El Tesoro del Wendigo (RELATO)
Desde el pueblo de Zaraba dos cazadores, ágiles con el rifle y expertos supervivientes de los bosques, habían sido contratados por el alcalde junto a un joven chamán, prometiendo una generosa paga a aquel que le trajera el cadáver del wendigo del bosque de la comarca, ya fuera uno de los dos soldados, el chamán o el grupo completo. Poco importaba quien sobreviviera, con tal de que la temible bestia aulladora y carnicera fuese aniquilada. No tardó en formarse una rivalidad entre los dos hombres adultos (pues el más joven se había mostrado casi indiferente ante la posibilidad de una recompensa por sus trabajos desde un inicio), ambos cazadores habían formado una estrecha rivalidad con tal de obtener la recompensa prometida por el alcalde.
—A este paso se terminarán matando entre ustedes —dijo el joven chamán, de nombre Dreider, durante el primer día de expedición—. ¿Que no saben que nos dividirán la recompensa en partes iguales?
—¡Ah, eso es si sobrevivimos todos! —respondió el primer cazador, llamado Igal—. Cosa que veo difícil. ¿Saben lo peligroso que es un wendigo? ¡Apenas si se le puede matar con armas convencionales! Pero, por supuesto, si es que sobrevivimos los tres, más vale demostrar quién fue el que más tuvo valía dentro de la misión, y si ese ha de ser yo, ¡pues que así sea!
—Además, supongo que esta competitividad hará nuestro viaje más ligero —añadió el segundo, cuyo nombre era Félix.
Dreider se encogió de hombros y no dijo nada más, concentrándose en preparar un brebaje que planeaba tener listo antes de la cena. El grupo se había detenido cerca de una colina, en una zona del bosque donde aún se vislumbraba el pueblo de Zaraba, con sus luces nocturnas iluminando la lejanía mientras que el sol se ponía.
El joven chamán mezclaba una sustancia de aspecto grisáceo, similar al cemento, dentro de su pequeño caldero que había colocado justo encima del fuego de una fogata que él mismo también había creado ayudándose de sus poderes. Dando a la poción por terminada, la retiró del fuego y sirvió una pequeña porción dentro de dos vasos de barro. Acto seguido, los ofreció a sus compañeros, quienes le miraron con aire extrañado y asqueado.
—¿Esperas que nos bebamos eso? —preguntó Igal.
Dreider asintió meneando la cabeza.
—¿Cuál sería el motivo de traer un chamán si no? —respondió.
—Al menos dinos qué es eso —replicó Félix.
—Una poción de insomnio. Los mantendrá despiertos durante cinco días seguidos, sin que sufran consecuencias físicas de ningún tipo. Sé que suena peligroso, pero quedarse dormido en las profundidades del bosque es sinónimo de ser devorado por el wendigo. Es un ser cuya presencia no se limita únicamente a su apariencia física, pues puede manifestarse entre sueños o cuando uno cabecea. Más vale prevenir eso a que mueran ustedes dos en el primer día del viaje.
Igal y Félix cruzaron sus miradas con desconfianza, pero no tuvieron más remedio que aceptar los vasos que el chamán les ofrecía, sin chistar o preguntar. Como él les había mencionado, más les valía confiarse de su magia arcana. Brindaron y bebieron al mismo tiempo del brebaje gris.
—Bueno… —dijo Félix tras terminarse la poción—. No estuvo tan mal. Sabe a café.
Los ojos del chamán centellearon, reflejando las llamas de la fogata en su iris mientras que una retorcida sonrisa apareció en su semblante.
—Creyeron que les daría una porquería, ¿verdad? —dijo—. Pues no soy ese tipo de chamán, pero tampoco esperen maravillas cuando me toque cocinar —comenzó a esculcar dentro del morral de cuero donde guardaba sus herramientas mágicas y otros utensilios, sacando de él un revólver dorado—. Dijiste que las balas no le hacían daño, ¿no es así, Igal?
Igal asintió lentamente con la cabeza, contemplando con los ojos bien abiertos la reluciente arma de Dreider.
—Bueno —continuó hablando el joven chamán—, esta arma esta cargada con seis balas mágicas que posiblemente podrían hacerle algo de daño al wendigo. Puedo darles dos a cada uno, pero asegúrense de no malgastarlas.
Dreider abrió el barril del revólver y dejó caer cuatro balas negras sobre la palma de su mano, que repartió entre los dos hombres. Igal miró con atención y frunciendo un labio cómo Félix guardaba las municiones dentro de un compartimiento de cuero de su cinturón; notando un anillo de plata que traía puesto en el dedo anular izquierdo; bufó y dejó caer las suyas en el bolsillo trasero de su pantalón.
