El Guardabosques

 El Guardabosques tocaba la guitarra bajo la suave luz de una agonizante chimenea dentro de su cabaña. Solitario, rasgueando con delicadeza, entonando dulces acordes que gozaba por su sintonía con el murmullo de una llovizna en el exterior. Eran épocas de tormentas, y aquello indicaba que los animales y criaturas mágicas del bosque permanecerían la mayor parte del tiempo dentro de sus escondites o guaridas, a salvo de la furia de los relámpagos y el estruendo de los truenos. Sin embargo, en esa tarde, donde el anochecer estaba próximo a caer, llovía con calma, pero aun así ninguna criatura abandonaba sus hogares.

El Guardabosques le tenía un especial cariño a las temporadas primaverales, pues durante aquellos tiempos solía abandonar su cabaña durante el día y partir a explorar los alrededores con el fin de encontrarse con algún hada, duende, venado o ardilla. Nunca les molestaba, y mucho menos intentaba entablar conversación. Se quedaba mirándolos, contemplando su majestuosidad. En ocasiones, criaturas como gnomos o chanques se le acercaban para intercambiar un par de palabras, pero jamás se extendían por más de cinco minutos. Las criaturas que osaban acercarse optaban por seguir en lo suyo al terminar de hablarle, como si fuera él un inerte elemento más de aquel bosque.

Sin embargo, el Guardabosques gozaba de esa compañía, aunque estos poco caso le hicieran. Encontraba en ellos una razón para mantenerse en su cabaña, armado con su ballesta o hacha y enfrentar cualquier posible peligro que llegara.

Pero en las temporadas de lluvia estaba solo, deprimido y sin energías. El sol se ausentaba, las flores se marchitaban y los colores de su mundo se disolvían en una suave escala de gris.  El Guardabosques no encontraba más sentido a su vida diaria que sentarse frente a la chimenea, hacer un poco de té e improvisar alguna canción que pasara por su mente, tan solo para olvidarla pocos minutos después o hasta el día siguiente.

Se levantó de su asiento, apoyando la guitarra sobre un pequeño banco de madera. Caminó entonces hacia la alacena, de donde tomó dos bolsas de un té de hierbas que él mismo había recolectado, poniéndolas a hervir en agua dentro de una cacerola, para después servirse su séptima infusión del día. 

Al terminar, regresó a su asiento frente a la chimenea y permaneció sentado hasta que un incipiente sueño, surgido por el curioso e irónico cansancio de días de improductividad, lo venció y se quedó dormido.

Despertó a las seis y media de la mañana siguiente, todavía sobre su sofá. Afuera, aunque la lluvia se había ido, todavía quedaban rastros de sus tonos grisáceos impregnados en el bosque. El Guardabosques suspiró y se incorporó, yendo a darse una ducha rápida que poco pudo hacer para despejar su mente de sus inquietos pensamientos y su molesta soledad. Se vistió con una chamarra de tela gruesa, pantalones de mezclilla y botas de uso rudo. Salió de su cabaña, dispuesto a pasar el resto del día en el pueblo cercano al bosque. El suave aroma de las gotas de lluvia mezcladas con el rocío de la mañana lo hizo sentir en calma por un instante.

Después, retomó su caminata y anduvo por un camino de adoquines que lo condujo hacia un cruce de dos calles, tomando la primera a la izquierda se dirigió hacia la entrada del poblado, un arco hecho de piedra caliza que atravesó sin mayor inconveniencia.

Fue entonces a la única tienda de café del pueblo, donde se salvaguardó del frío del exterior y se le fue servida una taza de café sin endulzar y sin leche añadida. Tal y como le gustaba. Además de él había otro dos habitantes con los que intentó mantener su mirada apartada, no estaba en humor de entablar nuevas amistades. Sin embargo, un camarero de forma inesperada le dirigió la palabra al traerle un emparedado que había ordenado. 

—Usted no es de por aquí, ¿verdad? —le dijo. 

—Soy el guardabosques —respondió de la forma más fría que le fue posible, intentando mantener al mesero alejado de él. 

—¿Guardabosques? —continuó hablando él—. No sabía que el bosque tenía guardia. 

—Pues lo tiene, y soy yo. 

—Quizá no por mucho tiempo. 

El Guardabosques miró con el ceño fruncido al camarero. 

—¿Qué quiere decir? 

—¿Es que usted no sale del bosque? 

—De hecho no. 

—Pues será mejor que se lo diga yo antes de que reciba más sorpresas. Van a quitar todo… Todos los árboles. Los van a talar a todos para montar una nueva fábrica. 

El Guardabosques se puso de pie con brusquedad, derramando su taza de café sobre el emparedado. 

—No juegues conmigo, muchacho —le dijo con tono desafiante. 

—Es cierto, le digo la verdad. La tala está a cargo de Diana Met, una nueva empresaria e inversionista de este pueblo. Puede irle a preguntar si tanto le molesta. 

—Esta Diana… —el Guardabosques comenzó a transpirar por los nervios, las manos le temblaban y su mirada se nublaba—. ¿Dónde la puedo encontrar? 

