Donde Nunca Floreció - Capítulo VII: Resistencia, Valor y Heroísmo

 La Ciudadela de la Luna estaba ahora en silencio. Los voluntarios de la Legión Libertad tomaban su momento de descanso jugando cartas, comiendo algún bocadillo o mandando postales a familiares o amigos que se habían quedado en sus respectivos pueblos. La maquinaria de extracción se había pagado por unos momentos, dando espacio al ulular del viento y al graznido de cuervos que volaban por ahí. El cielo estaba cubierto a su totalidad por nubes que amenazaban con tormenta, aunque hasta aquel momento no había señales de relámpagos o truenos. 

Iván, también dándose un merecido descanso, bebía té desde la torre que utilizaba como centro de comunicaciones, dando pequeños sorbos mientras meditaba sobre todos los asuntos que había de atender, comenzando por el control de magos en la zona de trabajo.

De pronto, como si hubiese invocado una solución a aquel pensamiento intrusivo que no se desprendía de su cabeza, alguien golpeó la puerta. Romy se hallaba en el umbral, había entrado sin esperar a que Iván le permitiera la entrada; sin embargo, se le veía en un estado de éxtasis, respirando con rapidez y transpirando desde la frente y el cuello. 

—¿Qué sucede? —preguntó Iván, dejando de lado su taza de té, mirando nervioso a Romy.

Una gran sonrisa iluminó de repente su rostro.

—Ha llegado, señor —dijo.

—¿La máquina arcana?

—¡Sí! ¡Ya la han traído! ¡Venga afuera a ver! 

Iván se incorporó de inmediato, dándose unos segundos para acomodar su uniforme blanco y celeste, ya que la tela se había arrugado un poco al sentarse. Acto seguido, acompañó a Romy al exterior, situándose primero por encima de la gran muralla que rodeaba la ciudadela, para después descender por una escalinata de piedra hacia una amplia avenida. Ahí, en el centro de ella, rodeada por un equipo de guardias armados, se hallaba una máquina de nueve metros de altura, se sostenía mediante un trípode mecánico adherido a una plataforma que lo mantenía unida a una cabeza metálica en forma de platillo, con dos receptores de luz que daban la apariencia de ojos, teniendo dos compartimientos en sus extremos donde se mantenían guardados un par de cañones pesados. Entre la plataforma y la cabeza se abría una escotilla de la cual emergían una serie de tentáculos metálicos cuyas puntas terminaban en afiladas navajas, moviéndose lentamente, como serpientes que aguardan por su próxima presa. 

—Es increíble —exclamó Iván mientras la contemplaba. 

La máquina se movía de forma autónoma, haciendo girar sobre su propio eje su cabeza en forma de platillo, apreciando su panorama con sus receptores de luz que funcionaban como ojos. 

—¿Qué haremos con ella? —preguntó Romy. 

—Manténganla aquí —respondió Iván—, no quiero comenzar una caza innecesaria contra los magos de la Ciudadela  de la Luna, que sirva como advertencia en caso de que se les ocurra acercarse.

Romy asintió y fue a darle las órdenes a los guardias que resguardaban a la máquina arcana. Mientras tanto, Iván se alejó de ahí, echándose a andar por las calles de adoquines, contemplando con impaciencia el oscuro panorama del cielo, pues esperaba que lloviera pronto para poder retomar lo antes posible el trabajo en los centros de extracción dentro de las montañas. 

De pronto, un sonido, proveniente de la lejanía, por allá por donde se extendía el desierto, pero no por ello menos potente, lo dejó paralizado justo ahí, sobre el camino de adoquines, analizando sus alrededores para intentar encontrar el origen de aquello que retumbaba en el aire. Sonaban a sirenas, pero no podía distinguir el lugar del que provenían. Tomó entonces un telescopio que había guardado dentro de su bolsillo hacía unas horas y procedió a mirar a través de él. Distinguió primero unas sombras difusas que sobrevolaban a la distancia, aproximándose con rapidez. Vio que tenían alas, motores y hélices. Bombarderos. 