—Escuchen bien —exclamó Dreider—, las balas quizá no lo maten, pero para eso tenemos una segunda herramienta —colocó una mano sobre su morral de cuero, dándole palmadas—. Aquí dentro tengo los materiales necesarios para crear pociones de explosión que, sin lugar a dudas, matarán al wendigo si se las arrojamos. Podría prepararlas de una vez, pero correremos el riesgo de que estallen con cualquier descuido, por lo que lo mejor será prepararlas en cuanto nos lo encontremos.
—¡Nos matará antes de que logres hacer una sola poción! —hizo notar Félix.
—Esto es tan solo una recomendación de lo que podemos hacer tomando en cuenta de que yo puedo emplear la magia y ustedes no. Ustedes decidan lo que les conviene, pero estas son las herramientas que están a nuestra disposición.
Tras unos minutos de silencio, Igal se encogió de hombros, hizo una mueca y respondió:
—Pues a mí me parece una buena idea. Al menos por mi parte, yo sé hacer mi trabajo y me creo capaz de mantener a la bestia ocupada durante el tiempo que el chamán necesite.
Félix frunció el entrecejo.
—Está bien —dijo, sin añadir más.
Dreider se acostó sobre la hierba junto al fuego, y contempló las estrellas. Los astros parecían tener un buen pronóstico.
—Creo que sería buena idea partir hoy mismo —dijo señalando hacia arriba, como si el camino a seguir para su grupo fuese tan obvio que se veía plasmado a simple vista en el cielo—. Al final de cuentas, ni siquiera vamos a poder dormir.
Fue esta vez Igal quien protestó.
—¿No es un poco arriesgado salir con esta oscuridad y tan tarde? —preguntó, sin terminar de entender del todo la razón por la que el chamán señalaba hacia arriba.
—No —respondió el chamán a secas—. O al menos no mientras no nos adentremos tanto. Podemos hacer un alto una vez que lleguemos a la Frontera del Wendigo, ahí donde comienza la parte más frondosa del bosque.
—¡Bueno! —exclamó de repente Félix, poniéndose de pie y sacudiéndose la tierra del pantalón, mirando de reojo y con el ceño fruncido a Igal—. ¿Qué mejor que comenzar antes el trabajo? Cuanto antes pueda volver a casa mejor.
El joven chamán cruzó su mirada con Igal, buscando su aprobación para emprender la misión, él entornó los ojos, se encogió de hombros y con un brusco movimiento se puso de pie. Dreider les dirigió una sonrisa cómplice e imitó sus movimientos, echándose el morral de cuero al hombro. Después, colocó ambas manos delante de sus labios, formando un tubo con ellas; rápidamente empezó a sorber y el fuego de la hoguera se levantó, ascendiendo hacia sus manos para perderse en el interior de su boca, hasta que no quedó nada en la fogata más que residuos de madera quemada y cenizas.
—Lo más probable es que el fuego nos sirva para otra hoguera —dijo el chamán encogiéndose de hombros, en respuesta a las miradas de desconcierto que sus compañeros habían hecho ante su hazaña mágica—. Mejor guardarlo por si acaso.
Hurgó una vez más en su mochila y sacó un par de linternas eléctricas que entregó a los dos hombres. Una vez que ellos las hubieron encendido, se pusieron en marcha, abandonando su refugio al lado de la colina, adentrándose más en la espesura del bosque, perdiendo de vista las luces del pueblo de Zaraba. Su constante andar no sufrió ningún tipo de inconvenientes durante las primeras horas, pues el camino que hasta entonces habían seguido se hallaba libre de animales, rocas o elevaciones; era un curso plano y casi recto de hierba aplanada y tierra roja. Tan solo más tarde se toparon con un tronco caído que obstruía el paso y tuvieron que dar un breve rodeo.
El sol ya se había puesto, dando entrada la oscuridad y los usuales sonidos de la noche. Oían a los grillos chirriar y a los búhos entonar sus lúgubres cantos, pero sin toparse con casi ningún animal de frente además de un par de murciélagos que vieron volar por ahí y un mapache que huyó tan pronto como vio a los tres extraños humanos.
Tras dos horas y media de constante caminata las piernas de Igal se habían entumecido y deseaba poder tomar un pequeño descanso para recuperar las fuerzas necesarias para continuar andando.
—No, ahora no —fue lo que dijo el chamán cuando se lo hizo saber, susurrando—. Esta parte del bosque es peligrosa. Manténganse alerta. No podemos descansar aquí.
Igal dio un vistazo a su alrededor. No se había percatado de que las tinieblas ahora lo abarcaban todo a excepción de los halos de luz de las linternas, moviéndose como espectros luminosos. Se sintió sobrecogido por las sombras, la piel erizada le hizo pensar en el frío aliento de una bestia moviéndose entre ellas. Apretó con fuerza la garganta del rifle, sintiendo un helado sudor escurrirse entre sus dedos.
