Donde Nunca Floreció - Capítulo VI: La Chica del Gimnasio

 LA CHICA DEL GIMNASIO 


Mónica no había vuelto a saber de la chica del gimnasio cuando, una vez, mientras hacía de guardia en la entrada de un arsenal de armas, escuchó en los altavoces de la base: Toda la unidad de nivel 16, repórtese en el hangar 15. Toda la unidad de nivel 16, repórtese en el hangar 15. 

Vio entonces a una unidad de cadetes, de nivel un poco más avanzado que ella, marchar rumbo a la línea de hangares, la cual estaba casi al lado de los arsenales de armas. Pudo ver desde donde se encontraba a la chica de ojos rasgados moverse junto a su pelotón hacia uno de los grandes hangares. No supo más de ella aquel día, pero los rumores sobre un posible conflicto bélico contra la Legión Libertad cada vez tomaban más fuerza. 

Cuando llegó el momento de relevar el turno de guardia a otro cadete, se le ordenó a Mónica sumarse un grupo de bienvenida para los nuevos ingresados en la base de los Vigilantes de Zeres. La estación de ferrocarril militar se hallaba a unos cinco kilómetros a pie de los arsenales, por lo que se puso en marcha de inmediato junto a otros cinco muchachos que también habían sido asignados a aquella labor. Llegaron durante el atardecer, bajo un sol que ya se ocultaba en la lejanía del desierto. No tardaron en vislumbrar a la máquina de vapor moverse por las vías, disminuyendo su velocidad hasta finalmente detenerse. Los nuevos miembros salieron de los  vagones en estampida, riendo, gritando y empujándose con los codos mientras se colocaban en fila para seguir a Mónica y al resto de  soldados hacia el territorio de la base. 

Entre aquellos nuevos cadetes se encontraba, evidentemente, Daniel Vronski, quien ya estaba comenzando a sentirse agobiado y saturado, no por el hecho de tener que emprender una caminata de cinco kilómetros (a las cuales de hecho ya estaba acostumbrado por su vida de chico de campo), sino por verse envuelto en la incapacidad de mantener la vista centrada en sus pertenencias. Tenía que tener la mirada al frente, evitando que alguien le golpeara por detrás o chocara contra él, estando pendiente en todo momento de cualquier protuberancia sobre la tierra que lo pudiera hacer tropezar. 

Llegaron a la base de Zeres ya cuando la luna estaba alzándose en el cielo, aglomerándose en el centro de un patio iluminado por faroles de aceite, bajo el murmullo de grillos y el chillido de murciélagos que volaban a pocos metros de distancia. El silencio rural que había en el aire le hizo recordar con añoranza a Daniel las cálidas de la noche de su pueblo, aunque la sensación no se prolongó por demasiado tiempo, pues la General Elisa había llegado para poner orden entre los nuevos reclutas y dar una breve introducción al nuevo trabajo que se avecinaba. 

—No me entretendré más con ustedes —dijo después de haber explicado un poco sobre horarios, obligaciones y el reglamento—, pues tengo asuntos importantes que atender. Los dejaré descansar por el momento, pero mañana comenzarán a las seis de la mañana con su caminata diaria. 

Y así lo hicieron al día siguiente, los nuevos reclutas se habían levantado a la primera hora de la mañana para trotar alrededor de los campos de Zeres, bajo una tenue luz que apenas se distinguía del anochecer. Daniel, quien no se había sentido muy cómodo al dejar sus pertenencias en un casillero asignado en el área de almacenamiento, gozaba, a pesar de todo, el esfuerzo físico de aquel día. Se notaba con mejor rendimiento que otros de sus compañeros quienes, en su mayoría nacidos entre familias de la Alta Clase, poco o nada estaban acostumbrados al ejercicio al aire libre o en el campo. También había algunos muchachos de campo como él, hijos de mineros y campesinos que habían optado por el servicio militar con la esperanza de obtener una gran remuneración económica en el futuro. Sin embargo, el ejército resultaba un estatus de prestigio y poder entre la Alta Clase, chicos que anhelaban en convertirse en experimentados aristócratas, generales o coroneles, buscando escalar más en su pirámide social que ya de por sí era elevada. Pocas habían sido las veces que  Daniel había visitado una zona residencial de las ciudades más sofisticadas de Mádvar, pero si algo sabía sobre sus estilos de vida era que, aquellos que decidían hacer ejercicio, lo hacían bajo el techo de un gimnasio con todo lujo de equipos de entrenamiento. 

Al terminar la caminata diaria, Daniel regresó junto con el resto de su pelotón a los barracones para descansar por una media hora, antes de su primera práctica de tiro. Durante el camino miró hacia el cielo, el cual ya estaba un poco más iluminado por la llegada del sol, admirando a un escuadrón de dragones sobrevolar el campo, cargando sobre sus espaldas pesadas cargas; barriles, cajas metálicas y refracciones. Se movían con lentitud, teniendo por encima de todo su equipaje a su respectivo domador en cuyas manos cargaba un látigo para poder mantener en control a la bestia. 

