Donde Nunca Floreció (CAPÍTULO I)
CAPÍTULO 1
LA LIEBRE Y LA PIEDRA
Daniel Vronski veía a la Ciudad Capital acercarse tras la ventana del vagón de tren. Por un instante se le antojó extraña, como si fuera una especie de espejismo, incluso fuera de lugar, pues los altos edificios de piedra blanca y pulida, con ventanas brillantes que reflejaban un cielo cubierto por pinceladas de nubes y los rayos del sol, nada tenían que ver con el desierto que rodeaba la ciudad por varios kilómetros de distancia. Frío, vacío y sin demasiada vida más que aquella locomotora en movimiento que seguía su curso sobre las vías.
Notó que su cuerpo estaba tenso e intentó relajarse, comenzando por apartar de su pecho los documentos de su inscripción al Ejército Vigilante, envueltos en un pequeño portafolio, a los cuales se había aferrado con fuerza la mayor parte del camino. Sentía que de esa manera podía mantener las cosas en control, ocasionalmente tenía la sensación de haber perdido algún objeto que traía consigo, ya fuera una hoja importante o las llaves de su pequeño departamento, aun cuando ese no fuera el caso. Sin embargo, ya se había vuelto un hábito en él y no podía hacer más que desprenderse de él por un momento, inhalar, exhalar y convencerse a la fuerza de que estaba bajo control.
El tren se internó en un túnel que lo condujo al andén número cuatro de la Estación Capitalina de Ferrocarril, disminuyendo su velocidad y deteniéndose poco después. Daniel se acomodó el cuello de la camisa, se aseguró de tener todos sus documentos dentro del portafolio y bajó del vagón cuando se le indicó. La aglomeración a su alrededor le hizo sentir una inquietud inesperada, además de los silbidos de las máquinas y el constante barullo de la gente de la Alta Clase —que en sí ya convertían el lugar en un sitio escandaloso—, los vestuarios refinados de las personas, sus peculiares formas de andar y sus accesorios de bronce u oro como collares o brazaletes definitivamente lo hacían sentir fuera de su hogar, un pueblo apartado y sin electricidad, como muchos otros, llamado Dandeloy.
Daniel Vronski dejó de perder el tiempo y se puso en marcha, asegurándose por una tercera vez que traía los documentos correspondientes. Salió de la estación esquivando a una parvada de yenshufs, aves citadinas de cuerpos alargados, cabezas de búho y una cornamenta pequeña. Los yenshufs habían pasado a su lado de forma fugaz, casi haciéndolo caer al suelo por la agitación. Pudo por un momento adentrarse a la mente de uno de ellos, hallando una expresión que se asemejaba a un:
«¡Más cuidado, muchacho!».
Daniel hizo caso omiso del “pensamiento” del yenshuf y continuó caminando, sacudiendo la cabeza y dándose cuenta deque su frente estaba bañada de sudor. Después de abordar un tranvía, en el que se avergonzó por su transpiración, aun sabiendo que a ningún pasajero le importaba, llegó a un centro del ejército, un edificio de piedra amarillenta con el escudo del Capitolio en su fachada, la cual estaba resguardada por cuatro guardias de seguridad en el exterior y otros cuatro en el interior, detrás de unas puertas de vidrio posiblemente blindadas. Se encaminó hacia allá, haciendo fila detrás de numerosos jóvenes que habían venido a lo mismo que él. Cuando llegó su turno, uno de los guardias le entrevistó con brevedad:
—¿Ha venido a…?
—A… Entregar estos documentos para alistarme —respondió Daniel.
—Entiendo. Déjeme hacerle una revisión rápida.
El guardia hizo pasar sus manos por todo su cuerpo y le obligó a quitarse los zapatos. Cuando hubo comprobado que no traía nada sospechoso juntó con él, le cedió el paso. Dentro del edificio la fila continuaba, terminando frente a un mostrador donde los encargados de la recepción de documentos entrevistaban a los jóvenes y evaluaban sus documentos. Daniel se formó de nuevo y consultó su reloj; eran las tres y media de la tarde. El tiempo se había pasado más rápido de lo que esperaba, estimaba haber salido de su departamento a las dos de la mañana, para caminar por unas dos horas hacia la estación más cercana y después realizar un viaje de siete horas en tren que, a pesar de atravesar varios kilómetros sin desviaciones, siendo el terreno de su mundo desértico en su mayoría, tendía a ser prolongado debido a las largas distancias que separaba cada ciudad de Mádvar.