—Se ha quedado a vivir por unos días en una residencial en la avenida 42, ahí puedes preguntar por ella. Pero, ¿cómo es que usted no lo sabía? ¡Si la tala comienza hoy en la noche! 

El Guardabosques salió disparado de la tienda de café, echándose a correr por las calles de adoquines, buscando la avenida 42 con desesperación. Se trataba de un gran portón rodeado por murallas de ladrillos, con alambrado lujoso y una caseta donde el portero miraba con intriga al hombre de chamarra gruesa que había llegado precipitadamente a la entrada de la residencial.

El Guardabosques respiró profundo, se armó de valor y se dirigió al portero, mientras veía como en el cielo se arremolinaban nubes grises, augurando una inevitable tormenta de la que no sabía si sentirse muy contento, en especial con la noticia que el camarero le había dado de la que intentaba convencerse de que se trataba de alguna broma de mal gusto. 

Estaba por llamar a la puerta, pero un sentimiento extraño invadió su mente. Se apartó del umbral y se sentó sobre la acera, llevando sus rugosas manos a la cabeza y pensando por un instante: ¿Qué estoy haciendo? De seguro se trata de una broma. No hay manera de que esto esté sucediendo. ¿Qué pasa conmigo? 

Con esa idea en mente, se puso de pie y se dispuso a regresar a su preciado bosque, cuando de repente la voz del portero lo detuvo:  

—¿Busca algo, señor?

El Guardabosques miró confuso a sus alrededores, como si le hubiese costado entender de dónde provenían aquellas palabras. Recapacitó por un momento sus pensamientos y luego respondió: 

—Sí, estoy buscando a Diana Met, me dijeron que vivía en esta zona residencial.

—Oh, sí —respondió el portero, y después con una sonrisa maliciosa añadió—: Pero no creo que tenga interés en juntarse con un hombre como usted.

El potente estrés y confusión del Guardabosques hicieron que ignorara el comentario del portero y respondiera: 

—No importa, solo dígale que le busca el Guardabosques, que quiere hablar con ella sobre el proyecto que trae entre manos. 

—Se lo diré —respondió el portero—. Pero, como le digo, dudo que tenga interés en conversar con alguien como usted. 

—¡Solo dígaselo! 

El portero asintió, manteniendo aquella sonrisa maliciosa en su rostro que incomodó y enfureció por igual al Guardabosques. Vio como cerraba la cerradura de la puerta que daba al interior de la caseta y se ponía al teléfono. Al colgar, miró fijamente al Guardabosques. Su sonrisa había desaparecido. 

Él se quedó ahí, había decidido que esperaría unos diez minutos por si  Diana Met se disponía a aparecer. De lo contrario, se retiraría, regresaría a su bosque, tomaría su ballesta y le haría frente a cómo diera lugar a cualquiera que tocara un árbol. 

Para su sorpresa, unos tres minutos después, se apareció una mujer en el umbral de la entrada, vistiendo una gabardina, con el cabello amarado hacia atrás y portando botas negras. Se colocó delante del Guardabosques, con mirada seria y ojos saltones. 

—¿Quería verme? —le preguntó. Se trataba, evidentemente, de Diana Met. 

—Sí —respondió el Guardabosques—. Aléjese usted de mi bosque y de todo lo que hay en él. No le pertenece. 

—¿Y entonces a quién le pertenece? 

—A mí. 

—No cuenta con posición legal para decir eso. 

—Tal vez no. Pero es mío de todas formas. 

Diana Met soltó una gran carajada y miró al Guardabosques con los labios torcidos.

—Pierde su tiempo —dijo ella—. El proyecto se realizará de acuerdo a lo planeado.

Dicho aquello, se dio media vuelta y se retiró por donde vino. El Guardabosques entró en un trance de desesperación que inmovilizó su cuerpo por un tiempo, estaba sudando y con la vista nublada otra vez. Al salir del trance, se echó a correr, llegando a las cinco de la tarde a su cabaña. Ahí, permaneció sentado, intentando idear un plan para salvar su preciado bosque. Pero, ¿a qué se estaba enfrentando? ¡Ni siquiera tenía idea de lo que llegaría a devastar con la calma de su hogar! ¿Un ejército de leñadores armados con hachas y serruchos? ¿Máquinas contaminantes que dejarían un rastro de suciedad y caos por donde quiera que pasaran? 

Fuera lo que fuera, sabía que no estaba en ventaja. Si tan solo las criaturas mágicas fijaran su atención en él, podría convencerlas de enfrentarse a la inminente amenaza. Pero no, ellos jamás responderían a su llamado. ¿Por qué? No lo sabía. Casi siempre el silencio era la respuesta que obtenía cuando hacía el intento de forjar alguna clase de relación con ellos. Se imaginó por un momento cómo sería el escenario, si ellos decidieran colaborar, se encontrarían armados de magia, seres furtivos que rebanarían la garganta de los leñadores antes de que pudieran darse cuenta de su ataque, hadas voladoras que los harían levitar hasta perderse en un aire remoto.

