Donde Nunca Floreció - Capítulo IV: La Tormenta que se Avecina

 La Ciudadela de la Luna estaba mayoritariamente despoblada, sin contar un par de grupos de personas de lo más extraños que para el Director Iván no representaban amenaza alguna si se mantenían dentro de sus hogares, alejados de sus planes con las montañas que rodeaban el sitio. Había encontrado en ellas una exquisita mina de esencia cósmica que no había dudado en explotar con la ayuda de voluntarios de pueblos desamparados que trabajaban con devoción y dedicación para extraer a aquella sustancia, siendo después transportada a su refinería y así ser convertida en energía pura y sostenible.

Se mantenía de pie sobre la cima de los muros que rodeaban la Ciudadela de la Luna, mirando a los taladros móviles ir y venir y las aeronaves de servicio llevar voluntarios a la cima de las montañas, rodeadas por estructuras de andamios y grúas que daban soporte a la extracción. De repente, Romy, su segundo al mando, se colocó detrás de él.

—Desean verle, señor —dijo alzando un poco la voz, pues el ruido de la maquinaria hacía imposible mantener una conversación a un volumen normal. 

—¿Quién? —respondió Iván dándose la vuelta. 

—Lord Krreslian. 

—Oh, vaya. Sí, dígale que estaré ahí en seguida. 

Romy asintió y pasó a retirarse, seguido poco después por Iván. Se reunieron entonces dentro de una torre perteneciente a la estructura de la ciudadela en cuyo interior habían montado un centro de comunicaciones para mantenerse en contacto con la Base General y el Gran Consejo. Ahí, sentado sobre una silla giratoria de baja calidad y vestido con una túnica carmín, se hallaba Lord Krreslian, un cíclope de aspecto reptiliano como todos los de su especie, aunque con la habilidad de poder comunicarse con humanos, pues al ser la cabeza de su raza tan solo a él se le había concedido aquel privilegio, hablando por todo su pueblo. 

Iván entró en la torre junto con Romy, cerrando la puerta detrás de él y mostrando su más carismática sonrisa. 

—Lord Krreslian —dijo Iván—, no esperaba encontrarle por aquí. ¿Ha venido a evaluar la extracción de esencia cósmica? 

—No —respondió Krreslian a secas. 

Iván cruzó una mirada rápida con Romy. Él se encogió de hombros. El Almirante optó tomar asiento sobre una silla delante de su invitado reptiliano y retomó la conversación. 

—Entonces… ¿Qué le ha traído hasta aquí? —preguntó Iván—. ¿A qué se debe su visita? 

Con ese único y frío ojo que tenía en un su rostro, Lord Krreslian lo miró con seriedad, para después responder: 

—He venido a hablar por mi pueblo, no me gusta el trato que han estado recibiendo. 

La sonrisa de Iván se desvaneció de su rostro. 

—¿A qué se debe eso? —respondió, intentando no perder la compostura. 

—Estamos siendo sobreexplotados —reclamó Krreslian—. Nuestro pueblo entero se está sacrificando para extraer esencia cósmica de las montañas y no estamos recibiendo nada a cambio. Le estamos dando a usted y a su movimiento todo lo que tenemos, pero el trato no ha demostrado los resultados que esperábamos de nuestro lado. 

—¿Qué quiere decir? —respondió Iván, sin incrementar ni disminuir el tono de su voz—. Les hemos dado todo lo que han pedido. Tienen madrigueras donde vivir, alimento y seguridad. ¿Y dónde estaban antes de eso, eh? ¡En la calle! O, más bien, en el desierto. Eran criaturas sin ningún hogar ni sitio a donde ir. 

—Permítame recordarle que fue los de su tipo, la Alta Clase, quienes nos desterraron en primer lugar, tan solo para ocupar nuestros espacios para construir ciudades y ciudadelas. 

—Lo sé, y lo tengo presente. Estoy aquí para remediar ese error cometido por mi pueblo. Le aseguro que no se volverá a repetir.

—Sí, pero, ¿a qué costo? 

—Mire, falta poco para que terminemos con nuestras actividades y hayamos extraído toda la esencia cósmica posible de cada una de las montañas de Mávdar. Una vez que hayamos concluido, su pueblo podrá descansar al fin. 

—¿Y qué hará cuando haya extraído el último gramo de esencia cósmica? 

