Libertad, Iván y Romy, lograron distinguir el rostro de este último.
—Bienvenidos —dijo Iván—. Lamentamos mucho el clima, permítanme conducirlos hacia una zona más calmada para poder tener una mejor conversación.
—No será necesario —respondió el sujeto de la túnica con una voz que a Iván se le antojó extrañísima. Era masculina; sin embargo, no lograba descifrar si era humana, pues era opacada por un inquietante eco metálico, incluso podía jurar que aquel sujeto le había hablado justo al oído—. Nos solicitaron sus superiores que actuaremos lo más pronto posible, nos retiraremos de aquí cuanto antes. Queríamos confirmar de forma breve el lugar y la hora estimada para recibir nuestro pago, secuestrar al jefe del gran monopolio de energía eléctrica no es una tarea sencilla como han de suponer.
—No, para nada —respondió Iván—. ¿Cuánto tiempo estiman que durará su trabajo?
—Aproximadamente cinco horas, con diesis minutos y treinta y cinco segundos. ¿Cuál será el punto de encuentro para el pago?
—No pudo revelarles esa información tan pronto. Lo haré en cuanto hayan terminado.
—Está bien, pero a cambio de eso solicitamos quedarnos con su aeronave, si no es mucha molestia. No somos personas que pasen desapercibidas y llamaremos de inmediato la atención cuando esto suceda, por lo que requerimos de un medio de transporte que nos ayude a emprender nuestra huida.
—Me temo que eso no será posible, aunque sospecho que la paga que recibirán será más que suficiente para cumplir sus propios medios.
—Es correcto. Sin embargo, si las cosas se complican, nos veremos con la obligación de utilizar su nave.
—Espero que no hagan las cosas más complicadas de lo que son. Si tanta prisa tienen váyanse ya, necesito atender a mis hombres.
El sujeto tras la túnica pareció estar de acuerdo con el comentario de Iván, haciendo una casi imperceptible reverencia, encorvando un poco su cuerpo, para después alzar la mirada hacia su interlocutor, donde dos ojos completamente ojos brillaban con una intensa luz anaranjada. El director intentó pasar aquel gesto por alto, temiendo por un instante lo peor de ese tipo. ¿Qué clase de macabra naturaleza lo rodeaba? ¿Por qué sus ojos brillaban con tanta intensidad, resultando en algo poco humano?
Sin darle tiempo para dar ninguna clase de comentario, el sujeto vestido en túnica se dio media vuelta y, seguido por el hombre con chamarra para lluvias, que no había dicho ni una palabra, se adentró de nuevo en el interior de la aeronave. Esta se alzó en vuelo, rumbo a la Ciudad Capital.
Elisa llegaba de nuevo a la asamblea del Gobierno de Mádvar, caminando aún más deprisa de como lo había hecho la última vez. Al llegar a la sala de juntas, dentro de la Ciudad de Capital, se reunió otra vez con Verónica, Rina y el Gobernador Elmer, quienes entre ellos ya habían comenzado un diálogo sobre los asuntos relacionados con el reciente ataque a la Ciudadela de la Luna.
—Ah, Elisa —dijo el Gobernador al verla entrar de forma precipitada a la sala—. Estábamos dando por hecho que no vendrías.
—Pues he llegado —respondió ella secamente—. ¿De qué me he perdido?
—Oh, estábamos discutiendo un asunto importante, como siempre. Lo que sucederá con el cuerpo de seguridad mágica durante estos periodos de incertidumbre. Pero antes, me gustaría que me hicieras el honor de contarnos qué ha sucedido exactamente en la Ciudadela de la Luna.
De nuevo el Gobernador Elmer había comenzado a hacer girar una pluma sobre su propia mano. Elisa, esta vez, no toleró esa inocente aunque ansiosa conducta y le quitó el objeto con delicadeza, intentando no expresar brusquedad con sus movimientos.
Elmer se le quedó mirando por unos segundos, desconcertado, pero su rostro no tardó en adoptar una repentina sonrisa, esa sonrisa reptiliana que tanto incomodaba a Elisa.
—¿Por qué tanto misterio? —preguntó Elmer—. Nos interesa conocer tu historia.
Elisa tragó saliva y comenzó a hablar:
—La Legión Libertad opuso resistencia, ellos lanzaron el primer ataque. Logramos destruir sus instalaciones de extracción, aunque nos vimos forzados a retirarnos cuando sus voluntarios nos atacaron con armas de todo tipo. No esperábamos esa respuesta.