Pero, era únicamente un escenario hipotético. Si en verdad quería intentarlo, habría de idear algún plan detallado. Cumplir con su deber de guardabosques. En fin, hacer el trabajo que le correspondía. Comenzó por desechar la idea de utilizar la ballesta, era un arma demasiado pesada y tomaba tiempo recargarla. Por más que esta fuera más precisa a comparación de otros instrumentos, jamás funcionaría para enfrentarse a más de cincuenta hombres armados con hachas y, posiblemente, rifles. Decidió hacerse un arco, usando materiales que tenía guardados para ello hacía tiempo, aunque jamás había encontrado la motivación para montarlo.

Una hora más tarde, estuvo armado con un arco y un carcaj lleno de flechas. Debido a que esta munición era limitada, optó también por enfundar un machete y colgarlo a su cinturón, además de llevarse al bolsillo una vieja resortera de metal que con su disparo podría hacerle un agujero considerable a la corteza de un árbol.

Descartó también todas las ideas que incluían fuego, no quería terminar por arruinar el bosque él mismo. Montó, en vez, barricadas con almohadas de arena y puso espantapájaros en diferentes áreas del bosque con la esperanza de que pudieran despistar a los intrusos, dándole la ventaja por unos segundos. Se estaba tomando el asunto muy en serio. Quizá demasiado. 

Cuando terminó su labor, se encerró en la cabaña y esperó a que diera la media noche. El cansancio de la jornada lo estaba venciendo y, por más de que hizo el esfuerzo de no caer en el sueño, terminó por quedarse dormido, sosteniendo el arco con ambos brazos contra el pecho. 

Se despertó por un estruendo que provino del exterior. Sobresaltado, consultó el reloj. Era la una y media de la mañana. La tala ya había comenzado. Un árbol había caído. Sostuvo su arco con firmeza y salió a la oscuridad, vislumbrando una serie de luces de linterna que se movían entre las sombras. 

—¿Cómo se les ocurre hacer la tala en la noche? —se preguntó en voz alta—. ¿Es que no saben que este bosque está encantado? 

«Posiblemente no» se respondió en sus propios pensamientos. 

Colocó una flecha en su arco, tensándolo y comenzando a caminar entre la maleza y los troncos. Cuando tuvo el primer vistazo de un leñador moviéndose a la distancia, cargando su hacha y su linterna, disparó. 

Pocos segundos después se dio cuenta de que había errado el tiro cuando escuchó al leñador gritar: 

—¡Hey! ¡Alguien nos está disparando!

A esto, le siguió un par de voces que exclamaban: 

—¿Quién ha sido? 

—¿De dónde viene? 

El Guardabosques volvió a cargar su arco y disparó. De nuevo había fallado. 

—¡Viene de por allá!

Exclamó la primera voz, el hombre señalaba hacia la ubicación del Guardabosques. 

—¡Atrápenlo! —gritó de nuevo. 

Pero el Guardabosques no se detuvo, disparó todas las flechas que le fueron posibles, sin saber si había acertado a sus objetivos o no. En cuanto vio que uno de los intrusos le apuntaba a la distancia con una escopeta, emprendió la huida, escabulléndose entre los árboles, escuchando el estruendo del disparo retumbar detrás de él. Se detenía en diferentes momentos, siempre intentando mantenerse invisible para el ojo del enemigo, con el fin de disparar las flechas que le quedaban. Logró derribar a dos de sus adversarios, corriendo de nuevo y cargando en esta ocasión con su resortera. 

Disparó varias veces, usando los pedernales del suelo que se hallaba por el camino, logrando descalabrar al hombre de la escopeta que no había dejado de seguirle desde el inicio. Después, fue tras un segundo grupo de hombres que iban también en pos de él. Dos de ellos estaban armados con rifles de caza.

Uno de los hombres disparó su rifle sin darle oportunidad de emprender la huida de nuevo o buscar refugio. La bala atravesó su pecho y lo derrumbó al instante. 

—¡Le he dado! —dijo el atacante. 

Los ojos del cazador se mantenían en un estado agonizante, mientras sentía en su pecho un fuerte ardor. Intentó jugar una última carta.

Mantuvo en mente una frase que repitió una y otra vez.

«Criaturas del bosque, vengan a mí. Por favor, por favor. Criaturas del bosque, vengan a mí». 

Con la esperanza de que la magia que abundaba en ese lugar lo rescatara. Sus ojos se cerraron por fin, el pecho dejó de arderle y su corazón se detuvo. Nadie reclamó el cuerpo del Guardabosques. Nadie fue en su búsqueda. Y ninguna criatura mágica acudió a su llamado esa noche. 

Fue a la mañana siguiente, bajo una tenue neblina que ocupaba la mayor parte del bosque, cuyos árboles ya comenzaban a escasear, cuando un grupo de animales se acercó con curiosidad al cuerpo del Guardabosques. Lo miraron. Lo olfatearon. Lo miraron otra vez, y después se alejaron, sin darle mucha importancia. Era más importante buscar un nuevo lugar donde vivir.





Comentarios

Entradas populares