Un Valle Lejos de la Gracia - CAPÍTULO II

 Tras las palabras de Sam, no se dijo más durante el camino, sin tener señales de que una aldea cercana se apareciera por el camino. Ninguno abrió los labios pero, como si estuvieran conectados por un mismo pensamiento, se pusieron de acuerdo para hallar un espacio seguro y hacer una hoguera, encontrando un claro similar al de donde habían confrontado al hombre del anillo.

Sam se encargó de preparar el incienso de las hespérides que este les había dado para mantener a las bestias alejadas mientras que Endar tomó la tarea de hacer la fogata. Una vez hechos los preparativos correspondientes, se sentaron a su alrededor, cocinando con ramitas la carne de un conejo que Endar había conseguido atrapar mientras buscaba leña para el fuego. 

—Bueno —dijo el mago tras masticar un poco—. Quizá suene… estúpido… Porque a lo largo de mi carrera como mago inquisidor he visto todo tipo de hadas, bestias, duendes y hasta dragones… Pero… ¿Lucifer? ¿En serio? Quizá hayan existido dioses hace tiempo, pero Lucifer, pues… quizá sea solo un mito. Nunca se ha tenido registro de él. 

Los ojos de Sam resplandecieron con la luz de las llamas, encogiéndose en gesto de depredador como los de un gato. 

—¿Qué has escuchado de él? —preguntó entonces, con voz trémula. 

—¿De quién? ¿De Lucifer? 

—Sí. 

Endar entornó los ojos, pensativo. 

—Es un cuento muy antiguo —respondió—. Lo llegué a estudiar un par de veces, pero a mi me pareció más una teoría que intenta explicar el origen de todo, aunque sin tener ningún fundamento. 

»Cuenta que, mucho antes de las eras heróicas, cientos de años antes de que los primeros seres caminaran por la tierra, todo la vida estaba concentrada en un único ser, una sola entidad que contenía la misma existencia. Esta entidad, en determinado punto, tomó conciencia y vio que era bueno crear nuestro universo y, sobre todo, nuestro mundo. 

»A este… ser…, si se le puede llamar así, en este cuento se le conoce como Voluntad, pues no se trata más que de la mera voluntad de existir y vivir que se manifiesta a través de todos nosotros. Todos los que habitamos este mundo tenemos la voluntad de vivir de alguna forma u otra, para mantener vigente nuestra especie comemos, nos reproducimos e intentamos vivir de la forma más plena posible. Así, pues, esta Voluntad hacía algo parecido al querer existir tomando una forma física y creando a los primeros seres vivos: los ángeles. 

»Poco a poco, la Voluntad, con la ayuda de los ángeles, fueron moldeando al mundo con animales, plantas y, por supuesto, los seres humanos. Sin embargo, uno de estos ángeles, viendo lo que su padre estaba haciendo, comenzó a repudiarlo, temiendo que él junto con sus hermanos fueran remplazados y olvidados para siempre, odiando todo detalle de la creación de la Voluntad. Su nombre era Lucifer. 

Endar hizo una pausa para darle una mordida a su conejo. 

―¿Y entonces? ―le dijo Sam, animándole a seguir hablando. 

Endar tragó y retomó la palabra. 

―Entonces Lucifer se rebeló contra su padre junto a algunos de sus hermanos… Y vencieron…

―Sigue contando. Aquí viene mi parte favorita. 

—Lucifer venció y se convirtió en el gobernante absoluto de la existencia… Pero… No tardó en darse cuenta de que, quizá, su plan había sido en vano. Se percató de que tan solo había logrado destruir la forma material de la Voluntad y esta continuaba manifestándose sobre el mundo, tomando formas más poderosas para así remplazar a la entidad que mantenía el orden en el cosmos, dando origen así a los primeros dioses, quienes, como ya sabemos, al caer, fueron relevados por los dragones, tomando así la Voluntad diferentes máscaras para mantener el control entre las fuerzas del universo. 

»De esta manera, Lucifer, viendo que el poder de la Voluntad jamás podría ser vencido, decidió renunciar al control sobre todo y partió en un viaje para hallar respuestas acerca del misterio que envuelve toda la existencia, para no volver a ser visto jamás. 

Sam asintió con la cabeza, dando su visto bueno a la narración de Endar. 

—Muy bien —murmuró—. Entonces estás bien informado al respecto. 

