Donde Nunca Floreció (CAPÍTULO II)

 


CAPÍTULO 2

SOBRE LO SALVAJE, LA TELEPATÍA Y LA MAGIA. 


De camino a casa, si a su pequeño departamento rentado y mal iluminado se le podía llamar casa, Daniel Vronski pensó en las posibilidades de que una liebre muriera por el golpe de una piedra en la cabeza, lanzada por una persona al azar debido a un arranque de ira. No podía llegar a ninguna conclusión, más que había sido mala suerte. La típica persona en el lugar incorrecto, en el tiempo incorrecto. Aunque, ¿cómo podía atreverse a considerar incorrecto a su tiempo invertido en la lápida de sus padres a las que, posiblemente, jamás visitaría de nuevo?

«Ni siquiera me despedí» —pensó. Su mente se había perdido por completo en el asunto de la liebre y la piedra, no pudiendo desprenderse de él durante toda su caminata. Le resultaba curioso e inquietante por igual, pero nada más allá de eso. 

Llegó a Dandeloy a las doce y media de la tarde, atravesando su avenida principal, rodeada por viviendas de madera y piedra ya iluminadas a su totalidad por el sol. Se percató de un detalle que le incomodó y le hizo querer llegar a casa todavía más de prisa. La propaganda de la Legión Libertad había incrementado; de un día para otro, carteles con la figura de su líder, el Director Iván, se mostraban en cada pared y poste, con la frase: ENERGÍA PARA TODOS escrita en grandes letras rojas sobre su cabeza. Poca era la presencia del ejército en Dandeloy, los guardias de turno poco o nada se habían interesado en remover los letreros que, si bien eran una invitación abierta a la traición, no suponían mayor inconveniencia en un pueblo tranquilo.

«Estamos muy seguros de que podemos vencerles —se dijo Daniel, pensando en el “estamos” como los Vigilantes—. Pero se fortalecen con rapidez. Estamos bajando la guardia. Alguien tiene que hacer algo, por Dios». 

Llegó entonces a la planta baja del edificio departamental donde vivía. El casero le abrió la puerta y se sentó sobre la silla en la que pasaba la mayor parte del día leyendo alguna novela vieja o el periódico, sin dirigirle palabra alguna a Daniel.

Él comenzó a subir las escaleras rumbo a su pieza cuando, para su sorpresa, la voz del casero le interrumpió. 

—Te hubieras unido a la Legión Libertad, muchacho. 

Daniel se volvió con lentitud, de nuevo con el corazón acelerado y las manos temblorosas, aunque ya no percibía el miedo recorrer sus venas, un audaz y repentino sentimiento de valentía, coraje y frustración había llegado a su corazón. Ya había tenido suficiente por aquel día, estaba cansado y no tenía por qué tolerar a ese hombre, pero ya había llegado a su límite ese día y la rabia acumulada por su situación en el cementerio no hizo más que incrementar.

—¿Disculpe? —dijo con una voz agotada. A pesar de su repentina valentía, no encontraba la forma de canalizarla mediante las palabras. 

—Te hubieras unido a la Legión Libertad —repitió el casero, sosteniendo un tomo viejo de una novela con ambas manos—. Piénsalo chico, no tenemos energía aquí más que para algún par de máquinas de vapor que no llegan a ser suficientes. El Almirante Iván está extrayendo toda la energía de las Montañas y la está repartiendo de forma justa y equitativa. Es justo lo que necesitamos, chico; un hombre que nos guíe para salir de este estancamiento campestre y use el polvo cósmico de las montañas para algo relevante… No cultivos de centeno que apenas podemos cosechar y mantener. ¿Me entiendes, chico? 

Daniel se dio la vuelta y continuó su ascenso por las escaleras. 

—Sé lo que hago —respondió mientras se retiraba. 

—Espero que lo sepas, chico. Realmente lo espero. 

Hubo un breve momento de silencio que fue interrumpido de nuevo por la voz del casero, obstruida en eco por las paredes del edificio. 

—¡Y además ya no habrá más magos con la Legión Libertad! ¡Sin la energía de las Montañas no hay nada que puedan hacer! 

Daniel lo ignoró y continuó subiendo, sacando la llave de su departamento de su bolsillo trasero. 