»Tememos que el asunto podría escalar a mayores, pienso que la Legión Libertad reforzará sus defensas a como les dé lugar en cada uno de sus puntos de extracción. Con la Ciudadela de la Luna logramos neutralizar cuatro Montañas Cósmicas, por lo que sobrarían otras nueve, aunque tememos que los cíclopes que han estado utilizando para tomar la esencia cósmica puedan seguir dentro de las minas.
—Teniendo esto en mente —interrumpió Rina—, quedarían entonces nueve montañas dispersas en tres objetivos: los terrenos de Arker, Rocovan y Valdax, cada uno contando con tres montañas respectivamente.
—Es correcto —respondió Elmer—. Continúa, Elisa.
—Creo que es importante mencionar que los cíclopes continúan representando una amenaza para las Montañas Cósmicas, se alimentan de su esencia como si fuera su comida diaria.
—Hm, tienes razón —exclamó Elmer, llevándose un dedo a la barbilla en gesto de pensamiento—. Le daré un consejo que puedes decidir si seguir o no, tan solo es una idea para deshacernos de esta amenaza al mismo tiempo que la Legión Libertad.
—Le escucho.
—Forme un escuadrón de no más de cinco patrullas de shlangs, que se presenten al final de cada batalla para eliminar a los cíclopes restantes en las minas del enemigo. Puede armarlos con lanzallamas, armas de fuego, granadas, cañones… Lo que sea para terminar esta tarea lo más pronto posible. Honestamente, no quiero que este conflicto bélico se prolongue por mucho tiempo.
—¿Entonces qué planea hacer? Además de lo que me ha dicho.
—Prepare sus tropas para una ofensiva en Arker, siga la misma estrategia y objetivos que el ataque anterior, aunque tome sus precauciones sobre cualquier posible ataque armado. La idea es desmantelarlos y capturar a la mayor cantidad de enemigos que sea posible.
—Entiendo.
—Permítanme interrumpir un momento —dijo de pronto Verónica—. Quiero regresar al tema del que hablábamos anteriormente. No podemos bajar la guardia, nuestro equipo especializado en eliminar la magia debe de tener mayor presencia en las ciudades principales de Mádvar, podría ser que algunos magos salgan desde las sombras aprovechando la situación y hacer de las suyas.
—Concuerdo —dijo Elisa—. Creo que todos aquí somos conscientes que los magos no formarán jamás parte de ninguno de los dos bandos de este conflicto, ellos odian la burocracia y cualquier clase de sistema que no sea el que ellos manejan; sin embargo, es cierto que existe la probabilidad de que quieran aprovecharse de la situación.
—¿Deberíamos mandar a hacer más máquinas arcanas? —preguntó de pronto Rina.
—No lo creo —respondió Elmer de inmediato—. Con las que tenemos disponibles serán suficientes, fabricar más conllevará energía y esfuerzos que actualmente no disponemos. De hecho, me gustaría destinar temporalmente la energía de algunas ciudades, incluyendo la Capital, a nuestras tropas y máquinas de combate. Como les digo, quiero que terminemos con esto lo antes posible.
—Sí —dijo Verónica—, pero eso no cambia el hecho de que no debemos bajar la guardia. De hecho, considero que hay varias probabilidades de que se presenten nigromantes en los campos de batalla y, aunque solo sea para recoger algunos cuerpos, es mejor mantenerlos a distancia.
—Estoy seguro de que Elisa lo puede hacer —respondió Elmer, sonriendo.
De pronto, las puertas de la sala se abrieron precipitadamente, causando un gran estruendo que le dio un buen susto a todos los presentes. En el umbral se hallaba un soldado del Cuerpo de Control de Magia, vestido con un uniforme de resistente tela gris que era cubierto casi en su mayoría por una armadura de color azul metálico, sin dejar ver ninguna parte de su rostro o cabeza. Se le veía agitado y, cuando pudo recuperar algo del aliento perdido tras una larga y apresurada caminata, exclamó:
—Lamento interrumpirlos, pero tenemos una emergencia en el edificio de Industrias Henriev. Ha habido un ataque. Creemos que es un mago.
—Imposible —exclamó Verónica, poniéndose de inmediato de pie—. Ese edificio es el segundo lugar más seguro de la Capital, después del Capitolio. ¿Cómo se ha podido meter un mago ahí?
El hombre se quedó de pie, paralizado y sin responder.
—Comandante Axel, respóndame —dijo Verónica.
—Es que… No sabemos a ciencia cierta cuántos magos hay.
—¿Qué quiere decir?
—Ha usado un hechizo de energía de potencia que solo un escuadrón entero de magos podría lograr, pero hasta el momento no tenemos ninguna imagen o señal de lo que podría haber entrado al edificio.
