Alquimista de Visita (Cuento de hadas)

 


Hubo una vez un pequeño castillo aledaño a uno de los grandes reinos de la Gran Tierra de los Reyes, perteneciente a un joven señor feudal y su esposa. Ellos tenían tres hijos, el mayor llamado Verman, el de enmedio, Sidur, y el pequeño Tom, un niño vivaracho de cabellos rubios y bien vestido. Todos vivían dentro de aquel castillo, dedicándose cada uno a sus propias actividades. El padre atendía los encargos y mensajes provenientes de la corte del rey y daba órdenes a sus hombres para que estas se ejecutaran, su esposa le hacía compañía y pasaba las tardes paseándose a su lado y, cuando tenía tiempo libre, se iba hacia la orilla de un pequeño estanque situado fuera de la fortaleza para contemplar la naturaleza mientras murmuraba suaves melodías.  Por otro lado, Verman, el hijo mayor, se dedicaba a practicar cetrería con su profesor personal, mientras que Sidur hacía lo mismo pero con tiro con arco. 

Sin embargo, a causa de todas estas responsabilidades, el pequeño Tom se encontraba la mayor parte del día en soledad, sin niños de su edad con los cuales convivir y sin la atención que una familia habría de dedicarle al hermano menor. 

—Tienes que entender, pequeño Tom —le decía su padre—, que los adultos tenemos nuestras responsabilidades, por lo que no tenemos tiempo para acompañarte en juegos y tus hermanos están creciendo para convertirse en hombres al servicio del reino. 

—¿Y mamá? —preguntó Tom—. ¿Qué hay de mamá? 

El papá soltó una carcajada, dándole unas palmadas en el hombro a su hijo. 

—Está demasiado preocupado por el bienestar de tus hermanos y de mí como para preocuparse por otras cosas. Mejor déjala descansar, ¿entendido? 

Tom asintió con un aire de tristeza. 

Tras aquella conversación con su padre, sus días transcurrieron como siempre, vagando de un lado hacia otro mientras veía a su familia dedicarse a sus labores diarias sin darles ni un ápice de atención. Aprovechando esta situación, decidió hacer una pequeña travesura: se escabulló entre los barrotes hierro de una poterna, siendo los suficientemente delgado y pequeño como para atravesarlos, siguiendo el curso de un riachuelo que fluía en el verde campo que rodeaba al castillo. 

Era una tarde tranquila y silenciosa, la luz del sol cubría el césped del campo, dotándolo de un color dorado que, junto con el alegre riachuelo que fluía por ahí, formaban un paisaje divino y pacífico. El pequeño Tom caminó entre las hierbas, sin ver ni oír a ninguna otra persona a su alrededor, no había ni siquiera soldados en las almenas de las murallas. Parecía que aquella tarde estaba hecha exclusivamente para él. 

Ahí pasó la tarde jugando junto al riachuelo, lanzando piedras sobre el agua para hacerlas saltar y brincando de un lado hacia otro. Cuando se cansó, se acostó con la hierba boca arriba, dispuesto a tomar una siesta. 

Pero, de pronto, una voz le llamó por encima de él: 

—¿Te encuentras bien, muchacho? 

Tom se puso de inmediato de pie, asustado por la repentina voz. Detrás de él se hallaba un hombre viejo, vestido con túnica marrón y cargando entre sus manos un cofre de madera con arreglos de oro. 

—¿Quién eres? —le preguntó desconfiado. 

—Soy un alquimista —respondió el hombre—, vengo a visitar al señor de estas tierras. 

—¡Ah! —exclamó Tom sorprendido, con la mirada brillante—. ¡Ese sería mi padre! 

—Oh… ¿En serio? ¡Pues qué suerte tengo! ¿Crees poder llevarme con él? 

Tom se lo pensó un momento. 

—Hmmm, no lo sé —dijo—. Casi siempre está ocupado. ¡Ni siquiera a mí me hace caso! 

—Ya veo… Pues… No estoy seguro de cómo sea, pero quizá le interesen mis servicios de alquimista. Verás… pequeño… ¿Cómo te llamas? 

—Tom. Me llamo Tom. 

—Ah, bueno… Verás… Tom, actualmente estoy ofreciendo mis servicios de alquimista de forma gratuita porque estoy experimentando con ciertos procesos nuevos por los que no debería cobrar. Míralo como una ventaja para ambos, yo les ayudo a convertir todo lo que deseen en oro y ustedes me proporcionan el espacio para hacerlo. 

—¿Puedes convertir todo en oro? ¡Eso es imposible!

El Alquimista se agachó un poco hacia el muchacho y una noble sonrisa iluminó su rostro. 

—¿Imposible? No, nada es imposible. No en este mundo. O al menos no para mí. Ya lo verás. 

Los ojos de Tom resplandecieron de expectativas. ¿Qué otras maravillas podría hacer el alquimista? ¿Podría el castillo entero convertirse en oro y así ser los más ricos de aquellas tierras? ¿Qué tanto se parecerían sus actos a la magia y que tanto serían una especie de ciencia desconocida? Con la esperanza de obtener las respuestas a sus preguntas cuanto antes, condujo al Alquimista a la sala del homenaje donde su padre estaba atendiendo un asunto con dos granjeros, quienes no se tardaron en retirarse. 

El alquimista se presentó de manera muy parecida a cómo lo había hecho con Tim, sin embargo el señor feudal se había quedado en silencio, mirándolo con incredulidad durante un rato que al chiquillo le pareció eterno. 

—¡Tonterías! —dijo finalmente—. ¡Nada más que tonterías! Váyase de aquí, alquimista, y tú también Tom. ¡Deja de aparecerte por aquí para interrumpir mis asuntos personales! 

