Un Valle Lejos de la Gracia - CAPÍTULO I
Mientras la cocatriz lo sostenía con sus fuertes garras, ejerciendo presión en su rostro sobre el suelo fangoso, maloliente y grisáceo, Endar Verión, mago inquisidor, se revolvía entre recuerdos de un muy lejano pasado, sin prestarle mucha importancia a los graznidos que la bestia, frustrada ya por no ver a su presa morir, soltaba repetidas veces, cargados de rabia y salvajismo.
Endar, sin embargo, se hallaba de vuelta en la entrada del castillo de su familia en la capital de Varg, justo por debajo del rastrillo. Por aquel entonces medía poco más de un metro con setenta, aunque superaba el promedio de la estatura de un chico de apenas quince años. Tenía el mismo cabello castaño, puntiagudo y alborotado de siempre y en su pálido rostro se mostraba un gesto de determinación que su padre, Lord Verión, contemplaba con orgullo desde el portón principal de la fortaleza.
—¿Así que estás seguro de eso, muchacho? —preguntó Lord Verión a su hijo desde lejos—. ¿Te convertirás en un mago inquisidor?
Para su sorpresa, Endar sonrió.
—Sí —respondió con seguridad—. Lo seré.
La sonrisa se le contagió a Lord Verión.
—¿Aún cuando sabes que tu hermano va a heredar estas tierras?
Endar hizo un ademán con la mano, restándole importancia.
—Poco o nada me importa la herencia de las tierras, padre —respondió—. Lo que me importa es mantenerlas a salvo, y en ocasiones ni el mejor de los ejércitos es suficiente. Tú mismo me lo dijiste.
—¿En ocasiones? Yo diría que siempre. No hay hombres suficientes.
Lord Verión asintió repetidas veces con la cabeza, como si se estuviera intentando convencer fuertemente de aquella última afirmación.
—Creo que debo irme —continuó Endar—. Me espera mi grupo allá afuera.
—¡Sí! —exclamó Lord Verión—. ¡Ve con ellos, muchacho!
Y de repente, y como si le hubiesen contado el mejor de los chistes, Lord Verión se echó a reír con fuerza, con su pecho inflándose y contrayéndose mientras mantenía los párpados bien apretados. Endar también soltó una fuerte risa y, al terminar, partió hacia el exterior de la fortaleza.
«Con que así fue…» —pensó mientras la cicatriz volvía a estamparlo contra el repugnante suelo húmedo. El transcurso de los últimos cinco años regresaba a él en un instante—. «Mi viejo… No lo recordaba así… Qué feliz se veía».
La bestia graznó una vez más e intentó arañarlo con sus garras, sin embargo su piel parecía haberse convertido en piedra y no pudo sacarle ni una sola partícula de sangre.
—Bueno… Veamos —exclamó Endar, cerrando los ojos y con la cara del lado contra el fango. La cocatriz sintió a su presa más suave, escurridiza y húmeda, más todavía no había señales de su sangre. Para su sorpresa, el humano se escapó de entre sus dedos, como si de repente se hubiese convertido en agua, apareciéndose a pocos metros del monstruo, de pie sobre el suelo enlodado y sosteniendo un par de espadas de metal gris.
Por un breve instante, a la cocatriz le pareció que el humano se había convertido en una especie de caballo translúcido.
—Veamos… —exclamó el hombre, todavía con los ojos cerrados—. Esto podría gustarte.
Su mirada volvió a abrirse, mostrando un iris amarillento cuya pupila se había convertido en una delgada y puntiaguda línea, similar a la de un gato o reptil. La cicatriz retrocedió espantada, soltando un ahogado graznido de pánico y confusión; de nuevo sufría una extraña ilusión, aquel hombre ahora poseía un aspecto extrañamente familiar, como si se hubiese transformado en un espejo donde podía ver su diabólico cuerpo emplumado y repleto de hierba pantanosa, con un par de ojos igual de amarillos y felinos y un puntiagudo pico, todo aquello adornado por un par de alas de murciélago.
Sacudió su cabeza de ave para deshacerse del aturdimiento, retrocediendo un poco más. Sin embargo, cuando por fin pudo recobrar la compostura, descubrió que el hombre había desaparecido.