—Bueno… Es un cuento bastante lindo… ¿Pero en serio crees que Lucifer pudo haber sido real? Repito que… No sabemos nada de él ni de toda la mitología que rodea su figura. No sabemos nada de la Voluntad, los ángeles, los primeros días de la Tierra o mucho menos de las bestias que en ocasiones se suelen mencionar como el Leviatán y el Behemoth. 

—¡Ah, así que conoces a las bestias! 

—¡Sí! ¡Pero forman parte del mismo cuento! Pero, de todos modos, ¿esperas encontrar al hijo de Lucifer aquí? ¿Qué pista tienes? 

—Al parecer este valle no es más que una parada. Ya estuve aquí antes, donde tuve mi primer encuentro con él, pero dudo que continúe en este sitio, así que deberé buscar pistas acerca de su paradero. Además… No es la única razón por la que me pasó por aquí. 

Sam hurgó dentro de su túnica y sacó un pedazo de pergamino que entregó a Endar en la mano. Él lo extendió sobre su muslo derecho, contemplándolo a la luz del fuego. 

—Es un mapa —exclamó. 

En el pergamino se mostraba una versión recortada del Valle de la Gracia, una dominada por montañas nubladas y donde la única señal de la vegetación oscura del bosque ocupaba solamente un cuarto de la hoja, en la parte inferior izquierda. En una de las montañas que colindaban con los árboles, se mostraba el dibujo de un reluciente dragón blanco, situado en la ladera, hecho un ovillo y con los ojos cerrados. 

—Así es —afirmó Sam—. Un mapa del tesoro, para ser exactos. 

—¿Del tesoro? ¡Si aquí lo que yo veo es un mapa hacia un dragón! 

—¿No sabes que los dragones suelen custodiar tesoros? 

—Bueno… sí… pero no vale la pena enfrentarse a ellos por eso, Sam. 

—¿Y si te dijera que, en realidad, no custodia nada y que la bestia lleva ya bastante tiempo muerta? 

—¿Entonces para qué quieres ir por él, Sam? 

—Por los dioses, Endar… ¡Piensa un poco! ¡Me sorprende que seas un mago inquisidor actuando así! ¿Qué suelen dejar los dragones tras fallecer? ¿Por qué razón hay tantas personas en este valle aún estando repleto de bestias horribles? ¿Qué es lo que todos buscan?

Endar lo pensó por un momento, paseando la mirada de un lado hacia otro. Sacó entonces de su túnica la bolsita repleta del material radiante que le había arrebatado al hombre del anillo de control. 

—¡Ah! —exclamó Endar, con la mirada iluminada—. ¡Drakonium! ¿Entonces lo que custodiaba la bestia que ya yace muerta es una montaña de drakonium  

—¿En serio no atas los cabos, Endar? El dragón que ya yace muerto es el drakonium. Las escamas de su cuerpo sufrieron la alteración del paso del tiempo y se convirtieron en el material por el que todos han decidido venir a este valle oscuro. Se puede encontrar en las montañas y en parte de la tierra de este sitio, pero este posiblemente sea el yacimiento más grande que exista. ¡Y sólo yo tengo el mapa! 

Endar soltó una risita sarcástica. 

―¿Y qué te hace pensar que no te lo robaría ahora mismo? —le preguntó.

Sam se encogió de hombros. 

—Lo que me importa es el hijo de perra del que te hablé, el drakonium sólo será el final de mi viaje. Pero quizá ambos tendríamos mejores posibilidades de sobrevivir si continuamos juntos. Al final eres un mago inquisidor, ¿no es así? 

Endar ensanchó lentamente una sonrisa. 

—¿Entonces propones una alianza? 

—Sí, o al menos hasta que tengamos el drakonium en nuestras manos. A partir de ahí podemos hacer lo que queramos, literalmente. La cantidad de mineral en esa montaña es la suficiente como para comprarle este valle al rey de Darvir o al Rey de Varg y convertirnos en señores feudales independientes. 

—¡Eh, no suena tan mal! ¡Así podría deshacerme de todas las bestias de este lugar a mi propio gusto! 

—Exactamente. Entonces… ¿Qué opinas? 

Endar volvió a echarse a carcajear otra vez. Acto seguido, se puso de pie, devolvió el mapa a la mano de Sam y guardó la bolsita de tela con drakonium dentro de su túnica. 