—No me gusta este lugar —mientras hablaba, bocanadas de vaho salían abundantes de su boca—. No me gusta nada.
—¡Silencio! —dijo Dreider, llevándose un dedo a los labios—. No cesen la marcha. Estamos por llegar a un claro.
Se distinguió el cambio de ambiente cuando el grupo abandonó la penumbra del bosque para adentrarse en el claro. No había árboles y la maleza escaseaba, pero las tinieblas continuaban siendo las de siempre, a excepción de un sutil rayo de luz lunar que se filtraba entre las abundantes nubes que cubrían el cielo estrellado.
—Hmm —exclamó Félix de pronto—. ¿Dónde estamos?
—¡He dicho que silencio! —volvió a responder Dreider.
Siguiendo el curso que trazaba Dreider, moviéndose a paso firme sobre el amplio claro al que habían llegado, donde no había más que pasto y piedras, Igal miró a su alrededor para ver si conseguía admirar algo que no fuera completa oscuridad. Dirigió sus ojos hacia el halo de luz lunar que partía las nubes y distinguió unos pequeños puntos oscuros que se movían rápidamente, como murciélagos o lechuzas que salían en busca de presas.
—Eso de ahí —dijo señalando hacia la parte del cielo iluminada, tan sólo para apaciguar su intranquilidad—. Eso de ahí son murciélagos, ¿no?
Dreider se detuvo y miró hacia donde Igal apuntaba, entrecerrando los ojos antes de volverse hacia ellos con la mirada repleta de pánico, gritando:
—¡Corran! ¡Por aquí!
Se echaron a correr por el claro, acercándose hacia su extremo opuesto, donde comenzaba de nuevo el sombrío bosque, escuchando gemidos extraños y agudos por encima de ellos.
—¡¿Qué es eso?! —gritó Félix.
—¡Estriges! —respondió Dreider—. ¡No dejen de correr o les chuparán la sangre!
Corrieron hasta hallar de nuevo refugio entre los troncos del bosque; sin embargo, los siniestros gemidos de las estriges continuaron aullando en el aire, muy próximos a ellos. Igal, que sudaba frío y sostenía con manos temblorosas su rifle, observó a una fugaz silueta moverse entre el follaje, acompañada por un membranoso aleteo.
—¡Arriba de nosotros! —gritó, disparando su arma hacia las hojas de los árboles.
La sombra se abalanzó sobre su rostro, sosteniéndolo con unas viscosas y frías extremidades que se aferraron bien a él. Igal gritó y cayó al suelo, retorciéndose para intentar quitárselo de encima. Pocos segundos después más siluetas oscuras se le unieron, acechando al chamán y al otro cazador entre las ramas y los troncos.
—¡A un lado! —exclamó Dreider antes de que Félix pudiera detonar también su rifle—. ¡Déjamelo a mí!
Entonces su cuello se iluminó, seguido de sus mejillas, y una caliente llamarada salió disparada de su boca, chamuscando a las bestias voladoras que cayeron una a una con gritos y graznidos. Usó una última llama para quitarle la estrige de encima a Igal. El cazador se levantó, sacudiéndose la ropa y la piel.
—¿Te ha mordido? —le preguntó Félix.
Igal, al comprobar que no tenía heridas, negó con la cabeza.
—No. Ni un rasguño.
—Nos estamos acercando a la Frontera del Wendigo —informó Dreider—. Más nos vale no adentrarnos mucho más por el momento. Prepararé un incienso para mantener a las bestias nocturnas alejadas de nosotros, aunque quizá deberíamos alejarnos un poco de esta zona antes de descansar.
Una vez que se encontraron lejos de donde se había tenido el enfrentamiento con las estriges, se sentaron en una arboleda despejada sobre rocas musgosas y troncos caídos. El chamán se colocó en el centro y abrió su mochila, sacando de ella un plato de barro y una pequeña vara grisácea cuya punta quemó con una cerilla, sacando hileras de humo que se desvanecían en la oscuridad.
—¿Dijiste que eso es incienso? —preguntó Félix. Su voz sonaba casi espectral, sin ningún sonido que la acompañara.
—Así es —respondió Dreider—. ¿Por qué?
—Porque no huelo nada.
—Es porque su olor solo es captado por bestias y monstruos que podrían hacernos daño. Las mantienen alejadas, aunque eso no garantiza que puedan acercarse, así que hay que estar alerta.
La tenue luz de la luna conseguía iluminar la arboleda, permitiéndoles distinguir un poco de sus alrededores; aunque, más allá de donde llegaba la luz, los troncos del bosque se sumían de nuevo en la recurrente oscuridad.