Con el cuerpo tembloroso y una extraña sensación a la “piel de gallina” entre su plumaje, la cocatriz se mantuvo quita, pasando su demoníaca mirada de un lado hacia otro, buscando al extraño ser humano que, sin poder entenderlo, se había escapado de entre sus garras cuando ya lo tenía bien apresado.
Y, de repente, se escuchó su voz:
—¿Por qué no te has muerto?
Un último escalofrío recorrió la columna de la cocatriz antes de que volteara hacia abajo, justo hacia su vientre, tan solo para descubrir al mismo hombre con sus dos espadas clavadas en él, manando un chorro de sangre venenosa que se mezclaba con la tierra húmeda y putrefacta.
La cocatriz soltó un rugido agonizante y cayó lentamente hacia el suelo, desplomándose sobre él con un sonido plano y casi inaudible. Endar se agachó para arrancar las espadas del vientre de la bestia, guardándolas en en el par de vainas que cargaba en su espalda. Hasta ese instante no se había percatado de la neblina que había comenzado a cubrir aquel bosque fangoso, el cual ya desde un inicio resultaba sombrío a causa del cielo cubierto perpetuamente de nubes grises y los árboles carentes de follaje.
Murmurando una despreocupada melodía, Endar se puso en marcha por el bosque rumbo a la aldea más cercana, aunque con los ojos bien abiertos en caso de que alguna otra bestia estuviese merodeando por ahí. En el bosque no se escuchaba sonido alguno más que el de sus pasos moviéndose sobre el terreno lodoso y un sutil eco proveniente del lejano viento que golpeaba constantemente las montañas del Valle de la Gracia.
Pronto llegó a un sendero enlosado por adoquines negros como el carbón y rodeado por los árboles secos sin hojas. Ahí retomó el rumbo, caminando en línea recta, sabiendo que tarde o temprano se aparecería algún pequeño pueblo donde pudiera comer.
Tras una media hora de caminata, escuchó a un coche de caballos aproximarse, con un tranquilo galopar que se intensificaba conforme se aproximaba, no tardando en encontrarse delante de él. Los caballos que tiraban del carruaje eran nergros azabache, de crin gris y ojos rojos, con las riendas sujetas por un hombre adulto de barba y cabellos marrones, vestido de prendas campesinas. Su carro no parecía consistir más que de una plataforma de madera con soportes de hierro para mantener sostenida una vieja y harapienta sábana blanca para dar la impresión de ser un cubículo sólido.
—¡Hey! —exclamó el hombre, mirando hacia Endar—. ¿Quién es usted?
Endar puso las manos en alto para demostrarse inofensivo.
—Solo un habitante más del Valle de la Gracia, mi buen hombre —respondió.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué estás vestido así? ¿Con esas prendas negras, hombreras de hierro, botas de cazador y, para colmo mío, un par de espadas? ¿No serás un bandido acaso?
Endar mostró una sonrisa sarcástica, manteniendo las manos en alto. Lentamente se puso de rodillas y, con movimientos pausados, desenvainó sus espadas y las colocó juntas en forma vertical sobre el suelo negro, mirando hacia el hombre del carruaje.
—Prometo no hacerle ningún tipo de daño —continuó Endar, poniéndose de pie con la misma lentitud con la que se había arrodillado.
De pronto, se escuchó una voz proveniente del interior del carro:
—¿Disparo, mi señor?
El hombre de las riendas extendió la palma de su mano derecha, exigiendo que se detuviera a quien fuera que estuviese detrás de la desgarrada sábana blanca. Retomó su conversación con Endar:
—No tenemos tiempo para esto —declaró—. Quédate ahí y déjanos pasar, ¿quieres?
—Me encantaría hacerlo, mi buen hombre —respondió Endar—, pero me temo que está por anochecer. Me sería de gran ayuda si usted pudiera darme un pequeño aventón hacia la aldea más cercana, a cambio yo prometo protegerle de toda clase de bandidos. Para mí, son tarea fácil vencerles, así que no tiene por qué preocuparse
El hombre negó repetidas veces con la cabeza.