Decepcionado y triste, Tom salió del salón de homenaje junto al alquimista, ambos reuniéndose en el mismo campo donde se habían conocido hacía unos minutos. 

—¡No lo entiendo! —exclamó el niño, dando una patada a un terrón. Su tristeza se había convertido  de repente en una profunda ira—. ¡No sé que tengo que hacer para que me hagan caso en este lugar! ¡Todos están demasiado ocupados! ¡Ni siquiera un alquimista parece llamar su atención! 

—Lo siento mucho, muchacho —le dijo el alquimista, dándole palmaditas en el hombro—. ¿Hay algo que pueda hacer por ti, niño? 

—Primero, ¡no me digas niño! Segundo, ¡sí, sí hay algo que puedes hacer por mí! 

—Entonces serénate, jovenzuelo, y cuéntame qué idea tienes en mente. ¿En qué soy bueno? 

Tom se limpió con la manga unas incipientes lágrimas que comenzaban a inundar sus ojos  y se sorbió los mocos. Miró al alquimista con decisión. 

—¡Quiero que conviertas todo en oro! —exclamó—. ¡Todo el castillo en oro! ¡Lo quiero todo para mí! 

El alquimista mostró su bondadosa sonrisa y respondió: 

—Será un placer. 

Tom no supo más del alquimista durante el resto del día. Él le había dicho que necesitaba prepararse durante algunas horas, por lo que se fue a su recámara para recostarse en su cama, donde terminó por quedarse dormido. 

Despertó muy temprano al día siguiente y lo primero que descubrió fue que el castillo estaba en un completo silencio. No se escuchaban marchas de soldados en armaduras o los pasos de mozos de cuadra caminando por ahí, ni tampoco los de los cocineros que recorrían cada mañana los pasillos amurallados para servir el desayuno. Había puro silencio, un silencio que le provocó un inesperado gozo, sonriendo con entusiasmo. 

Tan alegre estaba con aquel silencio que no se percató del notable cambio que había en su recámara hasta que descorrió las cortinas. Estas, al igual que todo dentro de la habitación, incluyendo el tocador, las sábanas y el tapete, relucían de un hermoso color dorado, bañado por el esplendor de una joven luz solar. 

Cada vez más deleitado por el arte de la alquimia, corrió por los pasillos en búsqueda del alquimista, más no lo halló por ninguna parte.

«Ya aparecerá» —pensó— «Seguro estará ocupado o durmiendo. Quién sabe cuánto trabajó ayer o siquiera si ha terminado su labor». 

Ya más calmado, se paseó por los pasillos y rincones del castillo, contemplando las maravillas que había hecho el alquimista. Armaduras congeladas en un sólido y brillante oro, las murallas convertidas en verdaderos bloques dorados y cuadros pintados en tonos ámbar y amarillo, todo reluciente ante los rayos del sol naciente. 

Sin embargo, no tardó en impacientarse al ver que ni su alquimista, y nadie del castillo en general, hacía acto de presencia ante el espectáculo en el que se había convertido el castillo. Subió unas escaleras doradas que conducían hacia los aposentos de su padre, pisando con cuidado los brillantes peldaños, cuidando de no ensuciarlos.

Tocó dos veces a la puerta, pero nadie respondió. 

—¿Papá? ¿Está todo bien? 

Tras unos largos segundos de silencio, se escuchó la voz del señor, ahogada y en tono suplicante: 

—¡Tom! ¡Ayúdame, Tom! 

El muchacho sintió un vuelco en el corazón y se apresuró a abrir la puerta, que se había vuelto más pesada. La habitación del señor del castillo estaba casi convertida en oro por completo, el alquimista estaba en una esquina, tenía las dos manos extendidas y en sus palmas brillaba una luz amarillenta. 

—¡Tom! —exclamó él, mostrando su característica sonrisa—. ¡Llegas justo a tiempo! 

—¿Qué pasa? —respondió el muchacho, desconcertado. Pasó su mirada por la habitación, descubriendo que su padre estaba todavía en cama, envuelto en una especie de capullo hecho de oro, dándose al instante cuenta de que se trataba de su edredón. Su pecho, cuello, cabellera y parte de su rostro ya brillaban en color dorado—. ¿Qué le has hecho a mi papá? 

—¡Tom! —dijo este—. ¡Ayúdame! ¡Está loco! 

—Estoy haciendo justo lo que me dijiste, jovenzuelo —se excusó el alquimista. Sus manos continuaban brillando—. Me dijiste que convirtiera todo el castillo en oro, así que eso estoy haciendo. Claro, a excepción de ti. Supuse que no querías que te transformara en una estatua. 

—¡Tom, dile que pare! ¡Por favor! 

Tom pasó la mirada de su padre y de su padre al alquimista, indeciso.

—Tú decides, muchacho —le dijo el alquimista, guiñandole un ojo. 

Su padre ya no decía nada, el oro había solidificado sus boca. Tom, al mirarle, sintió lástima. 

—Está bien —dijo Tom—. Déjalo así. Vámonos.

El alquimista bajó las manos y su brillo se desvaneció, dejando los ojos del padre de Tim intactos, que brillaban de pánico y perplejidad. Sin otorgarle ni una mirada más, Tom salió de la habitación, seguido por el alquimista. Juntos cruzaron los pasillos del castillo, cruzándose con armaduras dispuestas al azar que el muchacho no recordaba. 

—Son los guardias —explicó el alquimista—. Vestidos con sus armaduras completas parecen estatuas. Lindo, ¿no crees? 

Tom asintió en silencio. Salieron entonces al patio delantero. El alquimista le puso una mano sobre el hombro. Tom sintió calor y una sonrisa apareció en su rostro. El nuevo día, iluminado por el alegre sol, parecía teñirse por completo en dorado. 




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