Igal se mantuvo alerta durante media hora y, en cuanto notó que nadia irrumpía la tranquilidad de la noche durante aquel tiempo, se reclinó contra un tronco y cerró los ojos, esperando quedarse dormido, pero descubriendo al poco rato que, a pesar de tener la mente y el cuerpo agotados por la lucha anterior, no conseguía reposar apropiadamente.
«Es verdad —recapacitó—. El chamán nos ha dado las pociones de insomnio. Quién sabe cuándo podré dormir».
Optó por quedarse en esa misma postura pero con los ojos bien abiertos hasta que cayó de nuevo el amanecer, diluyendo las sombras que envolvían al bosque en una atmósfera clara, aunque no del todo soleada. Igal se puso de pie, se estiró y dijo:
—Bueno, ¿nos ponemos en marcha?
El chamán, que continuaba sentado delante del incienso, ya casi consumido, asintió y también se incorporó. Lo mismo hizo el segundo cazador y así retomaron la caminata por el bosque, donde ningún sonido, animal o no, había aparecido a pesar de la llegada del alba.
—Aquí es la Frontera del Wendigo —exclamó Dreider, deteniéndose de pronto tras dos horas de incesable marcha—. Aquí empieza la verdadera tarea. Carguen sus rifles con las balas que les he dado y no se pierdan de vista el uno al otro en ningún momento. ¿Entendido?
Los dos hombres asintieron. Félix abrió el pequeño compartimiento de su cinturón y extrajo las dos balas mágicas, cargándolas en el rifle. Igal, rebuscando en su bolsillo para preparar también su arma, se percató con un vuelco del corazón de que sus dos municiones ya no se encontraban ahí.
—¿Qué pasa? —le preguntó Dreider, notando su desconcierto.
—Mis… Mis balas —respondió Igal con voz temblorosa—. Ya no están… Debieron de haberse salido de mi bolsillo cuando esa bestia de mierda me tiró al suelo.
Dreider meneó la cabeza en señal de desaprobación.
—Te podría dar las mías —dijo—, pero no puedo andar desprotegido en esta zona. Lo siento mucho.
—¿Tú? ¿Desprotegido? —recriminó Igal—. ¡Usas magia, muchacho! ¿Cómo vas a estar desprotegido? Venga, dame tus balas.
—No. Lo siento. Al final les recuerdo que cada quien había de estar lo suficientemente capacitado para realizar esta misión, si no puedes hallar la manera de hacerle frente quizá no debiste venir.
Sin decir más, Dreider retomó la marcha. Félix se apresuró a reunirse junto a él, mientras que un encabritado Igal siguió su rumbo por detrás.
—Sé que existen los wendigos —dijo Félix a Dreider en voz baja, temiendo que espectros matutinos, o algo peor, pudiesen llegar a oírlo—. ¿Pero qué son en realidad? ¿Qué hace un wendigo, un wendigo?
Dreider se encogió de hombros con una sonrisa retorcida.
—No te perturbaré con los detalles —respondió—, solo nunca comas carne humana.
—Bueno, tampoco es como si tuviera pensado hacerlo.
De nuevo se hizo el silencio y marcharon en el sotobosque cubiertos por árboles de follajes cada vez más frondosos, obstruyendo poco a poco la escasa luz que les llegaba del día.
—¡Eh, miren! —exclamó de repente Félix, caminando deprisa hacia la ladera de una colina rocosa que tenían delante. Ahí se abría la entrada de una cueva que, curiosamente, y a diferencia del ambiente oscuro que los rodeaba, relucía con luces doradas en su interior.
—¿Qué es eso? —preguntó Igal.
Félix estaba por poner un pie dentro de la cueva cuando el chamán lo detuvo:
—¡Espera!
—¿Qué tiene? —reclamó Félix—. Yo veo ahí adentro un montón de oro que alguien habrá dejado olvidado. Nunca está de más.
—¡Silencio! —respondió el joven chamán—. No te acerques más. Ese oro le pertenece al wendigo. Está maldito, ¿entienden? ¡Ni se les ocurra tocarlo!
—¿Ese oro le pertenece al monstruo? —interrogó Igal—. ¿Cómo es eso posible?
—Algunas criaturas de este tipo suelen saquear tumbas y conseguir tesoros solo por placer. Asumo que quizá aliviará sus almas en pena, pero eso ya tan solo es una suposición mía. De cualquier modo, todo lo que toca adquiere parte de su energía maldita, así que ni se les ocurra ponerle un dedo encima a ese oro.
—Pero si ese es el tesoro del wendigo —comenzó a decir Félix—, entonces… ¿dónde está el wendigo?
—No debe estar lejos —respondió Dreider—. Prepárense, y no se separen.