—No, no. Nunca, nunca, nunca —dijo—. Uno debe tomar sus precauciones en estos rumbos. Ahora, hágase a un lado y déjenos pasar.
Endar tomó sus espadas vueltas e hizo lo que se le ordenó, colocándose a un lado del camino. El hombre tiró de sus riendas y el carruaje se puso en marcha a toda velocidad, perdiéndose entre las tinieblas del sendero rodeado por niebla.
Endar inhaló y exhaló con profundidad, envainando una vez más sus espadas.
—Ni modo —suspiró, volviendo a caminar—. A caminar se ha dicho.
La noche cayó más pronto que tarde y el sendero se sumió en una absoluta penumbra donde los ojos de cientos de animales e insectos brillaban entre las sombras que rodeaban el camino de piedra negra, mirando y oliendo a Endar al pasar por ahí.
—Baobhan sith —murmuró Endar. Su vista, al instante, se acostumbró a las tinieblas, pudiendo vislumbrar su entorno en una escala de colores azulados, caminando sin preocupación alguna por el camino.
Tras avanzar durante media hora más en silencio, sin que ningún peligro le perturbara, a su olfato le llegó el inconfundible olor de la sangre fresca. Tuvo que contenerse para no salivar.
—Carajo… ¿Por qué ahora cuando no he probado bocado desde la mañana? —murmuró para sí mismo mientras apresuraba la marcha, distinguiendo las siluetas de un grupo de objetos que habían sido desparramados sobre el camino: un par de caballos agonizantes con profundos cortes, lo restos de un poco seguro carruaje de madera, un hombre, muerto a causa de varios cortes y puñaladas, tirando al lado de un arco y sosteniendo una flecha en su mano izquierda y, por último, el viejo que se había encontrado hace poco, colocado boca arriba y todavía respirando entrecortadamente.
Endar caminó hacia él, desenvainando una de sus espadas, colocando una rodilla sobre el suelo, sin dejar de supervisar sus alrededores.
—¿Pero qué pasó aquí? —murmuró para el anciano—. ¡Hace unos pocos segundos estaban bien!
El viejo, con ojos lacrimosos y repleto de cortadas en cuerpo y rostro, tosió un poco de sangre.
—¡De haber hecho caso a mi propuesta esto no habría sucedido, anciano! —continuó diciendo Endar.
El viejo negó repetidas veces la cabeza, soltando más sangre.
—No habría servido de nada —respondió con voz ahogada—. Contra lo que nos atacó no habría podido usted haber hecho algo.
—¿De qué habla? ¡Si ya le había dicho que los bandidos son mi especialidad!
—No… No eran bandidos.
—¿Ah, no? ¿Entonces que era? ¿Una bestia? Porque, a juzgar por sus cortes, podría apostar que les atacó un grupo armado con espadas y cuchillos. Sin embargo, aún si se tratase de una bestia, tampoco tendría problema en enfrentarla.
—Señor, no sé si era una bestia o un hombre… Pero por Dios… Ya no puede hacer nada más que cuidarse de él.
—¿De él?
—Sí… De él… Era uno solo…
El anciano por fin murió. Sobre su rostro sangriento, oloroso y sucio cayeron abundantes gotas de la saliva de Endar. El mago sacudió su cabeza y se pasó el dorso de la mano por los labios para limpiarse. Parpadeó y las tinieblas volvieron a su visión, sin poder distinguir ya nada del camino y el bosque del fango.
—Cat sith —murmuró Endar, y su vista volvió a acostumbrarse a las sombras, aunque en menor medida, apenas rodeado por un círculo de tenue luz que terminaba de nuevo en la densa oscuridad, desde la que percibía con mayor intensidad las miradas de los cientos de criaturas que ahí se escondían.
Volvió a guardar sus espadas y se incorporó, retomando su camino por el sendero.