—¡Prepare mi transporte y envíe una máquina ahí inmediatamente! —ordenó Verónica—. Quiero a todo el cuerpo de policía rodeando la zona, que nada entre y salga del complejo. Reúna a sus tropas, ¡ya!
Axel no se quedó a recibir más gritos y partió de inmediato a cumplir con su labor.
—Lamento tener que retirarme de esta manera —dijo Verónica—, pero creo que tengo un asunto importante por atender. Quizá demasiado importante. Le ruego a Dios que no tenga nada que ver con la guerra que ustedes dos se han montado —Verónica dirigió su mirada hacia Elmer y Elisa.
Esta última también se puso de pie.
—Parece un asunto grave —dijo—. Déjame acompañarte, quizá sean necesarios algunos vigilantes. No creo que la policía esté lista para lidiar con magos de este calibre.
—Usted subestima la capacidad de mis fuerzas en contrarrestar la magia, Elisa —respondió Veronica—. Aunque puede que en esta ocasión sí sean de ayuda, no sé cómo algo así pudo haber sucedido en esta ciudad. No parece ser nada bueno.
Verónica abandonó la sala y siguió el mismo camino que tomó momentos antes el comandante Axel. Elisa hizo una reverencia frente al Gobernador Elmer, que daba a entender con su gesto algo rígido que se disculpaba por su salida de la conversación, pero a su vez que debía de acudir a una labor urgente, se reunió con los otros dos miembros del equipo de seguridad civil de Mádvar. Caminaron lado a lado, de prisa, sin dar tiempo a ninguna clase de charla.
Después, salieron a la oscuridad de la madrugada, atravesando un estacionamiento que los condujo hacia un gran vehículo de vapor que se movía mediante el uso de seis ruedas, pues su gran tamaño estaba destinado a transportar varias personas. Lo abordaron junto a todo un equipo de comunicación y se pusieron en marcha, seguidos por otros cinco transportes del mismo tipo.
El edificio de Industrias Henriev se ubicaba a cinco kilómetros del Capitolio, por fortuna de ellas las calles estaban completamente despejadas, y llegaron ahí en cuestión de diez minutos. Al descender del carro, las luces de cientos de patrullas de policía las cegaron por un momento, como repentinos láseres que penetraban sus ojos. Se movieron entre tropas de contención de magia y oficiales. Elisa se apartó por un momento para llamarle al cuartel de vigilantes más cercano y hacer que enviaran de inmediato un batallón.
—No tardarán mucho en llegar —le comentó a Verónica cuando hubo terminado su llamada.
—Más les vale —respondió ella en tono seco—. Esto no pinta nada bien.
El edificio, compuesto de una arquitectura lujosa, de ladrillos blancos y ventanales claros y limpios, emanaba humo desde diferentes extremos, provenían desde ventanas rotas y paredes despedazadas donde también habían aparecido algunas llamas que adornaban el espectáculo con un toque diabólico.
—¿Qué clase de mago pudo haber hecho esto? —preguntó Elisa en voz alta.
—Ni idea —respondió Verónica—. No hables, ¿quieres? Necesito concentrarme —después se dirigió al Comandante Alex—. ¿Ya tienes alguna vista de a lo que nos enfrentamos?
—No, señora —respondió aquel—. Hay demasiada interferencia por la radiación de la energía que causó las explosiones.
—¿Y la máquina?
—Llega en dos minutos.
—Que sea menos.
Seguido a esto, un intenso temblor hizo estremecer a todos los oficiales y tropas, seguido de un torrente de viento que despedazo la mitad de los ventanales que quedaban en la fachada del edificio.
—Esto no me gusta nada —dijo Elisa.
Pocos minutos después arribaron tanto el escuadrón de vigilantes como la máquina arcana, que con su trípode que lo mantenía de pie se hizo paso para colocarse delante del batallón que ahora rodeaba al edificio.
—Los sensores de luz de la máquina no detectan nada —dijo el comandante Axel a Verónica.
—Entonces, ha llegado el momento, comandante. Envíe a sus tropas dentro.
—Sí, señora. ¡Muévanse!
Un equipo de diez soldados de contención mágica, vestidos con uniformes grises y armaduras azules, al igual que su comandante, se adentró en el edificio, pasando por el portón principal e internándose en un mar de humo y aromas extraños.
El comandante Axel se mantuvo atento a las señales de radio que enviaba la jefa del escuadrón asignado a la labor de inspeccionar el edificio y darle caza al supuesto mago.
—Capitana Morgan —dijo Axel a su comunicador—. ¿Tiene vista de algo?