—Eso es algo de lo que usted no tiene que preocuparse. Pero, de todos modos, puede estar tranquilo. Diez gramos de esa cosa refinada pueden alimentar a un pueblo entero, tendremos suficiente energía mientras buscamos diferentes alterativas. 

—Eso espero y más le vale. 

Con un aire de frustración, Krreslian se levantó de su asiento y se retiró de la torre, dando un portazo al salir y perdiéndose de la vista de los dos hombres, quienes cruzaron miradas de nuevo con una preocupación evidente en ambos de sus rostros. 

—No pasa nada —dijo Iván, comprendiendo la mirada de su compañero—. Todo saldrá según lo planeado. 

—Tiene razón Krreslian —respondió Romy—. Más te vale. 

—Oye, no solo soy yo, ¿vale? Todos somos uno y mereceos tener el mismo reconocimiento por este trabajo. 

—Usted sabe mejor que nadie que no existe tal cosa como la meritocracia. Será mejor que ordene sus ideas y vaya a atender la extracción conmigo. Ah, y hay que mantener vigilados a los citadinos, me dan muy mala vibra. 

—¿Cuántos son? 

—No más de una docena. Pero quizá también deba supervisarlos usted mismo —Romy se acercó al oído de Iván y susurró—: Pensamos que podrían ser magos… O brujos, yo qué sé. Saben hacer magia, o al menos eso creemos. 

—No te preocupes. Me encargaré del asunto ahora mismo. No creo que representen amenaza alguna. 

—Eso espero. Si algo sale mal con ellos al Gran Consejo no le agradará. 

Romy tomó un rumbo distinto a Iván, dirigiéndose hacia el portón ubicado entre los muros que rodeaban la Ciudadela para dirigirse hacia la estación de extracción. Iván, en cambio, caminó por las calles de adoquines hasta cruzarse con el primer guardia, vestido con su uniforme blanco y chaleco y casco gris, armado con un rifle de asalto. 

—Acompáñeme —le ordenó. 

El guardia, sin chistar, le siguió el paso de inmediato, marchando a su lado. 

—¿Sabe donde se encuentran los habitantes del pueblo? —le interrogó mientras caminaban. 

—Sí, señor —respondió el guardia—. Se han refugiado en una casa a cinco cuadras de aquí. 

—Lléveme con ellos, necesito hablarles. 

El guardia lo guio a través de callejuelas que se volvían cada vez silenciosas conforme se alejaban del ruido de la maquinaria en las montañas cercanas, sin señales de vida por ningún lugar. Las construcciones que había, en su mayoría torres y bastiones hechos de piedra gris, estaban deshabitadas, abandonadas por el pueblo que solía habitar la ciudadela hace tiempo, durante la Guerra contra la Confederación de Hechicería.  A excepción, quizá, de la única casa en la cuadra que ahora tenían delante, también hecha de bloques de piedra, adornada con ventanas metálicas y una puerta de madera vieja que rechinaba al mecerse gracias a una suave brisa que parecía provenir del interior del lugar. Esa brisa hacía estremecer a Iván por un motivo que desconocía, pero encontraba en ella una energía no muy agradable para sus sentidos.

Teniendo la puerta abierta delante de ellos, se acercaron y entraron, revelando delante de ellos un vestíbulo polvoriento cuya única iluminación era la luz que llegaba desde las ventanas. La decoración, sin embargo, parecía haberse mantenido intacta a pesar del transcurso de los años, había  un par de sofás terciopelados rojos junto a una chimenea, una mesa de madera y un juego completo de sillas. Aunque no había indicios de los habitantes de los que le había hablado Romy. 

—¿Hola? —dijo Iván en voz alta. 

No hubo respuesta, el lugar se mantenía igual de silencioso que el exterior. 

—¡Hola! —volvió a gritar Iván. 

Esta vez alguien le respondió: 

—Ah, es usted.

Aquellas palabras le sacaron un buen susto a Iván que lo hizo sentir un breve escalofrío por todo su cuerpo. En una esquina del vestíbulo se hallaba un hombre del que el Director estaba muy seguro que hacía unos segundos no estaba ahí. Era pálido y una túnica negra envolvía su cuerpo.

—Supuse que vendría en algún momento —dijo el hombre de nuevo. 

—¿Dónde están los demás? —le interrogó Iván. 