—Era uno solo —exclamó, repitiendo las últimas palabras del anciano del carruaje—. Bueno… Reconozco que hay bandidos habilidosos… Además ellos solo eran dos y uno iba armado. Y no creo que fuera ese tal Robin Hood o algo por el estilo… Pero…
Sus palabras fueron interrumpidas cuando una silueta humanoide en medio del camino entró en su campo de visión. Detuvo su paso y la contempló lo mejor que pudo: usaba una túnica color rojo marrón y, por debajo de ella, lograba distinguir una extraña corriente brillante moverse alrededor de su cuerpo, como si estuviera rodeado por una serie de ríos relucientes entrecruzados y en perpetuo flujo.
—Hmm, vaya. Eso es algo —exclamó Endar.
Restándole importancia, continuó avanzando, poniéndose al lado del misterioso hombre. Pudo ver de reojo su rostro, era moreno y joven, de unos dieciocho años, con un par de ojos que brillaban en una sutil luz amarilla. De repente, como si ambos hubieran percibido una extraña sensación que los colocara al mismo tiempo en sintonía, los dos retrocedieron bruscamente en cuanto sus ojos se encontraron. Endar desenfundó sus espadas y el extraño hizo emerger desde su túnica una serie de cuatro extremidades hechas de carne roja que se colocaron en posición ofensiva como si fueran tentáculos.
Los dos se quedaron así por unos segundos, cada uno manteniendo su mirada fija en la de su oponente, sin decir nada. El hombre de la túnica marrón fue el primero en disolver su postura y serenarse, alzando una mano como si estuviera pidiendo una pausa.
—No quiero problemas contigo —dijo, guardando sus extremidades dentro de sus prendas.
—Lo mismo digo —respondió Endar, envainando su acero—. ¿Eres un mago inquisidor entonces?
El hombre se quitó su capucha, revelando una cabellera negra y alborotada. Sus ojos continuaban siendo amarillos y brillantes, y con ellos miró con incredulidad a Endar.
—No, no —respondió, negando con la cabeza—. Nada que ver.
—Pero eres humano, ¿no? ¿Cómo es que puedes hacer eso?
—No estoy aquí para conversar contigo, hombre. Déjemoslo así, ¿entendido?
—¡¿Pero si no eres un humano por qué tienes eso?!
—Ya, cálmate. Solo soy un explorador más como todos los que vienen a este valle, ¿comprendes?
—¿Buscas drakonium entonces?
El muchacho suspiró y volvió a echarse la capucha a la cabeza, ignorando la pregunta de Endar y retomando la marcha por el camino negro.
—¡Creo que lo mejor será que caminemos juntos! —exclamó Endar—. Este lugar está lleno de bestias de todo tipo, por no mencionar a los bandidos. Bueno… Tú no fuiste quien atacó a ese carruaje, ¿verdad?
—¿Carruaje?
—¡Sí! Hay uno hecho pedazos a unos metros de aquí. ¿No lo viste?
—No, pero sí me pareció sentir algo extraño merodeando por aquí.
—¿Algo extraño?
—Sí… Pero ya apúrate y camina a mi lado si tanto quieres, así te lo cuento.
Endar se apuró en alcanzar al encapuchado. Una vez a su lado, dijo:
—Entonces… ¿Algo extraño? ¿Qué exactamente?
—Exactamente, un leprechaun.
—¿Leprechaun? Hmmm… Me parece haber leído sobre ellos, son seres feéricos bastante acaudalados y portadores de buena suerte. Pero… ¿qué haría uno de ellos por aquí? ¡Si son ricos! No creo que tengan la necesidad de robar a los viajeros o de recolectar drakonium.
—He ahí lo extraño.
Continuaron caminando en silencio entre las penumbras, con el tétrico ulular del viento que dominaba al bosque del valle, como el sutil aullido de una horrible bestia situada a varios kilómetros de distancia.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Endar a su acompañante,
—Sam Dazzlejig. ¿Y tú?
—Endar Verión.
—Un placer.
De nuevo se sumieron en el silencio, sin cesar la marcha, con la vista fija en el camino. Endar sintió algo moverse entre las sombras, destacando entre las cientos de miradas que los rodeaban, escurridizo y brillante, como un gusano veloz que se escabulle entre los árboles, yendo de tronco en tronco.
—Sí… —dijo Sam de repente, mirando alrededor—. Yo también lo siento.
—¿El leprechaun?
—Sí. Creo que… nos está siguiendo.