Impacientándose al ver la aguja del reloj moverse, apartó la mirada de él y avanzó un par de pasos en su fila. Repitió este movimiento unas cuatro veces más hasta que llegó su turno. Un hombre blanco, canoso y de bigote puntiagudo, con gafas redondas por encima, fue el que le atendió.
—¿Su nombre? —le dio con frialdad.
—Daniel Vronski —respondió el muchacho.
—Entregue sus documentos.
Daniel le tendió sus documentos al hombre, quien pasó la mirada por la primera hoja. Entonces, comenzó a realizar preguntas con base en el formulario principal que anteriormente había llenado, tan solo para asegurarse que la información en el papel y el usuario coincidieran.
—¿Edad?
—Veintitrés años, señor.
—¿A qué se dedica?
—Trabajo en un centro de llamadas.
—¿Tiene su ficha de evaluación médica?
—Sí… Está en la hoja que sigue.
El hombre hizo girar la página, mirando con detenimiento su ficha médica, dando de repente miradas rápidas al muchacho, como si estuviera asegurándose que cumplía con las condiciones físicas necesarias para ser un soldado.
—Veo que estuvo en terapia de magia —dijo—. ¿Es correcto?
—Sí, es correcto.
—Porque por los documentos que me entrega puedo ver que su licencia de control mágico está vencida.
Daniel sintió a su corazón agitarse, sus manos comenzaron a temblarle y le tiritó la mandíbula. Sin embargo, se esforzó por mostrar una sonrisa que, por más que sabía que se veía tremendamente falsa, esperó que pudiera alivianar un poco el humor de aquel hombre.
—Eso… No es posible.
—Pues está vencida, mire —el hombre le mostró que la fecha de expiración era del mes pasado—. Necesitamos que se haga los estudios correspondientes para admitirlo. Vuelva aquí cuando los tenga. Sabe que no podemos aprobar a nadie considerado como mago o hechicero.
—Pero… Pero… —el instinto moral de Daniel le indicaba con una tremenda fuerza que no era prudente responder o justificarse; sin embargo, por alguna razón sentía que debía de hacerlo. ¿Alguna clase de injusticia en el sistema, quizá? —. Pero… ¡He asistido a terapia toda mi vida! Jamás he usado mis habilidades más allá de lo establecido… Por Dios, ¡ni siquiera tengo esa clase de habilidades! ¡Yo ni siquiera puedo hacer magia! Por favor, entiéndame, soy telépata, no mago. Hay una gran diferencia entre ambos.
—¿Ah, sí? Pues su ficha médica dice algo muy diferente.
—Lo sé, lo sé. Pero usted conoce el sistema, ¿no? Aunque alguien sea telépata no se le puede excluir de la terapia mágica, se deben tomar por precauciones en todo momento. Y, debo de decir con orgullo, de que estoy de acuerdo con este sistema. No soy partidario de ningún mago, los detesto al igual que todos, pero suelen igualar, incluso relacionar, ambas habilidades.
—¿Y qué clase de telépata eres, si se puede saber?
—Puedo hablar con los animales, señor. O al menos entenderme con su mente.
El hombre lo miró perplejo por un momento que a Daniel se le hizo interminable, con el corazón acelerado y las manos temblorosas que no tardó en esconder dentro de los bolsillos de su pantalón. Después el sujeto rió y comenzó a acomodar los documentos del muchacho, sin que la sonrisa se desvaneciera de su rostro.
—Tienes corazón, muchacho —le dijo, regresándole los documentos—. Si lo que dices es cierto, podría resultar interesante tenerte en nuestras filas, pero por ahora te encargo que realices una entrevista con tu terapeuta para renovar tu licencia. ¡Buena suerte! ¡Siguiente!
Daniel se apresuró a colocar todos sus documentos dentro de su portafolio y a avanzar para salir del edificio. Al respirar de nuevo el aire de la ciudad se sintió un poco más aliviado, pero no duro mucho su calma, traía ahora nuevas preocupaciones en su cabeza: debía de regresar a Dandeloy, agendar una cita con su terapeuta y regresar a la Capital para completar su inscripción. Su tren de vuelta salía en la madrugada de ese mismo día, por lo que pasó su tiempo en un hostal cercano para dormir el resto de la tarde.