—¿Matar al hijo del mítico Lucifer y de paso convertirnos en los señores de estas tierras? ¡Eso no me lo pierdo por nada en el mundo! Pero será mejor largarnos de aquí y buscarnos un lugar donde dormir, dudo que las flores de las hespérides sean ilimitadas. Más vale salir de la zona de riesgo. 

Sam asintió y también se incorporó. Extendió una mano hacia el mago.

—¿Entonces tenemos un trato? 

Endar se la estrechó. 

—Por supuesto. Trato hecho. 

  Sam pateó algo de tierra para apagar el fuego de la hoguera y de inmediato retomaron la marcha. Tras otra media hora de camino silencioso llegaron a un amplio claro rodeado por los siniestros árboles, de terreno ondulado y elevado y un camino de piedra blanca que atravesaba una muralla de piedra que rodeaba a una aldea de casas de madera negra, iluminada con antorchas y del que se escuchaban pocos sonidos que dieran indicios de vida. 

Cerca de la entrada, donde terminaba el camino de piedra negra y comenzaba el de piedra blanca, se hallaba un guardia de pie, apenas vestido con armadura oxidada y sin ninguna arma a la mano. Su piel, bajo la luz de las antorchas, se mostraba grisácea y opaca y no tenía ningún rastro de cabello o vello en el cuerpo. 

—¿Ya habías estado aquí antes? —pregunto Sam a Endar.

Este negó con la cabeza. 

—Esta aldea es nueva para mí —admitió—. ¡Pero, hola! ¡Ahí hay un guardia! Vamos a ver qué tiene esta aldea de nuevo. 

Caminaron de manera sincronizada hasta llegar al guardia, quien no parecía mostrarse inmutado por su presencia. Mantenía la postura y la mirada firme, sin siquiera verse afectado por el frío aire nocturno o la posible amenaza de bestias alrededor. Endar lo observó fijamente, sus ojos eran oscuros casi por completo y su piel seca y quebradiza. 

―¿Hola? ―exclamó Endar. 

Los ojos del guardia se movieron lentamente hacia él, sin siquiera girar la cabeza. 

—¿Qué desea? —preguntó con una siniestra voz gutural.

Endar, sorprendido por su penetrante hablar, retrocedió un poco. Se forzó a mostrar una sonrisa. 

—Solo venimos de paso, caballero —contestó—. Buscamos una posada que nos pueda acoger. ¿Será posible entrar? 

El guardia soltó un grave gruñido y se dio media vuelta, con el cuerpo erecto y rígido. 

—Sí —respondió, verbalizando de forma lenta y pausada—. Síganme. 

Se puso a caminar por el sendero blanco de la aldea, subiendo por el terreno empinado mientras los dos hombres lo seguían. La manera de andar del guardia era igual de rígida que sus palabras y su postura, sin apenas mover los brazos y torciendo de manera mínima las rodillas al avanzar. 

El camino de las losas claras terminaba en una terracería repleta de fango, mugre y basura donde se bifurcaban los caminos de la aldea que conducían hacia las diferentes casas de madera oscura, la mayoría con las ventanas a oscuras, teniendo como única iluminación las escasas antorchas colocadas en murallas de piedras que alumbraban pobremente el poblado. 

Se detuvieron delante de una casa de dos pisos, en cuya fachada del primer nivel llegaba el sutil brillo de una débil luz encendida detrás de una ventana sucia y cubierta de moho. 

—Aquí es —dijo el guardia. Sin añadir nada más, se dio media vuelta y desapareció por los caminos de la aldea, rumbo de vuelta su puesto de guarda. 

—Extrañísimo ese sujeto —murmuró Sam. 

Endar se encogió de hombros. 

—Hay mucha gente así por aquí —respondió—. No te sorprendas. 

Golpeó tres veces a la puerta de la posada. Esta se abrió casi al instante, aunque por un momento parecía que esta se había movido por cuenta propia o manipulada por algún tipo de espectro, pero una voz gangosa y aguda les llamó por debajo: 

—¿Qué desean? 

Sam y Endar bajaron sus cabezas al mismo tiempo. En el suelo estaba de pie una pequeña criatura de no más de medio metro de altura; delgada, vestida con harapos y con un sombrero en forma de cono, toda su piel estaba cubierta de ollín y tierra, sin distinguirse su tono original más que un par de grandes ojos azules. 

—Una habitación con dos camas, por favor —dijo Endar. 

—¿Tienen con qué pagarlo? —respondió la criatura. 