Sam dejó de caminar y volvió a quitarse la capucha de encima, mirando de un lado hacia otro. Endar le imitó y, una vez más, desenvainó su par de espadas, aunque poco podía distinguir de su entorno con las tinieblas dominándolo casi todo a excepción del pequeño círculo de luz que lo rodeaba. Se concentró en observar con mayor profundidad las miradas de los seres del bosque, la mayoría permanecían quietos y a una distancia prudente, pero la de aquel ser destacaba por su rápido y escurridizo andar, terminando por perderse de su vista.
—Hmmm —murmuró el mago.
De repente, como salido de la nada, una figura salió disparada hacia él; vestía un viejo traje que en antaño podría haber sido verde claro, pero con la humedad, el lodo y el paso del tiempo se había vuelto gris,; portaba un gran sombrero de copa igual de desgastado y su rostro estaba cubierto por cabellos castaños, dejándolo solo relucir un par de brillantes ojos dorados. De su cuerpo sobresalían cuatro brazos, cada uno sosteniendo una espada de oro desgastado. Iba a los lomos de algo que, a simple vista, tenía la forma de una nube.
Endar se apresuró a bloquear el ataque de la criatura usando ambas hojas, desviando las suyas y obligándolo a desviarse hacia su extremo izquierdo. Sam lo remató atacándolo con un latigazo de su extremidad roja. El extraño ser se perdió de nuevo entre las sombras.
—Bueno… Eso definitivamente no era un leprechaun —sentenció Endar.
—No —respondió Sam, invocando un segundo látigo por debajo de su manga izquierda—. Pero ahora ya lo entiendo… Era un clurichaun.
—¿Clurichaun? No jodas. ¡Lo acabas de inventar!
Sam negó con la cabeza, sin dejar de mirar con paranoia hacia sus alrededores.
—En lo absoluto —respondió—. Es su opuesto… Un leprechaun sin casi nada en los bolsillos, hambriento de riquezas, molesto y violento. Eso es lo que es.
—Hmmm. Ya.
El clurichaun apareció disparado de la nada de nuevo, con sus cuatro espadas en alto listas para rebanarlos y atravesarlos. Sam contraatacó con un nuevo latigazo pero apenas si consiguió rozarlo, moviéndose audazmente en forma de espiral, esquivándolo y yendo de inmediato hacia Endar, con quien chocó sus espadas en un estallido metálico que resonó con fuerza entre el silencio de la noche.
El mago entonces pudo caer en cuenta de qué era aquello en forma de nube sobre lo que el clurichaun estaba montado: una oveja blanca y de ojos negros . Sorprendido, retrocedió y el salvaje ser feérico atacó con sus cuatro espadas a la vez, pero fueron a parar sobre una de las extremidades de Sam, atascándose en ellas y siendo lanzadas junto con la criatura hacia el extremo opuesto del bosque tras un brusco movimiento.
—Mierda —exclamó Endar—. Con esto no puedo ver nada. Intentaré invocar a otra criatura, si me pongo salvaje no dudes en matarme, ¿entendido?
—Entendido —respondió Sam, aunque le miraba con incredulidad.
—Baobhan sith —susurró el mago. Su vista volvió a acostumbrarse por completo a la oscuridad, permitiéndole distinguir cada rincón del bosque. Sin embargo, inesperadamente, comenzó a salivar. El aroma a sangre que su acompañante emitía era intenso.
Entonces, para su buena suerte, lo vio: el clurichaun se encaminaba de nuevo hacia ellos, montado sobre la oveja que corría a una velocidad que no aparentaba ser digna de su especie, galopando como un caballo. Vio la oportunidad de apartarse de inmediato de Sam, sintiendo de repente una corriente de agua fluir a su alrededor e impulsándose con ella hacia la criatura de cuatro brazos, sujetando su par de espadas en forma de cruz.
Antes de que el clurichan pudiera saltar encima de él, Endar ya lo había atravesado, cortándole la cabeza y desparramando su cadáver sobre el suelo negro mientras que la oveja huía despavorida entre las tinieblas, perdiéndose en la inmensidad del bosque.