—Oh, se habrán ido de aquí hace unos quince minutos. Se sentían intimidados por su presencia, evidentemente. Podríamos haber hecho algo, pero decidimos no intervenir. Yo me he quedado en esta casa para conversar con usted.

—Ustedes son magos, ¿no es así? 

—¿Cómo se atreve usted a hacer semejante acusación? 

Iván sonrió con picardía. 

—No tiene por qué ocultarlo. Le puedo asegurar que estamos conversando en un espacio seguro. ¿Para qué quería conversar usted conmigo? 

—Debe usted alejarse de las montañas y la esencia cósmica, ambas pertenecen al terreno de la Ciudadela de la Luna.

Iván soltó una corta pero fuerte carcajada.

—Tales trucos no funcionarán conmigo. Sé muy bien que escondes algo de magia en tu interior. Y, en caso de que usted no lo sepa, se lo hago saber yo: este lugar apesta a magia. 

—Cómo se atreve usted a… 

Antes de que el hombre pudiera terminar su frase, Iván le interrumpió exclamando: 

—Dame eso —arrebatando el rifle de asalto del guardia y abriendo fuego contra el hombre de la túnica negra. El disparo resonó con potencia dentro de la sala, partiéndose en forma de eco e iluminando de una luz anaranjada el rostro de Iván. Pudo ver que, delante de él, había un par de agujeros de bala sobre la pared de piedra que tenía enfrente. El hombre, que anteriormente había estado en ese mismo lugar, ahora estaba apartado unos pocos centímetros a la izquierda de dónde había sido el impacto, como si se hubiese movido a una velocidad fugaz.

Iván bajó el rifle y se lo regresó al guardia, se acomodó el saco y sonrió de nuevo. 

—Lo suponía —exclamó.

El hombre lo miró con furia, con los ojos inyectados de sangre.

—Sabe que podría matarle ahora mismo sin ningún problema —dijo en forma de amenaza.

—Sí, pero si usted es inteligente no lo hará. No haría más que enfurecer a los miembros de la Legión Libertad y a la Alta Clase por mi muerte. No querrá desatar otra guerra, ¿o sí? De todos modos quedan muy pocos de los de su especie, así que les conviene mantenerse escondidos mientras puedan. Supondré que sus compañeros siguen ocultos en la Ciudadela, así que avisaré a mis tropas que se mantengan alerta. Si lo que buscaba era hacer que retirara mis fuerzas de la montaña, de antemano le digo que eso no sucederá.

—¡Algo terrible le espera si continúa con este trabajo! 

—Por más que ustedes sepan manipular la magia, déjeme decirles que ya hace tiempo que he dejado de temerle a sus augurios de mala muerte. No hay nada que puedan hacer. 

—El augurio no viene de cualquier persona, imbécil. 

—¿Entonces de quién? ¿De un chamán de poca monta? Mejor váyase antes de que llame a mis tropas y los extermine a todos de una buena vez.

—No, idiota. No proviene de ningún chamán de poca monta. He escuchado sobre el Mago y el Hombre, ellos se cruzarán por su camino tarde o temprano. Le conviene detenerse si no quiere tener que lidiar con ellos. 

—Tonterías. Puede dejar de hacerse esas ideas, hombre. No me asusta. 

—¡Pero es real! No estoy intentando engañarle. El Hombre y el Mago son poderosos, un nivel mágico que no se ha visto desde la Guerra contra la Confederación. Ya verá usted que no me equivoco. 

—Bueno, en ese caso veré qué puedo hacer. ¡Gracias por su consejo!

Dicho eso, Iván se dio media vuelta y, escoltado por el guardia, abandonó la casa y caminó por las calles de la Ciudadela de la Luna, llegando de nuevo a la zona resguardada por la Legión Libertad donde se reunió de nuevo con Rom-

—¿Cómo te ha ido? —le preguntó este al verlo llegar. 

—Son magos —declaró Iván—. Tan solo encontramos a uno, pero el resto debe seguir ahí afuera. 

—¿Y qué piensas hacer? 

—Usaremos una máquina arcana.

—Joder, Iván. ¿Hablas en serio?

—Sí, y creo que solicitaré al Gran Consejo todavía más armamento. Tengo el presentimiento que vamos a tener que defender mejor nuestro territorio. 


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