El Mal de Darvir
—¿Qué sabes tú de Darvir? — le preguntó el jovenzuelo al mago, arrojando al fuego unas semillas mágicas que decía haber encontrado por ahí. Las llamas se avivaron y volutas de humo ascendieron hacia el techo de la cueva, desapareciendo por una abertura que daba vista a una noche sombría y sin estrellas.
El mago, viejo y arrugado, con una pipa entre los labios que ya hacía rato se había terminado, respondió con voz ronca y calma:
—Un reino al norte de la Gran Tierra de los Reyes, muy cerca de aquí. Hace frío y esta repleto de bestias, por lo que la mayoría de las aldeas, pueblos y castillos están reforzados con murallas de piedra del doble de grueso de lo normal, aunque he llegado a oír de sitios donde a falta de recursos hacen sus muros con troncos de pino.
El joven lanzó más semillas a la hoguera. En sus llamas se dibujaron las imágenes de castillos fríos y apagados, pero de torres altas y murallas gruesas, iguales a las que había descrito el mago, quien mostró una retorcida sonrisa.
—Cómo podrá ver, he estado aprendiendo algo de su magia —confesó el muchacho con orgullo—. No es la gran cosa, pero con algo se empieza.
—Sí, ya me di cuenta. ¿Qué más deseas saber? No por algo has bajado a esta cueva para preguntarme únicamente sobre Darvir.
El muchacho se encogió de hombros. El mago acomodó su puntiagudo sombrero sobre los cabellos encanecidos y grasientos.
—Cuénteme más acerca de Darvir —solicitó el muchacho—. Cuénteme, en especial, sobre el Mar de Darvir.
La mirada del mago se ensombreció por un momento para volverse casi al instante pasiva y aparentemente indiferente otra vez.
—¿Y a qué se debe ese interés por el Mal de Darvir, muchacho?
—Me interesa su historia. De donde vengo se cuentan historias… acerca del origen de lo que algunos llaman los graviers. ¿Sabe usted algo de eso, anciano? ¿Tiene idea de los graviers y el Mal de Darvir?
Silencio.
El mago contestó. Su voz sonaba seca y cansada:
—Te lo diré, hijo, solo para que comprendas la gravedad del asunto y pierdas el interés en indagar más acerca de ello. ¿Entendido?
El muchacho asintió.
—Muy bien. Pásame una de esas semillas mágicas que tienes y te lo mostraré.
El jovenzuelo puso un puñado de semillas en la arrugada palma extendida del mago. Él susurró unas palabras sobre ellas y las arrojó al fuego. Las llamas crepitaron y la mismas imágenes de las fortalezas sombrías y frías se aparecieron en ellas pero, poco a poco, se fueron alejando. La visión fue a parar en bosque alejado de los castillos y las aldeas, cubierto de nieve.
Bajo una tormenta helada un escuadrón de tres mercenarios caminaba, agribados con pieles que portaban encima de armaduras, caminando pegados sin decir ni una palabra, sus dientes castañeaban y el único calor que tenían era el fuego de una mísera antorcha que se agitaba constantemente por la brisa.
—¡No vamos a lograrlo! —dijo uno de ellos, apenas pudiendo articular sus palabras—. ¡Con este frío no hay manera!
—¡Cállate, Kaer! —le respondió otro con violencia—. ¡Ni se te ocurra bajarnos los ánimos una vez más! ¡Quedas advertido!
—¡Miren! —exclamó un tercero—. ¡Allá hay una casa! ¡Vamos ahí!
—Yo no veo nada —respondió Kaer.
—Síganme, yo los llevaré. La veo bien desde aquí.
Siguieron al mercenario hasta llegar a una colina escondida entre los árboles nevados en cuya cima había una choza de madera negra y vieja, aparentemente abandonada, sin señales de vida a su alrededor. Entraron en ella, salvaguardándose de inmediato del frío. Dentro hacía calor.
—Qué raro —dijo Kaer—. Aquí no hay nada.
—¿Cómo que no? ¡Mira! —respondió el primero de los mercenarios, señalando hacia una esquina de la cabaña, donde se alcanzaba a ver un agujero—. Por aquí hay unas escaleras. Seguramente conducirán a algún almacén donde podremos encontrar pan y cerveza. ¡Vamos!
Bajaron por la escalera de piedra, encontrándose pronto dentro de un sótano oscuro, únicamente iluminado por la luz de su antorcha; pero, por lo demás, vacío.
—Hmm —murmuró Kaer—. Nada por aquí tampoco.
En ese instante la luz de la antorcha se extinguió y se sumieron en penumbra. Seguido a ello hubo agitación, gritos y unas parpadeantes luces rojas, pequeñas y circulares, como ojos. Kaer, asustado y confundido, sintió como unas manos grandes lo envolvían, perdiendo el conocimiento.
Al despertar, se halló acostado sobre una mesa de piedra, con las manos y piernas extendidas en forma de X, amarrados por gruesas cuerdas de mimbre. Estaba dentro de una especie de cueva, envuelto en un abrasador calor. A lo lejos, se oían gritos de hombres en forma de ecos. Las paredes de piedra eran tenuemente iluminadas por el brillo de un ardiente fuego.
—¿Qué pasa? —exclamó Kaer, aunque su voz se escuchó apagada, apenas audible.
Vislumbró un par de ojos rojos que le miraban desde las sombras
—¿Quién eres? —le preguntó—. ¿Por qué haces esto?
No hubo respuesta.
Entonces, percibió algo que se movía a su lado. Una criatura, jorobada, envuelta en harapos, de rostro retorcido, con un ojo caído, mandíbula safada, colmillos amarillentos, y piel grisácea caminó juntó a él sosteniendo un tazón de piedra con un burbujeante líquido en su interior. Se lo hizo beber a la fuerza. Quemaba su garganta. El sabor era horrible.