Olió de nuevo la sangre de Sam y se apresuró a volver a la normalidad, retorciéndose mientras percibía a su cuerpo perder su fuerza y visión nocturna a la par que el punzante aroma se desvanecía.
—Hey —escuchó decir a Sam, quien se acercaba lentamente—. ¿Te encuentras bien?
Endar cerró con fuerza los ojos y, pasados un par de segundos, los volvió a abrir. De nuevo todo era oscuridad.
—Sí —respondió, sonriendo—. Todo bien —dirigió su mirada hacia el clurichaun que yacía sobre la tierra—. Esta debe ser la criatura que atacó a los viajeros con los que me encontré. Pero… ¡Qué extraño! No veo que haya robado nada. Ni joyas, ni oro… Ni mucho menos drakonium. Sus bolsillos parecen estar vacíos. ¿Por qué los habrá matado entonces?
Sam se acercó lentamente hacia el cuerpo, agachándose un poco para contemplarlo mejor, doblando las rodillas.
—Hmmm, no —exclamó al aire—. No, aquí hay algo más.
—¿Algo más? ¡Pues yo no veo nada! A ver, permíteme fijarme… Cat sith.
De nuevo un sutil halo de luz lo envolvió y las miradas de las mil y un bestias y animales que lo rodeaban se hicieron presentes. Mientras escudriñaba sus alrededores, Sam continuó hablando:
—No se si logras verlo, pero… Hay una especie de hilo que conecta a este ser feérico con algo más. Naturalmente no es tangible y poco a poco se desvanece a causa de su muerte, pero todo me indica que estaba atado a algo o alguien más. Como una marioneta más o menos.
—¿Y por qué tú puedes verlo y yo no?
Sam se quedó callado.
Endar inspeccionó sus alrededores por segunda vez. En una esquina, escondido entre arbustos espinosos y troncos sombríos, se ocultaba una mirada que destacaba entre las demás, sin ser bestia o animal.
—Creo que lo encontré —susurró Endar, señalando hacia el punto donde había descubierto dicha mirada—. ¡Rápido! ¡Vamos a él antes de que escape!
Sam, por un instante, percibió un manto translúcido y verde en forma de caballo que envolvía a Endar, quien de nuevo se movió a rápida velocidad, esta vez rumbo a las sombras del bosque. Apurándose para seguir su paso, Sam extendió dos tentáculos de carne, adheriéndolos a dos troncos distintos y lanzándose como una resortera hacia allá.
Aterrizó sobre un claro, rodeado por maleza y troncos y envuelto en neblina. Ahí mismo ya se encontraba Endar, de pie y sin moverse, manteniendo sus espadas en posición de alerta.
—Aparentemente es humano —le susurró al oído cuando se encontró a su lado—. ¿Lo puedes ver?
—Sí… Me parece que sí. ¿Quieres que lo inmovilice?
—Naturalmente, Sam. Veamos qué se trae entre manos. ¡Quizá hasta tenga algo de drakonium!
Sam meneó la cabeza en señal de afirmación y agitó uno de sus tentáculos hacia adelante, donde una silueta humanoide hacía el inútil intento de mantenerse oculta entre la niebla. La persona cayó al suelo sin hacer ningún ruido y Endar corrió hacia él, seguido por Sam.
Cuando este último se reunió con su nuevo compañero, lo halló extendiendo una de sus espadas hacia un hombre de barbas grises y vestimenta andrajosa que extendía las manos al aire en señal de rendición.
—¿Sam? —exclamó Endar, mirándolo—. ¿Qué opinas de este?
Sam se acercó un poco más e inspeccionó con sus brillantes ojos amarillos al hombre tumbado sobre el suelo; jadeaba y lo observaba con los ojos bien abiertos en un notable pánico, con la frente perlada de sudor. Entonces colocó una rodilla en el suelo y tomó la mano derecha del sujeto, quien ni siquiera se molestó en resistirse.
Sujetó su dedo anular y de él deslizó un anillo negro adornado con una especie de esmeralda negra. El hombre tampoco se quejó cuando Sam le quitó la joya y la colocó sobre la palma de su mano izquierda, pasando la mirada del anillo al sujeto y del sujeto al anillo.