El grupo dio un rodeo por la colina, llegando a un claro de suelo árido y rocoso, donde los árboles mantenían su distancia unos de otros por unos tres o cuatro metros, como si temieran que sus raíces, ramas o troncos llegaran a tocarse. El silencio se perdió cuando se empezaron a oír algunos murmullos matutinos; el canto de las aves, la suave brisa del viento y el rumor de un arroyo cercano.
—Hmmm —murmuró Félix—. Hmmm.
—¿Ahora qué pasa? —exclamó Igal.
—Nada… Es que… Pues… Se escucha tranquilo, pe-
En cuanto Félix estaba por añadir algo un rugido fantasmal y agudo partió el aire, espantando a las aves madrugadoras que de inmediato se alzaron en vuelo graznando. Igal sintió los vellos de sus brazos, piernas y nuca erizarse, y tuve que limpiarme la mano derecha, que había quedado empapada de sudor frío, para poder seguir sosteniendo su arma sin que se le resbalara.
—Prepárense —dijo Dreider, con la vista perdida hacia adelante—. Viene hacia aquí.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Félix con voz entrecortada.
—Ustedes cúbranme mientras preparo los brebajes explosivos —respondió el joven chamán, quitándose su mochila de encima, abriéndola sobre el suelo y poniéndose manos a la obra; extrayendo frascos de vidrio cuadrados, polvos de distintos colores y mezclas espesas y espumosas—. Disparen inteligentemente. O al menos tú, Felix. Igal tendrá que cubrirte a ti mientras tú haces lo mismo conmigo. Eres el que más tiene ventaja de nosotros en este instante.
—Pero… Dreider…
Igal fue interrumpido por un retumbar que hizo al suelo crujir y temblar. Un aire malvado y frío golpeó sus rostros, seguido de una alta y pálida silueta que se movía entre los dispersos árboles, arrastrando sus extremidades por la tierra. A pesar de su gran tamaño, lograba mantenerse oculto, apareciendo y desapareciendo de la vista de los hombres, intercambiando su posición tras los diferentes árboles del bosque.
El chamán ya se había puesto a preparar sus brebajes, machacando piedras y mezclando sustancias dentro de un frasco.
—¡Ahí está! —exclamó de repente Félix. Su rifle se disparó y, a causa del agónico rugido que emitió la bestia, supo el cazador que había acertado, aun cuando la bestia se movía de tal manera.
Sin embargo, los rugidos no cesaron y la tierra tembló con más fuerza. Habían enfurecido a la bestia. Igal se puso a disparar por donde quiera que creía ver a la silueta del wendigo moverse, recargando su arma al poco rato.
—Dreider —dijo mientras ponía balas nuevas en el rifle—, será mejor que te apresures. Esa bestia no tardará en llegar hacia acá.
—¡Ya está! —respondió el chamán, alzando entre sus manos un frasco cuadrado en cuyo interior había una espesa mezcla naranja.
—¿Eso será suficiente? —interrogó Félix.
Acto seguido, Dreider arrojó el frasco con una intrépida fuerza; el objeto voló por el aire como si de un proyectil de fuego se tratase, e impactó contra el tronco de un árbol, convirtiéndolo en cenizas al instante. Se escuchó otro fuerte rugido, fruto de un intenso dolor, desvaneciéndose en el aire casi al instante.
—¡Dios mío! —exclamó Igal—. ¿Cómo…? ¿Qué…? ¿Está muerto?
Dreider caminó con sigilo hacia el lugar donde había lanzado su poción. Del árbol con el que había impactado ya no quedaban más que polvo y cenizas. El chamán se agachó y tomó un poco de los restos con la punta de sus dedos, olfatéandolos un poco.
—¿Qué pasa? —preguntó Félix, acercándose un poco, aunque conservando una considerable distancia entre él y el joven chamán.
—No ha muerto —respondió Dreider—. Solo lo hemos ahuyentado… Por ahora… Lo más probable es que vuelva después.
—¿Cómo es que esa cosa poción no lo mató? —cuestionó Igal—. ¡Hizo cenizas todo el árbol!
Dreider meneó la cabeza en señal de negación y con aire pensativo, mirando fijamente al polvo y las cenizas que tenía entre los dedos.
—Le di al tronco —respondió—. Los efectos del hechizo se redujeron, pero estoy muy seguro de que le hice algo de daño, de lo contrario no habría gritado de aquella manera. Sin embargo, como les dije hace poco, la piel del wendigo es fuerte, así que necesitaré darle un impacto directo la próxima vez.
—¡Pues más vale que así sea! —recriminó Igal—. No perdamos más tiempo. ¡Hay que ponernos en marcha de una vez y perseguirlo!
—¡Esperen! —exclamó Félix, de repente se mostraba ansioso, mirando alrededor con los ojos desorbitados, centrando sus ojos ora de una esquina, ora de otra.