Dejando caer el telescopio, cuyo vidrio se hizo pedazos al hacer contacto con el suelo, corrió hacia el centro de comunicaciones lo más rápido que pudo y, una vez instalado ahí, se acercó al micrófono del altavoz de las instalaciones de extracción y dijo con la voz más firme y fuerte que pudo concretar: 

—¡Atención! ¡Atención! Estamos siendo atacados, esto no es un simulacro. Repito, estamos siendo atacados, ¡esto no es un simulacro! Por favor, evacúen sus puestos de trabajo y diríjanse inmediatamente hacia el interior de las murallas de la ciudadela. A todo el personal de seguridad, preparen sus armas y cañones de defensa, necesitamos darle tiempo a los trabajadores. 

Las sirenas resonaron con más potencia, casi podía sentirlas al lado de su oído. Sin embargo, no se movió del lugar en el que estaba, perplejo por la inesperada llegada de un ataque aéreo. Había comenzado a transpirar, el sudor caía helado por cada extremo de su cuerpo. Pero se negó a dejar debilitarse con cada segundo que transcurría; se acercó a un cajón ubicado cerca de los mandos de control y sacó de él un nuevo telescopio. Acto seguido, lo sostuvo en su mano izquierda y salió de la torre, contemplando el panorama todavía más sombrío de la Ciudadela de la Luna. Se llevó de nuevo el telescopio al ojo, viendo en esa ocasión a dos objetos rectangulares que se movían de forma fugaz sobre la arena, muy por debajo de los bombarderos. Se trataba de tres turbo-transportes de tropas, impulsados por un potente motor en su parte trasera que le permitía recorrer largas distancias en poco tiempo, dejando una estela de fuego azulada conforme avanzaba. 

Eso no significaba nada bueno. ¿Realmente se atreverían a desplegar un equipo de infantería? 

Y en ese momento, sin haber dado la orden, uno los cañones de defensa que rodeaban la muralla se disparó, haciendo temblar la tierra y dejándolo sordo por un instante. No taró mucho en recuperarse e, inmediatamente, se dispuso a saber quién había sido el idiota que había disparado sin su permiso. Sin embargo, se detuvo cuando notó el resultado, el cañonazo había logrado darle a uno de los múltiples bombarderos que estaban cada vez más cerca, el cual caía en círculos y envuelto en llamas hacia la tierra.


Dentro del primer turbo-transporte, donde los soldados vigilantes estaban apretados, silenciosos y con el corazón latiendo deprisa, sintieron el suelo del vehículo agitarse por un momento, escuchando un colosal estallido proveniente del exterior que se opacaba por las paredes blindadas de la máquina. 

De pronto, un muchacho blanco y repleto de pecas, cuyo cabello rojo no era del todo visible por el casco que traía puesto, exclamó al lado de Sarit Rubí: 

—Le han dado a un bombardero… Creo que le han dado. ¿No es así? 

Sarit, la chica de ojos rasgados que Mónica había conocido con anterioridad, se limitó a encogerse de hombros e intentó sonreír, aunque tan solo logró que los músculos de su boca se tensaran un poco. Le resultaba extraño, se había acostumbrado a sonreír en situaciones de incomodidad, un gesto que por naturaleza lo expresaba de forma genuina y, más que calmar el estado nervioso del resto, lo hacía mantenerse serena en diferentes situaciones. Pero supuso que aquella no era una de ellas, estaba en el campo de batalla y poco o nada podía expresar su rostro en ese momento. 

Había formado una regla para ella misma poco antes de abordar el transporte de tropas: por más que el casco y la coraza protectora brindaran algo de seguridad en contra de disparos, si llegaba a recibir alguno, sea cual fuera el lugar de impacto, se daría por muerta al instante, por lo cual, lógicamente, había de esforzarse al máximo para evitar recibir el más mínimo rasguño. Llevar su cuerpo y mente al límite era su clave para sobrevivir. 

Nos estamos acercando a la zona de descenso —dijo la voz del conductor mediante el radio—. Preparen sus cascos. Los escudos salen primero. 