«Vaya, ¡qué hombre! Aunque… he de admitir que tiene un punto. Las Montañas son un arma de doble filo, hacen crecer tanto cultivos como magos. Un asunto raro… Pero tiene un punto. Pero, Dios mío, ¿qué no ve ese hombre que las palabras “justo” y “equitativo” se contradicen”?» —pensaba mientras abría la puerta de su apartamento. Al entrar cerró con fuerza, todavía fastidiado por la conversión que mantuvo con el casero. Se dio una ducha rápida, se puso su camisa y pantalón para dormir y calentó en una pequeña olla, sobre el fuego de una cocina que contaba nada más con estufa y fregadero, un poco de fideos que devoró tendido sobre su cama. Desde la pequeña ventana rectangular ubicada a su lado, sintió el sol de un nuevo día entrar en su pieza; sin embargo, no gozó de aquel calor repentino. Lo único que quería era descansar un rato antes de volver a ponerse en marcha para agendar su cita con el terapeuta. 

Mientras comía recordó al casero y su apoyo a la Legión Libertad. A pesar de la presencia de algunos guardias oficiales, el pueblo de Dandeloy mostraba en su mayoría su apoyo a la Legión Libertad, partiendo de su discurso de “ENERGÍA PARA TODOS”. 

“No necesito que me den sermones sobre la electricidad” -pensaba Daniel. 

Su padre había sido minero de carbón, material utilizado por las grandes instalaciones eléctricas para llevar energía a las grandes ciudades, pues estas, con su inmensa infraestructura, era las que más lo requerían. Construir corrienetes eléctricas en el desierto resultaba una tareja compleja, pues los cables, a pesar de estar recubiertos de cemento y otros materiales, siempre estaban expuestos a la arena, tormentas, tornados o cualquier otro desastre imposible de contemplar. Los pueblos apartados de la Alta Clase, como Dandeloy, no valían la pena como para que los ingenieros de Mádvar, pertenecientes a Industrias Henriev, se molestaran en averiguar cómo hacer llegar algo de luz de calidad a sus hogares. 

Por mera curiosidad, accionó el único interruptor de su departamento. El foco que colgaba de su techo se iluminó tenuemente, apenas alumbrando su pequeña pieza. Mientras contemplaba su luz, que auguraba con extinguirse pronto, recordó de nuevo a su padre. Un valiente, pero reemplazable minero, agobiado por largos días de trabajo que le habían causado una extraña profundidad que contagió a su madre. Ambos fallecieron a los pocos meses y Daniel se vio obligado a asistir a un orfanato hasta cumplir la mayoría de edad para poder valerse por sí mismo. 

“Buenos tiempos eran aquellos” pensó “Nada de levantarme temprano para tomar un tren e ir a hacer llamadas para una empresa de paquetería. Nada de preocuparse por llegar a fin de mes. Nada de noches sin dormir. Tan solo saltar de cama en cama, tener pláticas nocturnas con sus compañeros de cuarto y evitar meterse en problemas con los tutores y profesores”. 

Al terminar su tazón con fideos, lo dejó a un lado, sobre el buró de la cama, y, sin darse cuenta, se quedó dormido y no despertó hasta el día siguiente, temprano, pues apenas estaban dando las ocho de la mañana. Al menos sintió cierto consuelo de no tener que trabajar aquel día. De nuevo se visitó con prendas más formales, se enjuagó la cara y la boca y salió apresurado de su departamento, sintiéndose aliviado al ver que el casero no estaba en su puesto de trabajo, posiblemente atendiendo algún asunto que no le era de incumbencia.

Dandeloy era un pueblo que apenas contaba con avenidas, calles o puentes. En su mayoría estaba conformado por edificios departamentales, algunas tiendas de víveres y un hospital en cuyas instalaciones limitadas se encontraba el despacho del Doctor y especialista en Magia, Igor Lem, un hombre que ya entraba en los cuarenta, de cabellera negra y una mirada fría de ojos azules. Daniel, al mirarlo, sentía aquella mirada de forma penetrante, casi como si fuera exclusiva para él, pero no en un buen sentido. Era una mirada que le decía: Ándate con cuidado, muchacho. Puede que seas telépata, pero nadie te verá como tal si decides hablar con animales de forma casual a la mitad de la calle. Ándate con mucho cuidado. 

No sabía si esa sensación era provocada por la frialdad de sus ojos o por su intenso color azul, pero en definitiva dicho aspecto no hacía más que volver sus salidas al terapeuta amargas y desesperantes. 

Al llegar al hospital, se anunció con el recepcionista. 

—¿Cree que me pueda atender ahora? —preguntó Daniel. 

—Necesita agendar su cita —respondió el recepcionista con voz gangosa. 

—Lo sé, pero… Es un asunto algo urgente. Tengo que renovar mi licencia de libre de magia para alistarme en el Ejército Vigilante. 

El recepcionista lo miró con seriedad por un momento. Daniel sabía lo que pasaba por sus pensamientos: ¿Cómo un muchacho, habitante de un pueblo aislado y sin electricidad, podía atreverse a unirse al enemigo de la Legión Libertad, a la que juraba salvaguardar a aquellos que se habían quedado atrás? 