—¿Qué pasa? —preguntó el chamán.
Tras un momento de silencio en el que Félix observó con la mirada perdida y empañada de lágrimas hacia el suelo, respondió:
—No es nada… Olvídenlo.
Dreider se encogió de hombros.
—Démosle la vuelta a la colina otra vez —dijo, echándose la mochila al hombro y tomando de nuevo la cabeza del grupo. Cuando llegaron de nuevo ahí donde se estaba la entrada de la cueva no hallaron indicios de la criatura. Dreider formó un perímetro alrededor de ellos, dejando caer sal de un saco de tela, rodeandolos en un círculo uniforme, con la colina lejos de ellos.
—¿Va a funcionar eso contra el wendigo? —le preguntó Igal.
—Je, posiblemente no —respondió Dreider con sinceridad—. Estamos en su territorio y le hicimos daño, así que debe estar furioso. No tardará en volver, pero no está de más tomar medidas.
Una vez que el chamán terminó con los preparativos, se colocó en el centro del círculo de sal, sentándose con las piernas en forma de flor de loto. Cerró los ojos y suspiró.
—No se preocupen por mí —dijo—. Solo manténganse alerta mientras yo medito. Entraré en un fuerte estado de concentración, por lo que me encontraré fuera de este plano por un momento. Intentaré veriguar el paradero de nuestro amigo wendigo.
Igal lo miró con incredulidad y respondió:
—Como tú digas, chamán. Tú haz lo tuyo.
Dreider colocó las manos sobre su regazo y se perdió en los misteriosos mares del mundo oculto, mientras que Igal se acostó sobre la hierba, con la mirada perdida en el cielo, ignorando la advertencia del brujo de mantenerse alerta.
Transcurrieron cuatro largas horas en las que no hubo señales de la bestia o de que el chamán llegara a despertar, manteniéndose en la misma posición con la que había comenzado, inflando su pecho y dejando escapar el aire sin emitir más sonido que el de su respiración. Igal, hartándose de la lentitud del progreso de su tarea, también cerró los ojos, deseando poder quedarse dormido y maldiciendo al chamán y a su compañero:
Malditas pociones. Malditas balas mágicas. Maldito chamán y maldito cazador. ¿Qué estoy haciendo aquí? Debería largarme.
Sin saber cuánto tiempo había transcurrido exactamente, se incorporó de nuevo. El chamàn continuaba sumido en su meditación y, alrededor, no había señales de ningún peligro, aunque el ambiente había oscurecido un poco. Sin embargo, al mirar hacia sus lados, descubrió que el segundo cazador ya no se encontraba ahí.
—¿Qué…? —miró desconcertado una vez más su entorno, sin encontrar ningún cambio en él. Se colocó rápidamente junto al chamán y lo sacudió de hombros—. ¡Despierta, Dreider! Félix… ¡Félix se ha escapado! ¡O se lo han llevado! ¡No lo sé, pero despierta, por favor!
Pero el chamán ni se inmutó, manteniendo los ojos bien cerrados y sin dar señales de estar escuchándolo. Abrumado por la paranoia, Igal se movió en círculos, buscando pistas sobre lo que podía haberle sucedido a Félix.
«Ese estúpido chamán nos terminará matando a los dos».
De pronto, algo que se movía dentro de la cueva del tesoro le hizo detenerse. En un inició creyó que se trataba de la bestia carnicera que cazaban, preparando el arma para disparar y matarle; sin embargo, fue Félix quien salió de ella, con aire agobiado, arrastrando los pies.
—¡¿Qué hacías ahí?! —gritó Igal, sin darse cuenta de que había alzado la voz.
—Yo… Yo… Lo siento —respondió Félix a secas—. Creí haber perdido algo.
—Y ese no es lugar para buscar —la voz de Dreider interrumpió su conversación. El chamán ya estaba despierto y de nuevo de pie—. Dejen de hacer tonterías y prepárense, el wendigo ya viene. Y que ni se les ocurra volver a acercarse a su tesoro.
Félix se apresuró a ponerse de nuevo dentro de círculo y junto a Igal se pusieron en posición con los rifles preparados y con el chamán en medio de ellos, quien ya había descargado de nuevo su mochila, empezando a fabricar un nuevo brebaje.
Se escuchó el rugido del wendigo y su silueta se apareció entre los árboles poco después, caminando de forma retorcida y difusa. Igal soltó algunos tiros para despistarle, mientras que Félix hincó una rodilla para darle una mayor estabilidad a su rifle y acertar, sin temor a fallar, la última bala mágica que le quedaba. Pero, de repente, desapareció. Todo indicio de la presencia del wendigo se había desvanecido de la misma manera repentina con la que había aparecido, sus rugidos y su rápida manera de andar se ausentaban ahora en el ambiente del bosque.