Endar hurgó dentro de su túnica y sacó un pedazo de drakonium. 

—Creo que esto lo cubrirá —dijo entregándolo a las pequeñas manos de la criatura, quien lo recibió guardándolo de inmediato dentro de sus prendas, mirando discretamente de un lado hacia otro. 

—Está bien —dijo—. Vengan conmigo y asegúrense de cerrar la puerta, no quiero que se meta el polvo o cualquier otra porquería. 

La criatura caminó de vuelta al vestíbulo de la posada. Endar y Sam la siguieron, adentrándose en la sala principal que se mantenía mayormente en penumbras a excepción de un pequeño rincón donde había una chimenea con carbón agonizante, apenas caliente y con flamas cortas. Se dirigieron hacia el extremo opuesto, donde una escalera de crujiente madera conducía hacia el nivel superior. 

—Es una brownie —susurró Sam a Endar mientras subían—. Un duende encargado de la limpieza de los hogares. 

—Raro que esté en este valle tan sucio y horrible. 

—Son comunes en estas partes del mundo. No habría de sorprender. 

Se detuvieron en la primera puerta del segundo piso. El brownie sacó una llave de sus harapos y la abrió, permitiéndole la entrada a ambos hombres. 

—Muchas gracias —exclamó Endar. 

—¡Cuiden bien el lugar y no rompan nada! —respondió el duendecillo, cerrando la puerta y desapareciendo detrás de ella, dejando a Endar y a Sam ya dentro de la habitación. Cruzaron sus miradas con muecas divertidas. 

—Veo que sabes mucho sobre seres feéricos y hadas —señaló Endar a Sam—. Los he estudiado, pero quizá no lo suficiente. Me concentro más en criaturas que pueden significar un peligro para los seres humanos, las hadas y duendes no son tan peligrosos como un dragón o un basilisco. 

Sam se dejó caer sobre una de las dos que había dentro del cuarto, de sábanas blancas, colchón viejo y duro y con una almohada igual de incómoda. 

—Se podría decir que pasé cierto tiempo conviviendo con ese tipo de criaturas —respondió—, desde entonces siempre busco la manera de aprender más sobre ellas. ¿Y qué hay de ti? 

—¿De mí? —Endar se dirigió hacia una esquina de la habitación donde había una ventana, asomándose por ella. 

—Sí, de ti. Dices que eres un mago inquisidor, y por la manera en la que peleas puedo apostar a que es verdad. Sin embargo… tu magia es… extraña. No sé si me explico. 

Endar sonrió apretando los labios, sin apartar los ojos de la ventana. 

—No suelo tener una gran variedad de hechizos a diferencia de otros magos —admitió—. Invocar bolas fuego, relámpagos y conjuros no es lo mío. Desde que inicié mi camino para convertirme en mago inquisidor mi forma de pensar ha sido que uno ha de combatir fuego con fuego. Si quiero matar monstruos, debo de ser uno. Al final, el que a hierro mata a hierro muere. 

»Durante un año me dediqué a perfeccionar mi técnica de absorción mágica, y dediqué otros dos para absorber a diferentes criaturas cuyo poder pudiera invocar durante mis cacerías 

—Entonces… Ese caballo…

—¡Ah, lo viste! Era mi kelpie. Me ayuda a moverme rápido, a la velocidad de un caballo y un poco más, porque mi masa corporal se reduce considerablemente, convirtiéndose en una “masa escurridiza” si se le puede llamar así. Tuve que viajar hacia Londinium para conseguirlo. 

»El hechizo de absorción me permitió obtener la esencia mágica de siete diferentes criaturas oscuras y mágicas que ahora puedo invocar a voluntad, aunque con sus respectivas consecuencias, por supuesto. Algunas más graves que otras. 

—¿Y cuáles son las otras seis criaturas? 

Endar se apartó de la ventana y miró a Sam de reojo. 

—Pronto lo descubrirás —le dijo. Comenzó a pasearse por la habitación, ajustando su túnica y las espadas envainadas—. Hoy no planeo dormir. Intentaré recopilar la mayor cantidad de información posible. Este lugar me parece… peculiar. Tengo la sensación de que hallaremos algo interesante por aquí. 

—Tampoco soy un hombre propenso al descanso, Endar. Te acompañaré. 

—¡Ja! De haber sabido esto mejor no hubiéramos pagado una habitación, aunque de todos modos es posible que mañana duerma todo el día si nuestra jornada se prolonga por más tiempo. 