Entre las tropas disponibles dentro del vehículo había dos muchachos que cargaban entre sus brazos un grueso y rectangular escudo de batalla, blindado, hecho para resistir el impacto de cualquier proyectil proveniente de un arma para despejar el camino mientras el resto de los soldados descendía sobre el terreno. Estos se pusieron de pie y se colocó cada uno delante de las compuertas del vehículo, ubicadas justo en su centro, tanto en el lado izquierdo como el derecho. 

El transporte comenzó a incrementar su velocidad y Sarit, al igual que sus compañeros, procedió a colocarse el visor del casco que protegía por completo el rostro, dando un aspecto inhumano al soldado, teniendo como único punto de referencia de un rostro dos ranuras cubiertas por un cristal amarillo que permitían al usuario distinguir sus alrededores. La máscara poseía un olor metálico que, en lugar de incomodar a Sarit, le hizo sentirse aliviada: de esa manera, si sangraba, no distinguiría entre el hedor de su propia sangre y el del casco. 

De repente, el transporte se estremeció por completo, como si una secuencia de truenos lo hubiesen rodeado por alrededor, forzándolo a tambalearse. Habían penetrado en la muralla. 

Prepárense para el descenso —anunció de nuevo la voz del conductor. 

El transporte finalmente se detuvo y los soldados se pusieron de pie, sosteniendo sus rifles de asalto listos para la batalla, colocándose en una fila por cada compuerta. Desde el exterior se hacían oír gritos y explosiones provocadas por los ataques de los bombarderos, sin dar espacio para ninguna clase de silencio.

Entonces, las luces del transporte se colocaron en verde y las compuertas se abrieron. Una brisa de olores le dio la bienvenida al escuadrón de vigilantes, mientras que el otro vehículo también llegaba al punto de encuentro, atravesando lo que quedaba de la muralla demolida anteriormente por el primer grupo; en el aire se mezclaba la tierra, la pólvora y, prontamente, la sangre. Para sorpresa de los invasores, una patrulla de insurgentes enemigos se había armado alrededor de la muralla, aquellos que tenían rifles entre manos disparaban, los que podían se armaban con piedras y ladrillos, mientras que otros utilizaban taladros, palas y picos para despedazar a los soldados que se atrevieran a acercarse demasiado. 

Iván contemplaba esto con total asombro, pues jamás había ordenado a sus voluntarios que opusieran resistencia alguna a los Vigilantes, más allá de disparar los cañones de defensa para proteger las construcciones, las cuales, a pesar de los esfuerzos, ya se habían hecho añicos, dejando escombros desparramados por el suelo y la ladera de la montaña, compuestos por andamios, máquinas y grúas. 

Sin embargo, el movimiento resistía, se mantenía de pie con los corazones valerosos de los voluntarios. Los ladrillos volaban por doquier y los disparos de los rifles, tanto de aliados como de enemigos, partían el aire en miles de truenos que hacían retumbar los oídos de todos los presentes. Y, sin embargo, a pesar de ello, Iván se mantenía de pie, en la punta de la torre de comunicaciones, sin alzar ni una mano para tomar un arma y sumarse a la batalla, sin la valentía para imitar los movimientos de sus compatriotas, tan solo la plena sensación de estar admirando un espectáculo que, a pesar de haberlo dejado perplejo, también le había hecho sentir un orgullo que nunca, en sus cuarenta y cinco años de vida, había experimentado; consistía de una alegría especial, ajena e incontenible. ¿Era posible que la mayor felicidad de todas fuera contemplar a alguien más haciendo lo que le correspondía, no por obligación, sino porque creía firmemente en ello y sus valores llegaban a su máximo potencial de esa manera? 

De pronto, sintió un par de manos colocarse sobre sus hombros y su corazón dio un vuelco. Al volverse, se alivió al instante y salió de su trance de admiración al ver a dos de los voluntarios a su lado, uno de ellos con una pequeña pistola entre manos que quién sabe dónde había encontrado. 

—Señor, le tenemos que sacar de aquí —le dijo este—. La batalla está justo a la vuelta y las tropas de los Vigilantes se están retirando, pero sigue sin ser seguro. 

Iván asintió y siguió a ambos muchachos hacia la escalinata que conducía al nivel inferior de la torre. 