—¿A dónde fue? —exclamó Félix tras un minuto de silencio.
Ni Igal ni Dreider respondieron. El cazador mantuvo su rifle en alto y el chamán continuó preparando la poción, terminándola por fin cuando la sustancia naranja estuvo dentro del frasco cuadrado. Justo en ese instante los aullidos del wendigo reanudaron y la criatura se movió en un fogonazo hacia ellos, momento en el que Dreider tomó el frascó y lo arrojó contra él. Hubo un instante en el que la criatura gritó y se retorció, apenas pudiendo distinguirse entre las llamas que habían incendiado su cuerpo por completo, hasta que finalmente no quedó de él más que una caliente y deforme masa de carne de la que ya no quedaba rastro de su aspecto original, tan solo músculos, sangre, entrañas y huesos revueltos entre sí, desplomados y humeantes sobre la hierba.
—¡Puaj! —exclamó Igal, tapándose la nariz. El olor de los restos del cadáver ya era putrefacto.
Félix se acercó hacia la roja mezcolanza con el rifle en mano y le disparó una última vez. Dreider le miró con cara de pocos amigos.
—¿Qué? —exclamó Félix—. Por si las moscas. Quién sabe si quedaba algo vivo dentro de él.
—Es más evidente que no —replicó Igal—. No creo que esa porquería vuelva a moverse.
Dreider se encogió de hombros y arrastró el pie sobre la sal, deshaciendo el círculo.
—Bueno —exclamó—. Nuestro trabajo ha terminado. Supongo que ya no corremos gran peligro por aquí, una vez que las criaturas de la noche sientan la presencia del wendigo desvanecerse, se irán de este bosque.
—¿Cómo puedes estar seguro de eso? —preguntó Félix.
—Bueno… el wendigo era la fuerza más poderosa aquí y las criaturas sienten cierta protección bajo su energía maligna. Una vez que esta se pierde, huyen despavoridas, preguntándose qué ha sido aquello que pudo matar a la criatura más poderosa del bosque. Pero, por cualquier cosa, ya que estamos tomando precauciones innecesarias, prepararé unos cuantos brebajes de fuego más, en caso de que sean necesarios. ¿Les parece bien?
Dedicaron entonces la tarde a descansar junto a la luz de una fogata mientras el chamán preparaba dos grandes frascos de la poción de fuego. Igal no apartaba la mirada de Félix, quien se mostraba inquieto, mirando de un lado hacia otro y moviendo la pierna de forma temblorosa.
—¿Qué te pasa? —preguntó Igal a su compañero cazador.
—Nada —respondió este, apartando la mirada.
Sin poder dormir por los efectos de la poción de insomnio dada por Dreider, los hombres se limitaron a permanecer descansando sobre la hierba, con las miradas perdidas en las tinieblas que ensombrecían el cielo, sin señales de estrellas o bestias voladoras. Igal intentó cerrar los ojos, con la esperanza de poder conciliar un sueño reparador; sin embargo, le fue imposible.
—Estúpida poción —susurró mientras se incorporaba del suelo, quedándose sentado sobre la hierba. Miró alrededor, buscando a sus compañeros. Dreider se hallaba de nuevo sumido en su estado de meditación, con los ojos cerrados y sin dar señales de estar consciente de su entorno—. Estúpido chamán.
Sin embargo, en cuanto buscó a Félix, no lo halló por ningún lado. Alarmado se puso de pie, buscando con la mirada posibles señuelos de donde podría encontrarse.
—¡Idiota! —exclamó—. ¡Ya le voy a enseñar!
Caminó a zancadas hacia la mochila de Dreider que había dejado a su lado. En ella encontró las pociones de fuego hechas por el chamán; discretamente tomó una mientras que con su mano libre sostuvo su rifle, emprendiendo la marcha.
—Sé muy bien donde estás, Félix —exclamó en voz baja—. Ya verás.
Sus suposiciones se confirmaron cuando encontró al cazador dentro de la cueva del tesoro del wendigo, husmeando entre los relucientes artefactos. En cuanto vio llegar a Igal sus ojos se abrieron dilatados, formando dos círculos perfectos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con voz temblorosa.
—Oh, tú sabes muy bien qué estoy haciendo aquí, Félix —respondió Igal, apretando los dientes—. Dreider nos dijo que no entráramos aquí, hombre. Pero tú insistes. Aún muerto el peligro del wendigo sigue latente, y eso lo sabes bien.
—Sí… Pero… —Félix retrocedió, como una criatura espantada ante la presencia de su depredador.
—¡Sin peros! ¡Dreider nos advirtió que no entráramos aquí! —Igal sujetó con fuerza el frasco del fuego, mirándolo con una retorcida sonrisa—. Tengo que hacerme cargo… Sí… Me haré cargo de ti.