—Tome asiento, veré si le puede atender —dijo finalmente. 

Daniel asintió y se sentó como se le ordenó. Junto a él había una mujer anciana y un hombre joven, no llamaban mucho la atención, se mantenían sentados al igual que él y paseaban la mirada por la sala de recepción, una estancia pequeña con bancas metálicas que se unía a un pasillo que conducía hacia las instalaciones del hospital. 

Una media hora después, en la que ya comenzaba a impacientarse, el recepcionista anunció su nombre, invitándole a pasar al consultorio del Doctor Igor Lem, a quien se le había hecho un espacio libre en su jordana para poder atenderle. Su consultorio era pequeño, casi claustrofóbico, contaba con un diván, dos sillas y un escritorio con un bloc de notas, plumas y un cenicero en su superficie. 

Daniel se sentó frente a Igor, quien le recibió con una sonrisa. 

—Ah, Daniel,me alegra mucho verte de nuevo por aquí —le dijo—. ¿Tu viaje fue productivo? 

—Eh, algo así —respondió el muchacho—. Necesito renovar mi licencia de magia controlada, esperaba poderlo tener hoy mismo. Es lo único que me hace falta para poder enlistarme en el Ejército Vigilante. 

El Doctor Lem asintió con la cabeza y abrió un cajón ubicado debajo del escritorio, de ahí sacó un formulario impreso sobre papel y una pluma.

—Con mucho gusto —dijo el doctor—. Me parece que no habrá ningún problema, jamás hemos tenido líos contigo; sin embargo, tendrás que responder algunas preguntas. ¿Estás bien con eso? 

—De acuerdo. 

—Muy bien. Aquí dice que tu última evaluación de magia fue hace cinco meses, ¿es correcto? 

—Sí. Mis niveles de esencia cósmica están en un 0.002 por ciento. Se han mantenido iguales toda mi vida. 

—Comprendo. ¿Y cómo te has sentido desde esa última vez? ¿Algún cambio de humor que hayas podido identificar? ¿Alguna emoción salvaje?

La palabra salvaje hizo a Daniel fruncir el ceño, la había frustrado e incomodado por alguna razón. Sí, sabía que los magos eran salvajes, ¿pero era acaso tan difícil de entender que él no poseía ninguna clase de magia en su interior? Sabía muy bien el Doctor Lem que para ser considerado un mago, hechicero, chamán, santero (al final cualquiera de esos a todo el mundo le parecía igual) tenían que tener unos niveles de esencia mágica por encima del cinco por ciento. ¿Tan solo por poder comunicarse con bestias animales podía él ser considerado un salvaje

Al final, a la gente le da igual —pensó Daniel—. Telepatía y magia, ¿qué diferencia hay para ellos si ambos se desvían de la naturalidad de las cosas? 

—¿Daniel? ¿Estás bien? —la voz del Doctor Lem lo hizo salir de sus pensamientos. No se había dado cuenta en que había tardado quizá demasiado tiempo en responder. 

—Ah, sí —respondió él—. Todo bien, solo he estado un poco triste —a pesar de la situación, no se atrevía a mentir sobre su estado mental. 

—Entiendo… Triste —Igor Lem hizo una anotación sobre el formulario de Daniel, después lo miró con detenimiento y anotó de nuevo. Acto seguido, tomó una nueva hoja del cajón, la firmó y se la entregó al muchacho. 

—Entrega esto en las oficinas del hospital y renovarán tu licencia —le dijo—. No deberías tener ningún problema. 

Daniel dobló la hoja con cuidado, asegurándose de que las esquinas coincidieran unas con otras, se despidió del Doctor Lem, quien le deseó buena suerte en su travesía y se dirigió hacia las oficinas del hospital. Ahí su licencia fue renovada y, tan pronto como lo tuvo, se dirigió de vuelta a su departamento para iniciar de nuevo el proceso del viaje hacia la Ciudad Capital. Se encargó de que el casero supiera de su ausencia; si no se presentaba durante más de una semana significaría que ya se encontraba en el Ejército Vigilante y tenía la autorización de quedarse con las pocas pertenencias que permanecían en su departamento. 

A la mañana del día siguiente viajó hacia la Ciudad Capital y su solicitud fue aprobada. Días más tarde, aun sin saber qué le depararía en el futuro y cuestionando por un momento la causa por la que comenzaría a luchar, augurando una posible guerra, abordó un tren junto a muchos otros jóvenes rumbo a las instalaciones de Vigilantes ubicadas en Zeres, una región de arenas rojizas y clima tropical. 