—Espera —dijo Iván, deteniéndose a la mitad de la escalera—. ¿Has dicho que se están retirando? 

—Sí —respondió el muchacho de la pistola—, están montándose de nuevo en sus transportes paran emprender la retirada. Logramos contenerlos, señor.

Y, en efecto, los vigilantes no habían esperado que el enemigo opusiera esa clase de resistencia en contra de sus tropas. Tan pronto como Sarit había tocado tierra, armada con su rifle y siguiendo a sus compañeros de escuadrón, se llevó un inesperado susto al mirar como un ladrillo volaba a su lado e impactaba contra la cara de uno de los soldados, su casco metálico no pareció ser suficiente como para evitar que cayera el suelo, inconsciente por el duro golpe que había recibido. 

Al mirar de nuevo hacia el enfrente, encontró a trabajadores de la Legión Libertad, posicionados entre los escombros de la muralla destruida y algunas estructuras de piedra que todavía se mantenían de pie, disparando toda clase de proyectiles, rodándolos por casi cualquier lugar. 

Abran fuego —dijo la voz de su comandante—. No dejen que los intimiden, debemos detenerlos de inmediato. Abran fuego para obligarlos a rendirse. 

Al momento de escuchar esa orden, Sarit vio a dos más de sus compañeros caer al suelo, ambos muertos por unos disparos de bala que no pudo descifrar de donde habían salido. Se colocó pecho tierra, arrastrándose para cubrirse de los ataques enemigos y preparando su arma para responder al fuego. Se asomó entre unas pilas de piedra, teniendo en la mira a un muchacho que lanzaba ladrillos y pedazos metálicos de viejas máquinas sin cesar, mientras que alguien más, detrás de él, a quien no distinguía muy bien, le pasaba las municiones.

Pero no apretó el gatillo. No se atrevió.

El muchacho fue de pronto derribado por cuatro tiros, un soldado vigilante se había colocado al lado de ella y disparado al mismo objetivo que tenía en la mira. Lo vio caer en un primer plano que casi le provocó arcadas. 

—¡Cuidado! —gritó una voz a su lado, seguido a esto una explosión impregnó de naranja su mirada por unos segundos, tan solo para descubrir después que, el chico aliado que le había disparado anteriormente al enemigo, yacía sobre el suelo, con el casco y la coraza hecho pedazos y humo saliendo sobre todo su cuerpo. 

A esto, le siguieron más explosiones que terminaron por acorralar a los Vigilantes. ¡Los desgraciados habían comenzado a lanzar dinamita! 

Los soldados caían uno a uno, sin dejar de recibir ladrillazos, balazos o el estallido de una vara de dinamita cada segundo. 

Ya está —dijo la voz del comandante en el radio del casco—. Regresen al transporte, no vale la pena quedarnos más tiempo aquí. 

Sarit, junto a un grupo de veinticinco soldados, se montaron de nuevo en los turbo-transportes, saliendo de inmediato de la zona de batalla y perdiéndose en la inmensidad del desierto rumbo a Zeres, escoltados por lo que restaba del escuadrón de bombarderos. 

Iván miró su retirada desde la entrada a la torre de comunicaciones, sin poder creérselo. Poco a poco, el silencio previo al ataque regresaba, aunque interrumpido constantemente por aullidos de dolor de los hombres heridos y un gran grito de victoria que muchos voluntarios celebraron, no tardando en disolverse. 

Minutos más tarde, Iván, acompañado por Romy, caminó entre los escombros y los hombres caídos, sin poder ignorar el aroma a tierra y sangre que llegaba de cualquier lado al que voltease. Los sobrevivientes, que para su sorpresa habían sido bastantes, quizá dos cuartos del personal con el que solía contar, lo miraron con ojos en los que la esperanza y la inquietud despertaban. 

Iván les respondió primero con el mismo tipo de mirada, sin saber qué decir o como reaccionar. Se percató que no había muchacho o muchacha alguna que no centrara sus ojos en él, como si aguardaran por su sabio consejo. 