Durante su camino se cruzó con el majestuoso Capitolio, una edificación hecha de piedra reluciente, ventanas circulares y una escalinata que conducía hacia el portón principal. Ahí, frente al gran edificio, había una plaza con un gentío, lanzando silbidos y gritos de alegría para una voz que se habría paso entre el barullo de la muchedumbre. Daniel, intrigado por el asunto, se acercó a mirar, abriéndose paso entre la gente y viendo que, en el centro de aquella plaza, un grupo de jóvenes uniformados, no mayores que él, se habían reunido portando sus armas y boinas del ejército, sonriendo mientras que uno de los muchachos, rubio y de piel pálida, daba un discurso ante la audiencia:
—¡Tengan por seguro que los mantendremos a salvo de ellos! —rugía, alzando la voz y llevando un brazo al pecho en señal de juramento—. ¡Esa es la promesa de los Vigilantes! ¡No se dejen engañar por las falsas esperanzas de la Legión Libertad! Ellos solo traerán ruina y desdicha a Mádvar, ansían con controlar nuestra energía y derrocar a la Alta Clase. ¿Qué quieren ustedes? ¿A caso buscan que se desate otra guerra?
—¡No! ¡Jamás! ¡Nunca! —respondió la gente al unísono.
—¡EXACTAMENTE! ¡No buscaremos la guerra jamás, pero ellos están gritando a leguas de distancia que buscan enfrentarnos y vencernos! Confíen en mí cuando les digo que esta es una amenaza mucho mayor a la Confederación de Hechicería. Los magos son seres despiadados, pero amorales después de todo. La Legión Libertad es inmoral. ¿Y saben ustedes cuál es la diferencia entre amoral e inmoral?
Una mujer alzó una mano entre la muchedumbre.
—¡Usted, dígame!
—Amoral quiere decir que algo no comprende o carece de moralidad, inmoral es que, a pesar de conocer los valores básicos y perceptos de la sociedad, se niega a seguirlos.
—¡Correcto! Los magos son seres salvajes, pero, como a cualquier salvaje, basta con darles cuello para terminar con el problema. Ustedes saben a lo que me refiero —el muchacho rubio extendió sus brazos hacia los lados, flexionándolos un poco, simulando un par de tentáculos. El pueblo estalló en carcajadas. Guiñó un ojo y volvió a su posición inicial—. Pero la Legión Libertad no se trata de ninguna manada de salvajes, son personas que saben que, a pesar de ser conscientes de estar actuando mal, se aferran a una idea equivocada sobre la libertad y eso, a mi consideración, los vuelve un grupo todavía más peligroso. ¡Tan solo pensar que muchos de nuestros compatriotas se les han unido me hace temblar! Aun cuando el Ejército Vigilante les brinda comida y dinero para las familias de los soldados cuando estos terminan su servicio.
—Pero, señor, —dijo un hombre, bien vestido y con un paraguas cerrado en mano—, ¿qué habríamos de hacer si hay una guerra?
—No se preocupen. Pueden tener por asegurado que los Vigilantes nos haremos cargo.
El sentimiento de una guerra venidera hizo temblar a Daniel. Se había enlistado por los valores y la lucha contra el concepto malentendido de la libertad de la que aquel muchacho hablaba, para creer en algo, para luchar por algo. Además, al no haber nadie cercano importante que necesitase de aquel dinero, pues sus padres ya había fallecido hacía tiempo y era el único miembro vivo de su familia, un poco de crédito para él solo jamás venía mal. Más su concepto de lucha se acercaba más a una ideológica en vez de una donde un puñado de humanos se agarraba a golpes para despedazarse mutuamente.
«Pero ya es muy tarde —pensó—. Sabía que tarde o temprano esto sucedería. Las disputas entre los Vigilantes y la Legión Libertad están más tensas que nunca».
Sin querer escuchar más, se alejó de la plaza, no sin darle un último vistazo a aquel muchacho. Tomó de nuevo el tranvía y fue al hostal, donde tan pronto como se encontró en su habitación, se echó sobre la cama y durmió hasta las doce de la madrugada.
Al despertar, tomó de nuevo sus documentos, dejó una miserable propina (poco era lo que traía en los bolsillos en aquel momento) y compró un emparedado seco e insípido de un carrito que pasaba por la calle al salir. Lo devoró mientras caminaba de vuelta a la estación, donde abordó su vagón lo más pronto posible y se quedó dormido en cuanto tomó asiento. No sintió el momento en el que el tren se puso en marcha y tan solo volvió a abrir los ojos cuando este se detuvo. Consultó su reloj nuevamente, eran las ocho y media de la mañana. Había dormido bien, pero su mala postura le provocó un dolor de espalda tremendo y sus piernas se le durmieron; sin embargo, el malestar se alivió casi al momento de levantarse y salir a la estación junto a un grupo de cinco hombres y seis mujeres. Caminó entre ellos sobre un camino de adoquines que se abría paso entre la arena del desierto, girando un par de kilómetros después hacia la derecha, donde comenzaba un largo terreno cubierto por cultivos de centeno donde mujeres y hombres ya trabajan. En el cielo ya se había alzado el sol, de forma tenue, pero dando suficiente luz como para poder distinguir los alrededores. El grupo caminó sin decir nada, absortos en sus propios pensamientos.