—Igal… No es lo que parece. Por favor, déjame explicarte.
Félix comenzó a caminar fuera de la cueva del wendigo, con las manos en alto y haciendo retroceder a su compañero; pero este no dio tiempo a más excusas. Le arrojó el frasco al pecho, haciéndose pedazos y dejando escapar sus llamaradas que lo consumieron rápidamente, sin dar espacio para gritos o súplicas, dejando solo una mezcla de carne chamuscada y huesos sobre la hierba.
—¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?! —la voz de Dreider partió la noche como el grito del wendigo.
Igal reaccionó rápidamente, tirando del gatillo y el chamán cayó con un agujero de bala en el pecho. El cazador restante se limpió el sudor de la frente y caminó con paso torpe hacia el campamento, refunfuñando con cada paso que daba.
—Idiotas… En serio que no aprendieron nada. Ni el chamán ni el otro cazador. ¿Cómo se le ocurre dejarnos sin dormir? Pues bien que lo han pagado los dos. Ahora la recompensa es mía.
Igal tomó la bolsa del chamán y la usó para guardar dentro los restos quemados de la criatura, sin importarle el aroma que éste desprendía y sin importarle todavía menos dejar los dos cuerpos restantes en el bosque una vez que las primeras luces del nuevo día se aparecieron por el cielo.
Caminó por el mismo sendero que habían seguido para llegar a la cueva del wendigo, tardando cuatro horas en volver a toparse con la colina en la que habían acampado por primera vez, sin toparse con ningún obstáculo sobrenatural, recibido por los alegres cantos de las madrugadoras aves. Llegó así al pueblo de Zabara, donde los campesinos, panaderos y carniceros se habían levantado para comenzar las labores, dirigiéndose hacia el ayuntamiento donde habitaba el alcalde.
—¿Entonces tú fuiste el único sobreviviente? —le preguntó a Igal cuando este se encontró delante de su escritorio, con la bolsa repleta de carne encima de él.
El cazador asintió en silencio.
—Pues bueno —continuó el alcalde—. Entonces recibirás la recompensa completa
Nos ha ayudado mucho su intervención, así que si tiene si desea algo más además de eso, solo tiene que decirlo.
Igal pasó su mirada de la bolsa al alcalde y del alcalde a la bolsa. Finalmente dijo:
—El wendigo… Quiero comerme la carne del wendigo.
El alcalde, por un instante, lo miró con incredulidad y tras un silencio comenzó a carcajearse.
–¡Bueno! —exclamó—. Usted tendrá su wendigo servido esta noche. Le pediré a mi cocinero que lo prepare de la manera que mejor le parezca. Si no se le ofrece nada más, puede quedarse a descansar en una de las habitaciones del ayuntamiento.
Así lo hizo Igal, aprovechando que los efectos de la poción menguaban para tomar una larga siesta de la que despertó cuando un mozo tocó a su puerta, anunciándole que la cena ya estaba servida en el comedor principal y el alcalde esperaba para hacerle compañía. Igal se levantó de la cama, frotándose los ojos, con la sensación de que los últimos sucesos que había vivido no se trataban más que de una pesadilla.
Cuando se reunió con el alcalde en el comedor este se hallaba sentado en la cabecera e invitó al cazador a tomar asiento justo delante de él, en el extremo opuesto de la mesa.
—Espero que la comida sea de su agrado —dijo cuando el mozo trajo un plato repleto de carne roja bañada en salsa y acompañada de arroz—. La verdad es que en un inicio dudé si habíamos de cocinarla, pero en cuanto el cocinero comenzó a trabajar en ella la carne adquirió un aroma exquisito. Que lo disfrute.
Igal devoró varios pedazos de la rojiza carne apenas sin masticarlos, descubriendo un repentino apetito que había despertado en su estómago. Sus bocados no cesaron hasta que, ya casi habiéndolo terminado, mordió algo duro y frío. Dejó caer los cubiertos sobre su plato y sacó el objeto de su boca. Era un anillo.
«Creí haber perdido algo» —resonaba la voz de Félix en sus oídos.
—¿Pasa algo? —le preguntó de pronto el alcalde.
Sin embargo, Igal no respondió. Con la mirada perdida en lo que quedaba de la carne sobre su plato y con los latidos del corazón acelerado, se levantó rápidamente de la mesa. Retrocedió, apartando la silla de un empujón.
—¿Pero qué le sucede? —continuó exclamando el alcalde, pero Igal no parecía escuchar. Continuó retrocediendo con los ojos bien abiertos hasta que su espalda se topó con la puerta del comedor; tiró de la chapa y salió corriendo del ayuntamiento. Entre gritos y aullidos, Igal fue a parar al bosque en cuya inmensidad se perdió para no ser visto de nuevo.
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