Sam se sentó en el borde de su cama, sin prestar mucha atención a las últimas palabras de su compañero. Sacó de nuevo el anillo de control de túnica marrón rojizo y lo hizo bailar entre sus dedos. 

—Hmm, sí —murmuró—. Lo que me interesa es saber de dónde ha salido este anillo. Son difíciles de encontrar y, sobre todo, de fabricar. Requiere un proceso que solo las mentes más retorcidas son capaces de hacer. 

—¿Conoces tú ese proceso? Quizá eso pueda ayudarnos.

—Preferiría no mencionarlo, Endar. No por el momento. 

Endar se encogió de hombros y se dio media vuelta, caminando de vuelta hacia la ventana, la cual abrió usando ambas manos, dejando pasar una fresca brisa a la habitación. 

—Guarda tus secretos, entonces —contestó—. Pero quizá es momento de ponernos en marcha. Recomiendo que salgamos por aquí. 

—¿Por la ventana? 

—Sí. ¿Está bien por ti? 

Sam se levantó de la cama y caminó en su dirección, guardando el anillo entre sus prendas. Endar colocó un pie fuera de la ventana y se dejó caer, impactando en el suelo con ambas piernas, sin sufrir rasguño alguno. Su compañero dejó salir dos tentáculos de carne que adhirió al techo de la habitación, deslizándose con ellos hasta tocar tierra firme como si fuera una cuerda de rappel. 

Ambos se hallaron entonces en el centro de un callejón oscuro de suelo húmedo y rodeado por las paredes exteriores de cinco casas distintas, pero muy juntas entre sí, formando una especie de techo en forma de túnel con sus tejados encima de ellos. 

Una sola antorcha hacía un círculo de luz entorno a ellos. Fuera de él se distinguía la misma densa densa oscuridad del Valle de la Gracia, sin ver más casas, caminos o personas. 

Entonces, Endar murmuró: 

Baobhan sith. 

Sam pudo entonces ver a detalle cómo el aspecto del mago cambiaba sutil pero gradualmente: su piel se esclarecía, sus ojos adoptaban un brillo demoníaco y sus orejas y nariz parecían volverse puntiagudas. 

—¿Ves esto? —Endar mostró una gran sonrisa, dejando a relucir sus dientes. Sus puntas se habían tornado filosas y sus colmillos se extendían unos por encima de otros. 

—Ah… ¿Un vampiro? 

—Cerca, pero no. Es una baobhan sith, un hada que fue mordida por un vampiro y posee atributos de ambos, pudiendo infectar así a otras hadas. Esta mezcla es poco común debido a la diferencia entre especies y, a decir verdad, a mi baobhan me la encontré por mera casualidad, pero valió la pena haberla absorbido… Además, ¡no podía dejar una cosa así volando por ahí! Son peligrosas para otros seres feéricos, como podrás imaginar. 

Sam asintió repetidas veces con la cabeza, dando su aprobación. 

—Sí —dijo—. Hiciste lo correcto. 

—Así también puedo ver en la oscuridad —Endar miró hacia el lado derecho del callejón y luego al izquierdo—. Sígueme, por aquí. 

Avanzaron por el extremo izquierdo, alejándose de la luz de la antorcha y siendo acogidos por la que llegaba desde la ventana de la fachada de la posada. Se habían aparecido justo al lado de ella, ocultos desde un extremo y mirando con atención el terreno oscuro que la rodeaba. A lo lejos se distinguía parte de la muralla que rodeaba la aldea gracias a dos fuegos que habían sido colocados por ahí y Sam creyó distinguir todavía la silueta del retorcido guardia de pie e inmóvil. 

Entonces, algo diferente se apareció en el camino. Un par de hombres atravesaba el ondulado campo a paso apresurado, con sus figuras hechas sombras estando a contraluz de las antorchas de las murallas. Avanzaron rumbo a la entrada de la posada. 

—Quedémonos aquí —susurró Endar a Sam—. Veamos qué pasa. 

Los dos hombres llegaron a la puerta y pudieron apreciarlos con mayor lujo de detalles. Uno vestía camisa blanca y pantalones negros, mientras que el otro llevaba puesto una playera gris de algodón y manga larga y pantalones azules sucios y desgarrados por los bordes inferiores. El primero tocó la puerta tres veces y pocos segundos después el browine se apareció, mirando a ambos sujetos con enfado. 