—Por ahora no, comandante. Aunque los niveles de radiación mágica son altísimos, el sensor se está volviendo loco —Morgan guardó silencio de repente, dando espacio a una intranquila estática—. Espere —fue lo último que se escuchó de ella. Seguida a su voz tras el comunicador de Axel se apareció una secuencia de sonidos raudos, difusos y entremezclados con una lluvia de disparos, perdidos tras un repentino eco que dejó helado el cuerpo del comandante.
—¿Capitana Morgan? —dijo al comunicador—. Conteste… ¿Capitana Morgan?
—¿Qué sucede? —preguntó Verónica.
—Perdimos la comunicación, señora.
Más explosiones hicieron estallar la fachada del edificio, las paredes y ventanas se derrumbaban y las llamas y el humo se alzaban entre sus escombros. De los soldados que habían ingresado en él no hubo señales.
De repente, entre los escombros del último piso del edificio, que había dejado un derrumbe con la apariencia de un balcón improvisado, se asomó una figura vestida en túnica negra, su rostro era indistinguible, aunque dos pequeños resplandores rosados le daban la sensación de poseer una mirada fría y rebosante de malicia.
—¡Ahí está! —gritó Elisa al avistar la figura—. ¡Disparen!
Sus tropas abrieron fuego, aunque ninguna bala logró acertar en su cuerpo, pues un escudo, de tonalidad rojiza, hecho puramente de energía semitransparente, se apareció delante del mago, frenando todo proyectil que le fuera dirigido.
—Que cesen el fuego —solicitó Verónica al percatarse que la estrategia de su compañera no estaba dando resultado—. Envíen a la máquina.
La máquina arcana se puso en movimiento, impulsándose con sus tres largas piernas y preparando sus cañones para apuntar en dirección a la figura, cuyo aspecto continuaba siendo indescifrable. La bestia mecánica extrajo desde sus compartimientos interiores su revoltijo de tentáculos metálicos con punta de navaja, acercándose un poco más hacia la facha del edificio para colocarse delante de la silueta, emitiendo rechinidos de engranajes girando y expulsando humo.
El escudo que protegía al mago se disolvió de repente. Elisa estaba por ordenar a sus tropas que abrieran de fuego de nuevo, pero Verónica la detuvo.
—Deja que la máquina haga su trabajo —le dijo—. Ningún mago sería tan estúpido como para enfrentarse cara a cara a una de las máquinas.
—Yo no estaría tan segura… No después de…
Elisa no terminó su frase, las palabras se habían atascado en su garganta al contemplar cómo desde las manos del mago una luz de color rosado había despertado, incrementando su tamaño con rapidez, iluminando sus alrededores con potencia. Un grueso rayo de energía rosada se disparó desde sus puños, impactando contra la máquina arcana, partiéndola a la mitad y yendo a parar contra la superficie, dejando el suelo en llamas, haciendo saltar cientos de piedras de adoquines y derribando los autos de policía cercanos. Los restos de la máquina cayeron con un estruendoso rugido, seguido de una última explosión que remató la furia con la que aquel sujeto había contraatacado.
Elisa tardó en recuperar el conocimiento, sus ojos y oído se habían nublado por poco más de seis minutos en los que yació sobre el suelo. Cuando se encontró de nuevo de pie, con el completo control de sus sentidos, se halló a su misma empapada de sudor, causado por la ola de calor repentina que había llegado tras el impacto del rayo. Vio que Verónica ya no estaba a su lado, en cambio, la encontró tendida sobre el suelo, sangrando desde un costado de su estómago e incontables cortadas repartidas por todo su cuerpo.
Se arrodilló junto a ella, agonizaba y sus ojos se cerraban. Intentaba decirle algo, pero la muerte venidera le impedía articular palabra alguna.
—Verónica —exclamó Elisa, viendo con horror su rostro demacrado—. Verónica…
Pero ella ya no estaba.
Se apartó de su cuerpo, con las manos llenas de la sangre de su compañera fallecida y sin tener ni una idea de qué hacer a continuación. Un objeto que se movía por el aire llamó su atención y la de todos los sobrevivientes, una aeronave sobrevolaba la escena donde en pocos minutos el mismo infierno se había desatado en la Ciudad Capital.
Elisa se llevó unos binoculares a los ojos, inspeccionando la compuerta de acceso de la aeronave que ya comenzaba a alejarse por el cielo, esta todavía estaba abierta y una silueta de ojos rosados se mantenía de pie sobre su umbral, admirando el caos que había provocado. Ya no traía la túnica sobre su cuerpo.
¿Era acaso un androide aquel que permanecía de pie dentro de la aeronave?
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