Smurf Cat

 Existía entre los frondosos bosques del Gran País Rojo una criatura de pantalones blancos, piel azul y sombrero de champiñón, de aspecto felino y grandes ojos negros cuya altura no rebasaba las cuatro pulgadas. Era conocido por muchos nombres, sin embargo casi todos le llamaban por las simples siglas S.C. 

Y ahí iba S.C, paseando entre la hierba, las ramas de los árboles y túneles bajo tierra. Se divertía saltando, cazando y comiendo. Una vida simple, hedonista y libre de remordimientos. Hasta que un día, entre el alto césped de un claro despejado y bajo la luz de un sol naciente, escuchó el armónico llanto de un hada forestal. Preocupado por su malestar y haciéndose paso entre la hierba llegó hasta donde ella lloraba, sentada con las piernas cruzadas y enjugándose las lágrimas con las pequeñas muñecas de sus pequeños brazos; era incluso más chica que el mismo S.C.

—¿Por qué lloras, oh dulce hada del bosque? —le preguntó, sentándose junto a ella—. ¿Que no ves que aquí hay frutas creciendo en los árboles, un sol que nos saluda cada mañana y muchos lares por recorrer? No llores cuando hay un mundo tan hermoso, repleto de rostros sonrientes. Es lindo, limpio, calmado y natural. ¿No es suficiente para ti? 

—¡No! —respondió el hada—. ¡No lo es!

—¿Qué desea entonces tu corazón, querida hada?

—¡Si tan solo gobernara cada bosque! ¡Si tan solo tuviera seda para cubrirme del frío! ¡Si tan solo supiera si lloverá o no mañana! ¡Si tuviera todo eso cesaría mi llanto de inmediato!

—¡Oh, vaya! ¿Y para qué quieres todo eso, si puedo preguntar? 

—Para sentirme satisfecha con mi joven vida. Sí, solo pido eso y nada más. ¿Tendrás tú un poco de lo que he mencionado?

—No en realidad, pero puedo ir a buscarlo. Conozco muy bien este bosque.

—¡Ve pues! ¡Ve y tráeme lo que consigas! Yo estaré aquí esperándote.

S.C partió entonces hacia su nueva aventura: encontrar por lo menos uno de los caprichos del hada. Y, aunque de veras se esforzó por hallar una manera de conquistar todos los bosques, de hacerse con un abrigo de seda y de predecir el tiempo del día de mañana, sus esfuerzos resultaron inútiles, llegando siempre a la misma conclusión con cada intento fallido de complacer los deseos del hada:

—¿Para qué necesita todo eso si este mundo es limpio, calmado, lindo y natural?

Su búsqueda se prolongó durante mes y medio y se dio por vencido cuando llegó a los límites del bosque, donde no crecían ya más árboles, en su lugar había una extensión y amarillento campo con una vieja granja en el centro.

—¡Oh, claro! —exclamó en voz alta, recuperando por un momento sus esperanzas—. Podría acercarme al granjero para preguntar si tendrá algo de lo que me pide el hada. ¡Por lo menos habrá de tener algo de seda! 

Cuando tocó la puerta de la casa de la granja le abrió un hombre de rostro moreno y arrugado, cabello grasiento y ojos entrecerrados.

—¿Quién es usted? —dijo al contemplar a la diminuta y azulada criatura. 

S.C hizo su correspondiente presentación y explicó su situación al granjero, quien se llevó unos dedos a la barbilla con aire pensativo mientras el ser hablaba. 

—Ya veo —exclamó cuando S.C hubo terminado su relato-. Verás, yo no tengo nada de lo que tu hada te ha pedido, pero puedo darte un poco de la leche de mi ganado. Te puedo asegurar que es buena y cremosa. Mira, te regalo un frasquito que, considerando su tamaño, durará para más de un mes. 

El granjero entró por un momento en su casa y al cabo de un rato regresó con un diminuto frasco repleto de su jugoso elixir blanco. Lo entregó en las manos de S.C y le sonrió. —¡Muchas gracias! —exclamó la criatura azul, devolviéndole la sonrisa. 

—No hay de qué. ¡Te deseo la mejor de las suertes con tu hada!

S.C emprendió el viaje de vuelta y, atravesando altas hierbas y gruesas ramas, regresó al mismo lugar donde había encontrado al hada. Ella continuaba ahí, llorando desconsoladamente, tan concentrada estaba en su llanto que ni siquiera se dio cuenta de que  S.C se acercaba a ella. 

—He regresado —dijo la criatura. 

El hada se incorporó y se quitó del rostro las últimas lágrimas que había derramado, pasando el dorso de su mano por sus mejillas. 

—No he conseguido nada de lo que me has pedido —continuó hablando S.C, avergonzado ante la mirada lacrimosa del hada—. Pero un humilde granjero me ha dado este frasco con leche solo para ti, me ha asegurado que es buena y cremosa. 

—¡Oh! —exclamó el hada con alegría, sonriendo—. ¿Leche? Bueno…, creo que eso será suficiente para mí. Ya después buscarás mejor lo que te he pedido, pero esto lo compensa por ahora. 

S.C le entregó al hada la botella de leche y retrocedió lentamente, deseando poder salir de ahí cuanto antes y olvidarse de ella y sus caprichos. Vio al hada abrir la botella y beberse todo de un trago, saltando de alegría cuando hubo terminado, entonando un suave  canto para sí misma. S.C se subió de nuevo a una rama y desde ahí vio al hada rebosar de una repentina euforia mientras exclamaba: 

—¡Sí! Primero esta botella de leche, ¡luego el bosque! ¡Y luego todo el mundo! ¡Mío, mío! 

Concentrado en los saltos y cantos del hada, S.C retrocedió un poco más, sin percatarse de una grieta que había en la rama sobre la que estaba de pie. De pronto, se escuchó un crac y S.C cayó al suelo, lejos de la vista del hada, golpéandose la cabeza contra una afilada roca. Su vista comenzó a nublarse a la vez que se llevaba una mano a la cabeza, notando que estaba empapada de sangre. Escuchó la voz del hada cantar mientras los colores del bosque se oscurecían. 

—¡Sí! —exclamaba el hada repleta de felicidad—. ¡Sí! 

—Oh, vaya —pensaba S.C—. ¿Así que así termina todo? Bueno… Supongo que está bien. Aunque me habría venido bien un paseo más por el bosque, pero me parece que ya he tenido muchos. Es la hora y no hay nada que pueda hacer más que recordar la linda sensación que me provoca el bosque.

Cerró sus ojos mientras escuchaba al hada llorar otra vez. 


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