—¿Qué quieren? —preguntó con voz gruñona—. Es muy tarde. ¡Déjenme limpiar este lugar en paz! 

—Olemos sangre humana —dijo el hombre de la camisa blanca, más con miedo que enorgulleciéndose de ello, sin sonar nada imponente—. Su rastro llega hasta aquí. 

—¡Déjenme en paz! —repitió el brownie—. Aquí no hay ningún humano, y si lo hubiera tampoco los dejaría pasar. Dejen a mi clientela en paz y alejen sus sucias narices de ellos. ¡Lo que a ustedes les pasó no es culpa ni mía ni de ellos! ¡Váyanse de aquí! 

—¡No nos vengas con mentiras, brownie! —exclamó el hombre de la playera gris—. ¡Podemos olerlos perfectamente desde aquí! 

—¡Pues dense una vuelta alrededor de la casa! ¡Porque aquí dentro no hay nada!

Endar se volvió hacia Sam, retrocediendo un poco para mantenerse fuera de la vista de los dos visitantes. 

—Como me lo temía —le dijo—. Vampiros… Hace tiempo que no veía unos en persona —olfateó brevemente el aire, arrugando su nariz puntiaguda—. Y es extraño… No huelo sangre humana alrededor…

—Asumo que los vampiros no huelen igual a los seres humanos. 

Endar negó con la cabeza. 

—No… No tienen olor, o por lo menos yo no puedo olerlos. Con mi forma de baobhan sith puedo sentirlos, pero solo si están cerca. Pero de humanos no siento ningún tipo de rastro, a excepción del guardia, que tiene un aroma muy sutil.

—¿Crees que todo el pueblo está convertido en vampiros?

—Es una probabilidad. Me parece que pronto lo averiguaremos —se asomó rápidamente por el borde de la fachada—. Vienen hacia acá. Prepárate.

Las sombras de los dos vampiros se dibujaron sobre el suelo con la tenue y bermeja luz de la antorcha, alzándose poco a poco conforme el par avanzaba hacia ellos, doblando por la esquina de la fachada. En cuanto estuvieron dentro del callejón, un tentáculo rojizo salió disparado desde la espalda de Sam, asiéndose al tobillo del vampiro vestido de gris, mientras que el de blanco desenvainó, con un audaz reflejo, una daga que colgaba de su cinturón, blandiéndola de inmediato hacia el hombre. Endar bloqueó el golpe usando una de sus espadas e intercambiaron centelleantes golpes con sus aceros hasta que el mago consiguió desarmar a su oponente, quien cayó al suelo con las manos en alto. 

—¡Eres un vampiro! —exclamó con voz jadeante. Su boca salivaba y una serie de dientes amarillentos y puntiagudos adornaban ambas encías. 

Endar apuntó su espada al cuello del vampiro. 

—¿Cuál es tu nombre? 

El vampiro se retorció y gruñó antes de responder:

—Helian. Me llamo Helian. 

Endar se volvió hacia el segundo vampiro, el cual colgaba bocabajo, agitando los brazos en un inútil esfuerzo de liberarse del tentáculo que sobresalía de Sam. El vampiro abrió ampliamente la boca, mostrando bien cada uno de sus filosos dientes, y, doblando su cuerpo de una forma retorcida y antinatural, los clavó sobre el tentáculo de carne rojiza que lo sostenía. 

Durante el breve instante en el que tuvo la extremidad entre sus dientes se escuchó un suave siseo, como el de la carne que se quema sobre las brasas, seguido de unos brillantes haces de luz amarilla que resplandecieron entre sus labios. Seguido a eso, el vampiro desprendió su mandíbula y comenzó a escupir continuamente, soltando quejidos guturales mientras se retorcía. 

—¡Pues este tampoco es humano! —exclamó entre escupitajos, lamiéndose los labios con asco usando una larga y rojiza lengua. 

—¡Di tu nombre! —gritó Sam, agitando al vampiro con su tentáculo. 

—¡Dalheim! —respondió su presa—. ¡Soy Dalheim! 

Endar mostró una sonrisa retorcida que dejaba a relucir sus demoníacos colmillos.