Daniel sonrió. Una idea había llegado a su mente, pero no estaba seguro si tendría alguna clase de resultado. ¿Valdría en verdad la pena exponer sus habilidades de telepatía en aquel lugar? 

Estaba por descartar la idea cuando, mientras caminaba de vuelta a su sitio de descanso, vio a la General Elisa conversando con un par de capitanes en una esquina. No se le veía muy animada, incluso pudo descifrar un estrés incipiente en su rostro, peor del que se tiene usualmente se tiene con el trabajo diario del Ejército Vigilante. Sin embargo, aun de ese modo, vio una oportunidad para confesarse ante la encargada de los vigilantes en Zeres. Se acercó a ella, estando a punto de abortar la misión al dar cuenta de su aspecto no del todo presentable, su cabello continuaba empapado de sudor por el ejercicio previo y notaba que sus párpados se le cerraban, tenía sueño a pesar de haber aprovechado las horas que se le habían asignado para descansar. Pero ya era demasiado tarde, estaba a pocos metros de la general y esta ya había notado su presencia. 

—¿Qué hace por aquí, cadete? —dijo ella con una voz que, más que sonar imponente, resultaba cansada, casi apagada, sin lograr intimidar para nada a Daniel. Sin embargo, él se vio por un momento tímido al plantear su respuesta, titubeando y pasando la mirada por los capitanes con los que la directora estaba conversando.

—¿Tiene un momento? —dijo Daniel finalmente. 

Elisa asintió con la cabeza, mirando fijamente a los capitanes, indicando que debían de retirarse. Ya habían terminado su conversación aparentemente. 

—¿Qué sucede? —preguntó Elisa—. Espero que sea rápido, tengo que atender un asunto importante en unos minutos. 

—Sí… Ehm… Lo que pasa es que… No sé si usted sepa, aunque probablemente sí porque está escrito en mi historial y el reporte de aplicación para el ejército, pero lo que pasa es que soy telépata. 

Elisa no parecía verse inmutada por las palabras de Daniel, mantenía una expresión fría y cansada. 

—¿Y eso qué? —respondió Elisa después de unos segundos de silencio. 

—Bueno, mi telepatía solo me deja comunicarme de forma mental con animales y vi que tenían dragones, por lo que pensé que podría ser de ayuda. 

—¿Animales, eh? ¿Estás seguro de poder con un dragón? Hasta para nuestros mejores domadores es difícil mantenerlos en calma. 

—No lo sé, jamás había visto a un dragón tan de cerca, pero podría hacer el intento.

—Humm. No lo sé, cadete. No me parece buena idea que intentes lidiar con la fuerza de voluntad de un Dragón. Quizá un shlang podría ser mejor opción, ¿te agrada la idea? Estas criaturas suelen ser más tranquilas y necesitamos más personal dispuesto a pilotarlos. 

Por un momento Daniel creyó haber escuchado mal cuando Elisa mencionó la palabra pilotar. ¿Es que acaso trataban a los animales como máquinas en ese sitio? 

—Sí, claro —respondió Daniel—. Me parece una gran idea. 

—Bien. Repórtate mañana a las cinco y media de la tarde en el hangar doce, ahí se encuentran instalados los pilotos de shlangs. Si veo que tienes un buen desempeño con esa habilidad que mencionas consideraré la posibilidad de mantenerte en el equipo. 

Elisa, sin decir ni una palabra más, pasó a retirarse. 

Daniel, al día siguiente, hizo lo que la directora le solicitó. Jamás había visto a las gigantescas criaturas shlang tan de cerca, su apariencia emplumada lo cautivaba de grandeza y halló que resultaba relativamente sencillo poder enlazarse con su mente y manipular sus instintos para obedecerle; unque en ocasiones prefería llegar a un acuerdo con las bestias, él les daba de comer algún bocadillo después del entrenamiento si estas respondían con obediencia a sus órdenes. 

No le sorprendió descubrir que, entre sus compañeros de pilotaje, había algunos que ya tenían conocimiento de su habilidad telépatica y el uso que le estaba dando durante el entrenamiento. Y tampoco le sorprendió cuando muchos de ellos comenzaron a amenazarle y e insultarle con la palabra “mago” y todas sus derivables. 

Sin embargo, tampoco creyó que llegarían demasiado lejos. Durante una práctica de vuelo, dos días después de su práctica de prueba, la cual ya había sido aprobada por Elisa, un piloto que había osado insultarle con anterioridad, hizo estrellar su shlang contra el suyo programando el pilotaje automático de la barcaza de control, derribándolo sobre el campo con fuerte impacto que dejó a ambos animales inconscientes y al de Daniel con una ala rota.


Ese mismo día, Mónica vio partir a Sarit y a un batallón de infantería entero hacia el campo de batalla, acompañados por un escuadrón de aeronaves bombardeas, confirmando así las sospechas de una posible guerra. 


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