Durante el transcurso del trayecto, Daniel intentó no entablar conversación con ninguna persona. No se sentía con interés de hacerlo en ese momento y, aunque había un par de jóvenes que le resultaban interesantes, como un muchacho que había estado leyendo un libro de primeros auxilios desde que había comenzado el viaje o una chica que se tronaba los dedos cada cierto tiempo, decidió que sería mejor idea estar en silencio, mirando por la ventana hacia el interminable desierto.

Era un viaje de casi quince horas, con siete paradas para descansar las piernas, comer y realizar necesidades, todo sobre la rugosa arena del desierto.  Al llegar a la quinta parada, a la que arribaron muy temprano por la mañana, Daniel no se sintió con ganas de salir y prefirió dormir un rato más; sin embargo, el barullo de una serie de gritos y exclamaciones le despabilaron al instante y salió del vagón para ver qué ocurría. Encontró a un gran número de jóvenes, uniformados con sus trajes de cadetes, reunidos en un mismo punto, discutiendo con lo que parecía ser otro grupo de muchachos casi idéntico a simple vista, pero, conforme se acercó, se dio cuenta de que cascos blancos con degradados plateados cubrían sus rostros y cabezas, portaban uniformes grises y unos chalecos protectores con las mismas tonalidades que los cascos. Eran miembros de la Legión Libertad.

Una cadete vigilante se había colocado delante de ellos, intercambiando palabras con el que simulaba ser el capataz del equipo enemigo. 

—¡Regresen a sus mugrientos pueblos! —decía la chica—. ¡Están obstruyendo la vía!

—¡No estamos obstruyendo nada! —respondió el capataz de la Legión Libertad—. Venimos de extraer esencia cósmica de las Montañas cercanas, nada más ni nada menos. 

—¿Ah, sí? —continuó la chica—. ¿Sabían que eso es ilegal? ¿Dónde lo tienen almacenado?

—No es ilegal… Al menos no para nosotros. Los terrenos de los que venimos fueron comprados por el Director Iván hace poco tiempo, tenemos su autorización de extraer esencia cósmica de ellos.

—¡Váyanse entonces! ¡Regresen a sus terrenos! No los queremos por aquí. 

Tenemos que cruzar por aquí para llegar al otro lado, una lanzadera nos está esperando para recogernos. 

—¿Lanzadera? No jodas. Ustedes no tienen recursos para comprar algo así…

Daniel se percató que dos de los miembros del equipo de extracción de la Legión Libertad cargaban palas y picos que, si bien parecían instrumentos inofensivos, no podía pensar que si la situación se descontrolaba definitivamente serían utilizados para hacer daño. Acercándose hacia ellos con un incontrolable deseo de intervenir, se colocó del lado de la chica aliada y dijo con la voz más imponente que le fue posible: 

—¿No les parece que ya fue suficiente? Se los digo a ambos por igual. 

—¿Y qué harás tú? —le respondió la chica con el mismo tono acusador que había utilizado con el capataz—. No eres nadie para ordenarme. ¿Crees que no sabemos de ti? Todo el mundo ha estado hablando sobre que eres un mago. ¡Ni siquiera deberías estar aquí!

Daniel la miró perplejo, pensando por un momento que la chica había dicho algo completamente distinto a lo que escuchó. Pero no se equivocaba, ella realmente sabía sobre su “padecimiento” que muchos comparaban con magia. 

—Sí, te escucharon hablar sobre tu estado cuando fuiste a enlistarte —respondió la chica como si hubiese oído sus pensamientos. 

Se hizo un silencio sepulcral entre los presentes. Ni siquiera el equipo de la Legión Libertad se atrevió a hablar durante aquel tiempo. Daniel, sintiéndose apenado y humillado, no pudo hacer sino más que caminar de vuelta a su vagón y tomar asiento, cerrando los ojos para intentar dormir de nuevo y olvidar todo el asunto. Un par de minutos después se hizo sonar el silbato del tren, que indicaba a los cadetes regresar al transporte. Los extractores de la Legión Libertad se quedaron de pie donde se encontraban, mirando a través de sus cascos, con ojos repletos de furia, como sus contrincantes se alejaban a máxima velocidad, deseando poder haberse enfrentado a ellos en un combate más formal. 

Mientras dormitaba, un pensamiento curioso llegó a la mente de Daniel. 

«Es extraño… Aunque la Legión Libertad es conformada en su mayoría por gente de pueblo, dependen completamente de un sujeto llamado Iván, acaudalado y poderoso, para no caer en la miseria. ¿Qué se traerá en manos ese hombre?». 

El pensamiento le provocó una sutil y casi inadvertida carcajada que lo alivió un poco antes de poder quedarse dormido nuevamente. 


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