Y entonces, armándose de valor, comenzó a hablar: 

—Hoy he visto algo que jamás he visto en ningún otro ser humano. Hoy ustedes han luchado como los más grandes guerreros que he conocido en la historia de Mádvar. Han peleado con valentía y sin que nadie se los ordenara, siguieron sus valores y lucharon por lo correcto y eso, compañeros, es algo de lo que me enorgullezco enormemente. Jamás, en mi vida, he sentido este nivel de orgullo reflejado en alguien más. Han cambiado el curso de este mundo en tan solo una tarde. 

»Sin embargo, muchos de los nuestros han caído en combate. ¡Hagan que su sacrificio no sea en vano! ¡Continúen luchando para la Legión Libertad! Porque, si así lo desean, hoy dejarán de ser voluntarios y se convertirán en soldados. 

Cuando terminó de hablar hubo muy pocos gritos de celebración, la mayoría de los jóvenes se echaron a llorar inconsolablemente, también sin poder creerse su propia hazaña y sintiéndose aterrados e inspirados por igual, dando como resultado a un mar de lágrimas donde todos se abrazaban y consolaban mutuamente. 

Iván les dio un largo rato para respirar y recuperarse, por el momento, de la batalla de hace tiempo. Después dijo: 

—Me conmociona mucho verlos así, pero lamento interrumpir, necesitamos abandonar este lugar de inmediato. Empaquen todos los materiales que puedan y manténganse dentro de los edificios de la ciudadela, de preferencia en los sótanos. Ahí estarán a salvo en caso de que los vigilantes regresen con sus bombarderos. Si me disculpan, debo de atender una llamada. Prometo que pronto todos nos iremos de aquí. 

Iván se echó a andar junto con Romy, caminando de nuevo entre los escombros, encerrándose dentro de la torre de comunicaciones para intercambiar algunas palabras.

—¿Eso es lo que piensas hacer? —interrogó Romy a Iván—. ¿Vas a convertir a estos jóvenes en tu ejército? 

—Haré lo que sea necesario para mantener este movimiento en pie —aseguró Iván con firmeza—. Además, tú mismo viste que, al igual que yo, están dispuestos a morir por esta causa.  Me comunicaré con el Gran Consejo de inmediato.

Sobre la mesa de comunicaciones, Iván presionó un par de teclas, accionando una pantalla plana que se iluminó con luces verdes sobre un fondo oscuro, mientras que se hacía oír un pitido similar al de tono de espera de una llamada. Segundos después, un texto apareció escrito en forma digital: S E R V I D O R    C O N E C T A D O. Segundos después, una voz resonó con acento electrónico y distorsionado: 

Habla con el Gran Consejo. ¿Qué sucede, Iván? 

Tras aquella voz robótica, ocultos tras el anonimato, Iván sabía que se hallaban los miembros del Gran Consejo, fundadores originales de la Legión Libertad, posiblemente miembros de la prestigiosa Alta Clase, cuyos objetivos verdaderos, de los que el director no dudaba que habrían de tener, permanecían escondidos al igual que ellos. 

Iván los mantuvo al tanto de la situación con un diálogo que se prolongó por diez minutos, cuando terminó espero la respuesta del Gran Consejo, quienes se estaban demorando demasiado en contestarle al quedarse en silencio por varios segundos.

Nos han declarado la guerra —puntualizó la voz—. Coincidimos en su punto de vista en que este movimiento debe transformarse en una rebelión inmediatamente. Tenemos entendido que han extraído una buena cantidad de esencia cósmica, asegúrese de proteger la refinería y los almacenes lo mejor que pueda, que sean sus puntos prioritarios. Nosotros nos encargaremos de enviar nuevas tropas, armamento y máquinas de guerra junto a un personal capacitado para utilizarlo. Mandaremos de inmediato transportes de evacuación y, además, la siguiente carta que usted habrá de jugar. 

¿Qué es lo que tienen en mente? 

Debe de contraatacar. Enviaremos a alguien que le ayude a secuestrar al Presidente Renéas de Industrias Henriev en Ciudad Capital. Ni se le ocurra asesinarlo, debemos mantenerlo con vida para que el Gobierno sea más precavido la próxima vez. 


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