—Muy bien —exclamó, envainando su espada y cruzándose de brazos—. Como ya habrán notado… Helian y Dalheim, no pueden beber de nuestra sangre aunque lo intentaran. Honestamente no se qué es lo que le sucede a mi compañero de aquí, pero por mi lado mi sangre esta repleta de esencia mágica de siete diferentes entidades sobrenaturales muy poderosas, incluyendo una muy parecida a los de su especie. Por su apariencia deduzco que son vampiros recién convertidos, por lo que dudo que sus cuerpos logren tolerar tal cantidad de poder, por lo que más les vale mantenerse calmados. Nosotros solo queremos platicar, ¿entendido? 

Helian asintió repetidas veces, moviendo la cabeza con nerviosismo, gesto que imitó Dalheim casi de manera sincronizada. Sam colocó de vuelta a su presa en el suelo y Helian se puso de pie, levantando su daga que se le había caído de la mano durante la pelea y guardándola de nuevo en su cinturón. 

—Discúlpenos, caballeros —dijo este, quitándose la tierra de su camisa usando una mano, mientras se acomodaba el pantalón con la otra—. Lamentamos haberlos atacado, pero, por favor, no nos culpen por ello. Estamos hambrientos… Hace semanas que no probamos bocado porque la comida nos sabe horrible y por aquí no se acerca ningún humano del que podamos beber de su sangre. No duden en que los habríamos dejado secos de no ser por sus extrañas naturaleza. 

—Tranquilo, tranquilo —consoló Endar—. Mejor platiquemos en un lugar más calmado. ¿Tienen algún bar por aquí? ¿Y de casualidad no tendrán cerdos? 

—Aquí la única que tiene cerdos es Valu —explicó Dalheim—. Tiene quizá unos veinte y aún tras haberse convertido en vampira vive con la esperanza de venderlos a buen precio a algún extranjero.

—Pues tendremos que robarle uno —replicó Endar—. Después quizá nos lo agradezca. 

—¿Pero de qué nos sirve un cerdo? —cuestionó Dalheim—. ¡Si ya te hemos dicho que no podemos masticar ningún bocado? 

—¿Ya has probado el cerdo acaso? ¿O la carne de res o de cordero? 

—No… Al menos no desde que me convertí en vampiro, y aún siendo humano solo comía una vez a la semana. Aquí antes de que a todo mundo nos pasara esto apenas si comíamos carne de cualquier tipo, tan solo pan, papas y algunas legumbres. Solo Valu tuvo desde siempre lo necesario como para prepararse una comida compuesta por chuletas durante más de una semana, pero jamás lo hizo porque, como te decimos, solo quería vender a los malditos cerdos, no comérselos. ¿Qué espera hacer entonces con él, eh? ¡No estamos para bromas! 

De repente, la siniestra voz del guardia retumbó sin previo aviso: 

—¿Hay algún problema? 

Ninguno había reparado en su presencia. Estaba de pie en las sombras, con la luz de la antorcha a penas iluminandole la punta de las botas de cuero que traía puestas, dejando el resto del cuerpo ensombrecido. Durante un fugaz instante en sus ojos relampagueó una luz escarlata. 

Endar le miró con atención mientras los dos vampiros retrocedían, como espantados, mirándose entre sí. 

—Aquí no sucede nada —se aventuró a responder Sam—. Todo en orden, oficial. 

El guardia gruñó, mirando fijamente a Dalheim y Helian. 

—¿Están seguros? —preguntó sin apartar la mirada de ellos. 

Ambos vampiros menearon la cabeza en señal de afirmación, aunque mostrándose algo indecisos titubeantes, sus ojos resplandeciendo de forma trémula bajo la luz de la antorcha. 

—Bueno… —dijo el guardia con voz cavernosa, dándose media vuelta y desvaneciéndose entre las sombras, sin que sus pasos emitieran sonido alguno. Antes de que el grupo pudiera seguir su rumbo, lo avistaron de lejos de vuelta en su puesto de guardia. 

—Ese hombre… —mumuró Endar. Helian y Dalheim le miraron con expresiones de pánico, como si en sus ojos suplicaran porque el mago no continuara hablando—. ¿Qué pasa con él? 

Dalheim y Helian volvieron a cruzar sus miradas. A la par, retrocedieron un par de pasos, colocándose detrás del edificio de la posada, mirando con aire de paranoia a sus alrededores, aunque sin distinguir nada entre las tinieblas. Los dos hombres los siguieron, colocándose a su lado con intriga. 

—Ese hombre —comenzó a decir Dalheim, susurrando en voz muy baja, casi inaudible— es la razón por la que todo el pueblo está convertido en vampiro, pues él fue quien nos convirtió. 


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