De pronto, uno a uno se detuvieron, siendo Daniel el último de ellos; dirigieron sus miradas hacia arriba y señalaron un punto en el cielo donde un rayo de luz blanca comenzaba a emerger.
—¡Miren! ¡Allá está! —dijo uno de los hombres.
El rayo blanco de luz se extendió con rapidez, impactando sobre el campo de centeno con delicadeza, esparciendo sobre él un halo de luz que se expandió por la superficie, haciendo germinar nuevas espigas, fertilizando unas y terminando de nutrir a otras. Momentos después, el rayo de luz se desvaneció.
En algún momento anterior, quizá hacía hace seis o siete meses, cuando la Legión Libertad todavía no se había formado, las personas presentes habrían aplaudido y gritado de emoción. ¡Una Montaña Cósmica había ayudado en su campo! Sin embargo, con la llegada de aquel movimiento, Daniel reconocía que los pueblerinos estaban en su derecho de cuestionar aquel escenario. La energía de las Montañas ayudaba con las cosechas de cualquier tipo, pero, en ocasiones, estas resultaban excesivas, producían más de lo que podían almacenar o vender, contando constantemente con pérdidas considerables de producto. ¿Para qué necesitaban ellos más centeno, trigo o maíz si carecían de electricidad y mecanismos adecuados para su conservación y almacenaje?
Daniel se sintió incómodo quedándose entre aquella multitud que miraba con decepción el paisaje y continuó su caminata hacia Dandeloy. Poco antes de su llegada, tomó dos piedras del suelo que sostuvo contra su pecho, al igual que su portafolio, e hizo una parada en el cementerio ubicado a las afueras del poblado. Caminó entre lápidas enmohecidas y quebradas, hongos y hiervas crecían entre ellas y en el aire llegaba el tranquilo ulular de un viento lejano. Al dar con las lápidas de sus padres, se colocó de rodillas frente a ellas, evitando hacer contacto con los hongos y puso lass piedra sobre la lápida.
—Sé que no es lo mismo que un ramo de flores —dijo Daniel en voz alta, hablándole a sus padres muertos—. Pero, Dios mío, ¿quién encuentra flores por estos lares? Además, es curioso, ¿saben? Jamás he recibido ni un ramo de flores en mi vida… De hecho, creo que la mayoría de los hombres no lo hace hasta su funeral y, aun así, ¿de qué serviría? Por eso… creo que las piedras funciona mejor.
Lágrimas salieron desde sus ojos sin que se diera cuenta, las enjugó con su manga y continuó hablando:
—Ustedes siempre decían que los chicos no lloran… Siempre. Pero últimamente he llorado mucho. No lo sé… siento que me hace humano de alguna forma. ¿No podemos todos los humanos llorar? Bueno, quizá un mago sea incapaz de hacerlo, ¿pero yo por qué no? Paso la mayor parte del tiempo llorando, regreso de trabajar y me quedo en cama tomando un estofado o un té y después no paro de llorar. Pero, me cuesta trabajo entenderlo, ¿saben? Siento que cada vez me alejo de lo que creía que era un humano.
Guardó silencio de pronto, quizá a la espera de que viniera el alma de sus padres y le respondieran. Se puso entonces de pie, sacudiendo la tierra de su pantalón y aferrándose a su portafolio.
—Ustedes lo entenderían a pesar de todo.
De nuevo silencio. Daniel miró con intensidad las piedras que había colocado sobre la lápida; sabía que se trataba de un pensamiento poco coherente y razonable, pero realmente quería que sus padres regresaran vida y le dieran su consejo.
—Claro, ustedes nunca escuchan.
Se arrepintió al instante de sus palabras y una intensa ira recorrió su cuerpo. Tomó la piedra con rudeza y la arrojó, soltando un grito hacia la lejanía, esperando que se perdiera para siempre entre las lápidas y los muertos. Pero de pronto, una sutil voz, disfrazada de instinto animal, llegó a su cabeza:
«¡Auch!».
«Dios mío, ¡le he dado a un animal!» —pensó Daniel, y se echó a correr hacia donde percibía que había sido el origen de aquella voz, sintiendo un alma desvanecerse con rapidez. Encontró el cuerpo descalabrado de una liebre, yaciendo sobre la tierra, en un punto apartado de las lápidas, los hongos y las hierbas. Ya había muerto cuando llegó, incapaz de ayudarle.
Sin embargo, no lloró. En esa ocasión ya no sentía nada.
Comentarios
Publicar un comentario