Las cuerdas comenzaron a tensarse mientras que en su interior Kaer sentía una extraña sensación, algo que se retorcía en sus entrañas. Vio su piel tomar el mismo tono grisáceo de la criatura. Las cuerdas apretaron con más fuerza, jalando sus extremidades, haciendo crujir sus huesos.
—¡Para! —gritó Kaer—. ¡Por favor!
Los ojos no dieron respuesta.
Kaer miró hacia sus lados, sorprendiéndose al ver que sus brazos y piernas se estiraban como si fueran de goma, sin que sus huesos se rompieran o sangrara si quiera un poco. Sin embargo, dolía. Dolía como si en verdad estuviese siendo descuartizado.
—¡POR FAVOR! —gritó, y su voz se desvaneció en un eco, disolviéndose en las llamas donde el mago y el joven contemplaban la visión.
Hubo un momento de silencio. El mago se relamió los labios y continuó:
—El Mal de Darvir… Nadie sabe de dónde vino o qué es exactamente, pero a esta entidad se les atribuyen muchas desgracias ocurridas en aquel reino, desgracias que pocos pueden explicar, repletas de maldad y matanzas. Entre ellas, se encuentran los gravier. Humanos alterados para convertirse en una especie de gigantescos guls, con hambre de carne humana y la piel resistente como la de un elefante.
—¿Ha visto uno alguna vez? —le preguntó el joven—. ¿Ha visto usted a los gravier?
El mago se quedó en silencio.
—¿No? Hmm… Bueno… Lástima —el joven se puso de pie. La luz de la hoguera le dio un aire fantasmal, hasta macabro, con el rostro ensombrecido—. Supongo que ha llegado el momento de que conozca a uno.
—¿Ah sí, muchacho?
—Sí —su rostro parecía cada vez más transformado en el de un espectro.
—Entonces dime… —le preguntó el mago, también poniéndose de pie—. ¿Por qué? ¿Por qué venir hacía mi para hacerme preguntas al respecto cuando tú ya sabías todo lo que era necesario saber, Kaer? ¿Cuál es tu excusa?
La piel de Kaer se volvía oscura, sus ojos como los de un gato y sus dientes como los de una salvaje bestia.
—Porque nadie más debe saberlo —contestó con voz sombría—. El gran Señor lo ordena, y así ha de ser. Por eso me ha dado esta magia para convertirme en ese muchacho que solía ser.
—¿Una fachada entonces? Bueno… Supongo que querrá que nadie sepa de su existencia y el origen de los gravier quede como un absoluto misterio, ¿no es así?
—Hablas mucho, anciano —La altura de Kaer se había vuelto monstruosa y de la apariencia original del joven ya no quedaba nada. De las puntas de sus dedos aparecieron garras largas y afiladas como espadones, con ellas atacó hacia adelante, dando un manotazo. Para su sorpresa, el anciano lo esquivo, envolviéndose de repente en una luz amarilla resplandeciente que lo hizo desaparecer por unos segundos, para después volver a emerger a pocos metros de distancia. Kaer, frustrado contraatacó, pero el mago bloqueó sus cinco garras formando un escudo dorado y translúcido.
Acto seguido, su cuerpo volvió a envolverse en la luz amarilla y estalló casi al instante, lanzándolo hacia arriba, rumbo a la abertura que daba vista hacia la tétrica noche. Kaer gruñó y se apuró a escalar hacia la salida. Se encontró de pie en un silencioso bosque. El mago estaba a sus pies, con su energía mágica brillando en ambas de sus manos.
Kaer lo pateó. El anciano amortiguó el golpe con un escudo, pero retrocedió a causa del impacto. Se quitó el puntiagudo sombrero, metió una mano en su fondo y de él sacó una reluciente espada de doble filo, con grabados élficos y empuñadura bañada en oro.
El gravier volvió a lanzar un manotazo, pero ninguna de sus garras logró hacerle daño alguno al mago, quien bloqueó a las cinco al mismo tiempo con su hoja. Se lanzó de nuevo hacia arriba con su magia dorada, la espada brillo conforme descendía rumbo a la bestia. Aterrizó justo sobre su cuello y la clavó en la yugular. El gravier cayó al suelo, pecho tierra. El mago bajó de él, sacando su espada de la grisácea carne.
Estaba por retirarse del lugar cuando de repente algo lo detuvo.
Un sollozo
Se volvió, mirando hacia alrededor para encontrar a aquel que lloraba, descubriendo que, en efecto, era Kaer, aun convertido en gravier, quien derramaba lágrimas, negras como el petróleo.
—¡Yo no quería ser así! —gritó—. ¡No tenía opción! ¡Perdóname! ¡Era mi única manera para volver a sentirme humano! ¡Perdóname!
El mago volvió a guardar la espada dentro de su sombrero y caminó lentamente hacia Kaer. Le puso una mano sobre una de sus mejillas y le limpió con una manga las lágrimas.
—Ya no llores —le dijo—. Morirás como un hombre, no como una bestia. No tienes nada de qué preocuparte. Quedas perdonado.
Más Kaer ya no respondió. La vida lo había abandonado al fin.
El mago retomó la marcha, caminando en el silencioso bosque, donde ni los grillos cantaban y ni los búhos ululaban. Caminó entre troncos de cortezas tan secas que se desmoronaban al primer roce y sobre un suelo cubierto de hojas negras y descoloridas. Más cuerpos, altos y de extremidades alargadas aparecieron en el camino, todos sin mostrar señales de vida.
En silencio el mago caminó y las lágrimas de Kaer no se desvanecieron de su memoria hasta que abandonó aquel horrible bosque.
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