—¿Dónde conseguiste esto? —le preguntó.
El hombre meneó la cabeza de forma temblorosa antes de responder:
—Un hombre… Un hombre me lo dio cuando entré al Valle. ¡Pueden quedárselo! ¡Solo no me hagan daño!
Sam se incorporó y guardó el anillo dentro del bolsillo de sus pantalones.
—¿Qué es eso? —le preguntó Endar, sin mirarle, pues se había puesto a hurgar los bolsillos del hombre quien continuaba sin dar señales de oponer resistencia. De ellos extrajo un pequeño sacó de tela café que, con una pícara sonrisa, abrió delante de los ojos de todos. Su interior relucía en un brillo blanco verdoso. Metió la mano dentro, sacando un fragmento luminoso, grueso y en forma de escama—. ¡Mira nada más! ¡Drakonium!
—Un anillo de control feérico —respondió Sam, sin darle importancia al hallazgo de Endar—. Permite controlar seres feéricos en contra de su voluntad. Hadas, duendecillos, gnomos y demás.
—¡Ah, qué buena idea! ¿Así que así es como lo hacías, hombre? ¡Te ocultabas entre las sombras y usabas al clurichaun para robar el drakonium sin tener que acercarte!
—¡Tampoco era una tarea sencilla! —exclamó el hombre, excusándose—. Había de quemar incienso de flores de las hespérides para mantener a las bestias que merodean por aquí . ¿Saben lo caro que es ese incienso? ¡La mitad de mi drakonium se iba en eso!
Endar se soltó a reír, señalando con un dedo al hombre tumbado en la tierra.
—¡Qué bobo eres! —le dijo entre carcajadas—. ¡Hay métodos muchísimo más baratos para hacer eso! Se nota que eres nuevo por aquí, ¿eh?
—Vámonos ―interrumpió Sam—. Si nos quedamos en esta parte del bosque no tardará en venir alguna bestia. Al menos de que podamos robar un poco del incienso que este tipo tiene.
El hombre, sumiso, sacó un paquete rectangular del interior de sus prendas y lo extendió a Endar.
—¡Ah, eso es! —dijo el mago—. ¡Muchas gracias!
—¡Váyanse y déjenme en paz! —respondió el tipo—. ¡Yo me largo de este valle de mierda! ¡Ni todo el oro del mundo vale este infierno!
Mientras que el sujeto se volvía a poner de pie, listo para ponerse en marcha, Endar dijo:
—Pero es que no se trata de oro, mi amigo. ¡Estamos hablando de drakonium!
El hombre volvió a quedarse callado y salió corriendo despavorido, desvaneciéndose entre las sombras.
—No creo que dure mucho —exclamó Endar al aire.
—Nosotros tampoco si nos quedamos aquí —respondió Sam—. Vamos.
Una vez de vuelta en el camino, caminaron lado a lado en el silencio de la noche, sin toparse con más extraños viajeros durante el curso.
—Y bueno… —dijo Endar tras un largo e incómodo silencio—. No sé qué seas tú ni qué haces en este valle, pero honestamente no me importa. Considero que haríamos mucho dinero si trabajamos juntos.
—¿Suelen pagarte por matar bestias, mago inquisidor?
—Solo cuando están cerca de las aldeas o cuando es algo que vale la pena comer. Pero tú pareces tener buen olfato para encontrarlas, quizá atrapemos unas cuantas catoblepas. Su carne es de lo mejor.
—Estaría bien, pero no sé si pueda reconocer a un catoblepa por aquí. Solo leprechauns, pixies, duendes, hodekins, selkies, nixes, trolls y similares.
—O sea… Seres feéricos.,
—Sí, y su carne no sabe bien.
—Bueno… Quizá con las selkies algo se pueda hacer…
—No, hombre. No estoy interesado. En este valle no busco más que una sola criatura.
—¿Y por qué no lo dijiste antes? Puedo ayudarte a encontrarla y matarla si es necesario. Claro… por un precio justo. ¿Qué buscas exactamente?
Sam dejó soltar un resoplido, mostrando una sonrisa sarcástica.
—¡Busco al mismísimo hijo de Lucifer!
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